De inmigrantes

El documental "Habitación disponible" mira de cerca las nuevas generaciones de expatriados que llegaron al país; LA NACION LINE entrevistó a uno de sus realizadores
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26 de septiembre de 2005  • 14:48

Tres personas con acentos distintos son los protagonistas del documental "Habitación Disponible": Giuliana, inmigrante peruana; Natasha, llegada a fines de los ’90 desde Ucrania; y Fabio, venido de Paraguay. La cámara los persigue hasta hacerse invisible, los acompaña por las calles de Buenos Aires y está presente cuando están contentos y cuando están tristes. No deja que se escape ni una porción de su pequeña cotidianeidad, y va construyendo de a poco como un rompecabezas una historia de inmigraciones recientes, de principios y desarraigo.

Desde el ’99 Diego Gachassin, Marcelo Burd y Eva Poncet siguieron las tres historias, y el resultado puede verse ahora en las salas del cine Cosmos y el complejo Tita Merello.

"En principio lo que nos llamó la atención fue que durante la década del 90 hubo un importante flujo inmigratorio, venido sobre todo de los países de la ex Unión Soviética y otros países de América latina, que en cierta forma estaba un poco silenciado y hasta negado. Comenzar a pensar en los inmigrantes era una forma de comenzar a pensar preguntas básicas, que tenían que ver con sus deseos, sus motivaciones y también con qué era lo que ellos dejaban atrás", contó Marcelo Burd a LA NACION LINE.

Y agregó: "Y la película también nos interesaba como una forma de interrogarnos sobre nuestra propia identidad. Somos hijos, nietos o bisnietos de inmigrantes, y de alguna manera había una correspondencia entre las experiencias que tenían los inmigrantes recientes, y las grandes inmigraciones que construyeron el país, a fines del siglo XIX y principios del XX".

Después de "Vladimir en Buenos Aires", ficción de Diego Gachassin estrenada hace un par de años, los tres realizadores retomaron el documental para terminar de darle forma. Con el trasfondo de los cacerolazos y audios de la TV urgente de 2001, el film construye la ciudad desde los ojos extrañados de sus protagonistas.

-¿Cómo se encontraron con las historias?

-El proceso fue bastante largo, y cada caso fue muy particular. En el caso de Giuliana, la inmigrante que vino de Perú, ella había cuidado a mi abuela hasta que murió, hace varios años. Yo mantuve el contacto con ella, y en un principio le había pedido que nos ayudara a encontrar a otros compañeros peruanos, hasta que directamente nos dimos cuenta que tenía que ser ella. Con Natasha fue un poco más complejo. Empezamos a buscar posibles protagonistas en hoteles de familia por Bs.As., que es el lugar en el que habitualmente ellos terminan parando. Muchos inmigrantes, sobre todo los de la ex Unión Soviética, tratan de tener un lugar donde asentarse, pero dadas las trabas burocráticas y otras cuestiones no pueden alquilar. Vas a los hoteles y es como estar detrás del muro, olés las comidas, escuchás las canciones, hablan en ruso, hasta los que atienden son rusos. Y un día casualmente viendo a unas mujeres que trabajaban vendiendo café en el centro, descubrimos a Natasha. Inmediatamente nos dimos cuenta que ella era la protagonista, y nuestra intuición fue acertada. Y en el caso de Fabio, el paraguayo, lo descubrimos cantando en una casa paraguaya, en una peña.

-La cámara los sigue casi como en un reality

-Sí, pero me parece que hay una diferencia. Nosotros nos plegábamos a determinados momentos de sus vidas, pero esos momentos eran los que ellos querían que nosotros viéramos. El documental tiene mucho de participación de los protagonistas. Ellos muchas veces nos proponían situaciones que valía la pena filmar. Los seguimos durante dos años, porque no nos interesaba un instante de sus vidas, sino justamente poder ver los cambios, las transformaciones, las constantes que se iban dando. Y ese tiempo nos permitió armar un relato en el cual había tres historias que en algunos casos se complementaban, en algunos casos se contraponían, y que en otros casos permitían hacer asociaciones más allá de lo que propone el propio relato.

-En el principio se ve a Natasha caminar una calle colmada de caceroleros, en pleno fin de 2001. Y a lo largo de todo el documental se escuchan audios de la tele o la radio con ese mismo fondo de crisis. Eso acentúa la extrañeza de los protagonistas…

-Exactamente. En primer lugar era trabajar en función de unas preguntas básicas y esenciales, el por qué, el para qué. Pero en diciembre de 2001, con el estallido de la crisis social, económica y política que se da en el país, nuestro documental da un giro y se introduce una nueva perspectiva. Aparecen para ellos preguntas mucho más cruciales, porque cayeron en un lugar muy similar al que habían dejado atrás. La primera escena a la que vos te referís justamente sintetiza esa situación, el hecho de cierta extrañamiento con respecto a lo que está sucediendo, pero a su vez "no estoy afuera de la plaza, estoy adentro de la plaza. Estoy en el país, estoy en este espacio, cómo sigo adelante".

-No hay voz en off ni entrevistas, ¿se plantearon esa estructura desde un principio?

-Sí, nos interesaba muchísimo pensar una determinada forma para representar y narrar en el documental. Tanto en términos de puesta de cámara como cuestiones como dejar de lado la entrevista y las voces en off, y tratar de que el documental se armara con fragmentos, retazos de momentos de la vida de cada uno de ellos. De ahí es que también teníamos claro que iba a tener era una estructura más vinculada con lo episódico, y con la poética de lo inesperado, y no tanto con un relato causal en el cual hay una linealidad o un cierre muy estricto. Eso nos permitió establecer un tipo de narración más abierta, más flexible. El documental es un viaje en el cual se abren un montón de caminos posibles.

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