Desafíos de la poesía más bella y sufrida

René Vargas Vera
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29 de septiembre de 2017  

Bájame la lámpara

Libro: Francisco Pesqueira/ intérpretes: Lidia Catalano, Miriam Martino y Stella Matute/ voz y guitarra: Mirta Álvarez/ escenografía: Carlos Di Pasquo/ luces: Carlo Argento/ vestuario: Sandra Ligabue/ producción ejecutiva: Andrea Widerker/ asistencia de dirección: Mabel Rosatti/ dirección: Emiliano Samar/ funciones: sábados, a las 19/ teatro: IFT, Boulogne Sur Mer 519/ Nuestra opinión: muy buena

Complejo, arduo, conjetural y casi temerario, este desafío de asumir los versos dolorosos y trágicos, anudados en la poesía de Alfonsina Storni y Alejandra Pizarnik, que son la viva y lacerante expresión del dolor, la desolación y la frustración existencial como seres sensibles y, por lo mismo, vulnerables, en parlamentos y cantos de tres celebradas actrices y cantantes que intentan transmitir su verbo poético, en estupendas actuaciones. Son ellas Lidia Catalano, Miriam Martino y Stella Matute, junto a la mágica guitarra y el delicadísimo canto de Mirta Álvarez. Este concierto de palabras presentado bajo el sugestivo trazo de Bájame la lámpara (tomado de la emblemática "Alfonsina y el mar"). Auténtico desafío, en nuestros días, cuando la poesía ha emprendido su pavorosa huida de este mundo, plagado de prosas torpes, violentas, banales, y testigo consternado frente a este avance de la insignificancia. Por esto se nos ha escapado de nuestras vidas la poesía, antes que recibir su sentencia final en este caos babélico, de vértigo, fárrago informático y robotización humana.

Éste es el meollo, para desarrollar la representación concebida por Francisco Pesqueira y el director Emiliano Samar, en la que hubo poesía sobre amores furtivos, de la uruguaya Idea Vilarino, y se crearon climas proteicos entre lecturas, cantos y desplazamientos escénicos.

Alfonsina Storni nacida en Suiza en 1892, alma apasionada y atormentada, y Alejandra Pizarnik, que vino al mundo en 1936 para entregarnos una decena de poemarios oscuros, desesperados, trágicos, transitaron vidas de calvarios, reflejados en versos confesionales y en imágenes poéticas que parecieron predestinadas, casi inexorablemente, al suicidio.

El desafío de representar tales cuadros lacerantes en escena, y con excelentes intérpretes, corrió también un riesgo: en la opción estética entre la forma y el fondo. O se privilegiaba la palabra o se optaba por el énfasis actoral en la alternancia de voces y canto. Es que todo lo patético (como en las tragedias griegas) parece sugerirnos estar lejos de la dramatización.

Los propios versos de Storni y Pizarnik piden y necesitan que la palabra despojada nos permita hundirnos en esta suerte de lamentaciones jeremíacas, con apenas un mínimo de gesticulaciones y desplazamientos escénicos, para no escapar de lo más intrínseco de sus dramas. Si no se descartaron trazos de humor fue quizá para no sumirnos en tanta angustia.

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