El Duque Blanco se despidió con una obra maestra perturbadora y experimental
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David Bowie, Blackstar - ISO/Columbia, 4 estrellas
Hace tres años, con poca anticipación, David Bowie acabó con una pausa de diez años de lanzamiento de discos con The Next Day. Este álbum que editó tres días antes de morir es una sorpresa aun mayor: una de sus obras más agresivamente experimentales. Producido por Tony Visconti y grabado con un pequeño combo de músicos de jazz de Nueva York cuyo sonido está envuelto en una electrónica ártica, Blackstar es un reflejo de excentricidad textural y una escritura que estalla en imágenes. El pico más alto es el noir episódico y ceremonial del tema que da título al disco. La diáfana plegaria vocal de Bowie, y sus armonías espectrales sin palabras, merodean sobre la convulsión de un loop de batería; el saxofonista Donny McCaslin enlaza escalofríos y tartamudeos como Andy Mackay en los Roxy Music de principios de los 70. La canción cae en un paseo de balada blusera, pero es una calma bizarra, con alusiones desconcertantes a sacrificios violentos.
En "I Can’t Give Everything Away", argumenta a favor de la dignidad de la distancia, junto a la guitarra soprano, distorsionada y cortante de Ben Monder, una pícara evocación de los solos icónicos de Robert Fripp en "Heroes", de 1977. "Esto es todo lo que siempre quise decir/Es el mensaje que mandé", canta Bowie.
Por Rob Sheffield
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