
Delicioso cóctel de narraciones
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"Espiar la noche". Textos: Maite Alvarado y Ruth Kaufman. Escenografía: Alejandro Bracchi. Diseño de luces: Ricardo Sica. Musicalización: Tito Loréfice. Actores-narradores: Mónica Driollet y Tito Loréfice. Dirección: Ana Alvarado. Domingos, a las 21. La Maravillosa: Medrano 1360. Capacidad limitada (reservas al 4862-5458).
Nuestra opinión: muy bueno
La narración oral, un subgénero a medio camino entre la narrativa y el teatro, en los últimos años ha encontrado en la Argentina cultores especialmente talentosos como Ana Padovani y Ana María Bovo.
Cuando esta modalidad teatral se realiza a partir de cuentos que fueron escritos para ser leídos, enfrenta el desafío de regresar imaginariamente desde la página impresa hacia la escena atávica de un grupo de oyentes reunidos en torno del fogón. Desandar ese camino fue el riesgo asumido por Ana Alvarado en su nuevo espectáculo, "Espiar la noche". Y lo ha zanjado con particular eficacia.
A partir de dos relatos -"El ayunador", de su hermana, la recordada Maite Alvarado, y "Nictálopes noctámbulas", de Ruth Kaufman-, la directora construye una atractiva secuencia escénica que logra mantener en vilo al puñado de espectadores que la acotada calidez de La Maravillosa es capaz de cobijar.
El primero de los cuentos, "El ayunador", está a cargo de la actriz Mónica Driollet. La narradora que ella encarna ofrece su relato desde el lobby de un hotel en la lejana Rusia, antes de viajar en taxi al aeropuerto desde el cual emprenderá su regreso a la Argentina. La exigüidad del espacio donde se lleva a cabo la narración -el hall de entrada de La Maravillosa- refuerza la sensación de intimidad, la apelación directa a cada uno de los espectadores; también, la frágil condición de una realidad que para existir sólo apela a la capacidad de evocación de la actriz y a unos pocos detalles de puesta en escena y de sonido. La historia, cargada de humor y una poética ingenuidad que rescata el candor de la infancia y la vida en un pueblo de provincia en los años 60, cuenta las aventuras de tres chicas que creen vérselas con un curioso vampiro.
"Nictálopes nocturnas" implica el desplazamiento de los espectadores hacia la sala principal, en virtud de un recurso literalmente aéreo: el público es invitado a instalarse en el nuevo ámbito por una azafata que los recibe con una copa, como si estuvieran a punto de emprender un viaje en avión.
De ese modo, prácticamente sin solución de continuidad, los espectadores acompañan a la narradora del primer relato hasta la sala de preembarque de su propio vuelo y asisten al encuentro de ésta con un curioso personaje, encarnado por el actor Tito Loréfice, que resulta haber nacido en el mismo pueblo que la narradora. Luego de las presentaciones de rigor, el personaje de Loréfice le cuenta a su compatriota una historia, con parejas dosis de humor y terror, acerca de los poderes hipnóticos de los búhos y sus inquietantes consecuencias en los seres humanos.
En verdad, se trata de una ingeniosa estructura narrativa en forma de cajas chinas o, más adecuado a las circunstancias de la escena, de muñecas rusas. Porque el excéntrico personaje de gestos insólitos le cuenta a la otra narradora la historia que, según él, una niña le ha contado por carta a su hermano, especialista en el comportamiento de los búhos.
En esta segunda historia, de desenlace inesperado y tal vez teatralmente un poco abrupto, también campea un tono ligero y candoroso, pero el terror y el humor negro tienen cabida con una justeza que se debe tanto al trabajo de adaptación del relato como a los inagotables recursos del inspirado Tito Loréfice, quien sólo en algunos pasajes tiende a excederse, tentado por las posibilidades de su personaje.
A través de una hora y cuarto que se evapora como por encanto, Ana Alvarado y sus actores logran explotar sutilmente el potencial dramático de dos cuentos deliciosos, gracias a un sabio manejo de los ritmos, surgidos de la alternancia de narración pura y actuación del relato.
Quienes estén dispuestos a echar una mirada en el desván donde late agazapada la propia infancia encontrarán en este amable espectáculo un motivo de satisfacción, además de un merecido homenaje al talento y la generosidad intelectual de Maite Alvarado.






