
De la astronomía al amor, dos metáforas para explicar la atonalidad
Sin lugar a dudas, la atonalidad llegó para alterar los ánimos. Desde mediados del siglo XVII y hasta 1900, año más, año menos, la música europea fue avanzando y evolucionando por alrededor de la tonalidad. Después de un larguísimo proceso de cambios y de acumulación, hacia 1650, los compositores europeos arribaron a un nuevo sistema que contribuyó a ordenar conceptos e ideas y les amplió las posibilidades hasta universos nunca antes imaginados. Pero nada es eterno y la tonalidad, en su avance, fue propiciando procedimientos musicales complejos que, lentamente, progresaron hacia su propia destrucción. Con la modernidad del siglo XX como contexto, algunos compositores comenzaron a sentir que la tonalidad les ponía grilletes y que otros territorios podrían ser explorados si la añosa madre de todas las batallas era dejada de lado. Así, llegaron otras sonoridades y, con ellas, como es sabido, las discusiones. Entre la adhesión y el rechazo, hace cien años que, en el reino de la música académica, venimos contemplando a unos y a otros manifestando sus pareceres. Y las metáforas pueden ser herramientas muy útiles para expresar esas sensaciones. Alan Hovhaness, un muy prolífico compositor estadounidense fallecido en 2000 y que no era, precisamente, un creador tradicionalista, buscó en la astronomía la justificación de su impugnación: "La atonalidad es antinatural. Todas las cosas que existen tienen su centro/núcleo. Los planetas tienen el Sol; la Luna, la Tierra? Toda la música que tiene su centro es tonal. La música que no tiene centro puede estar bien durante uno o dos minutos, pero después suena toda igual". Entre la sociología y la voluptuosidad, el genial Hans Werner Henze dijo lo suyo: "El mundo capitalista burgués es tonal. El del verdadero amor es atonal".




