A 30 años de su muerte, Ana Itelman sigue marcando un rumbo en la danza

Ana Itelman
Ana Itelman
Néstor Tirri
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16 de septiembre de 2019  

Daba sus clases en jogging y con botas, como el alter ego de Bob Fosse en All that Jazz . Ana Itelman no conoció a Bob Fosse, pero su formación era incuestionablemente neoyorquina: había frecuentado a Martha Graham, a Hanya Holm, a José Limón. La escuchábamos, la respetábamos, la amábamos. Sus gestos, su cabello corto y áspero, con destellos de un rojo asordinado, delineaban un ícono en el mundo de bailarines y estudiantes. Detrás de tantos logros como coreógrafa y entusiasta maestra, era difícil adivinar sus sombríos fantasmas, su acendrada tendencia a la autodestrucción.

Así fue que, a los 63 años, un sábado de septiembre (el 16, como hoy), saltó al vacío y dejó un tendal de huérfanos, sus alumnos y sus amigos, que continuarían con el rumbo en el que la maestra los había iniciado, pero con una herida que ya no habría de cerrarse.

"A mí me indicó la vía para crecer como intérprete", dice Andrea Chinetti, actual directora del Ballet Contemporáneo del Teatro San Martín, con el que Itelman estuvo intensamente involucrada. "Trabajando con ella -sigue- me introduje en una dimensión que no conocía, todo un mundo a descubrir: el cine, el arte, los colores, los aromas." Chinetti, conjuntamente con Miguel Ángel Elías (codirector de la misma compañía), están recuperando la Suite de percal, la pieza tanguera con la que Itelman trasladó el espectáculo y sus intérpretes al hall del Teatro.

"Como Andrea, yo bailé la Suite varias veces -interviene Elías-. Fue en una segunda versión, en la que Ana introdujo variantes. El movimiento que ella proponía a los bailarines tenía que evidenciar la caracterización dramática del personaje. A veces invocaba modelos pictóricos o ilustraciones de tangueros."

El reencuentro público con la Suite de percal tendrá el carácter de homenaje a la gran maestra, de origen chileno y argentina por adopción, al cumplirse treinta años de su adiós. Como en su estreno, el Ballet Contemporáneo la bailará en el hall del Teatro los días 27, 28 y 29 de este mes.

Esta suite no fue el primer acercamiento de Ana Itelman al tango: de 1955 data Esta ciudad de Buenos Aires , intento pionero de integrar la dinámica del "dos por cuatro" a los códigos académicos. La pieza, retitulada Ciudad nuestra Buenos Aires , volvió más de una década más tarde con el primigenio Ballet del San Martín que dirigía Oscar Araiz, con quien Ana había trabajado en Brasil.

En 1978, en otra etapa del San Martín, con el Grupo de Danza Contemporánea que había fundado y dirigía Ana María Stekelman por iniciativa de Kive Staiff (el legenario director del TGSM) Itelman creó su memorable Las casas de Colomba , versión danzada de Un tranvía llamado deseo , de Tennesse Williams, sobre el Concierto en Fa de Gershwin, con Mauricio Wainrot como Kowalski y Norma Binaghi en el rol de Blanche Dubois.

Su vínculo con el San Martín fue permanente; allí montó Y ella lo visitaba (She was a Visitor , sutil confesión de amores contracorriente); La historia del soldado , la celebrada versión de El capote , de Gogol; la profética Paralelo al horizonte y, claro, la Suite de percal , que ahora renace.

¿Qué vertientes estéticas, qué dioses habían modelado ese caudal creativo? Entre 1957 y 1969 se había instalado en Nueva York, donde llegó a dirigir el Departamento de Danza del Bard College. Y, también, frecuentó el Actor's Studio, en sesiones con Lee Strasberg, con quien asimiló principios de actuación y ese soplo especial que, contra ciertos rígidos preceptos del academicismo, volvía verdaderas las acciones de los intérpretes.

A su regreso de los Estados Unidos Itelman instaló su propia escuela en un subsuelo de la avenida Santa Fe (que hoy oficia de sede del Taller de Danza Contemporánea del San Martín), donde, con sus alumnos, montó una sutil versión de Alicia en el país de las maravillas . Allí mismo, ya en 1980, inició cursos sistemáticos (anuales) de Dinámica y Composición, de los que participaron como estudiantes, durante casi diez años, algunas figuras experimentadas (y otras no tanto) de la danza local.

Al transmitir su sentido de la Composición, Itelman calaba en lo cotidiano, en el gesto espontáneo, en la libertad de expresión. O, como hoy lo sintetiza su discípula Andrea Chinetti, "te ayudaba a descubrirte a vos mismo". La súbita pérdida de su presencia continúa doliendo, pero la danza en la Argentina reconoce en Ana Itelman, sin dudas, un antes y un después.

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