
AA lo largo de 1993, el trío que entonces componían Ricardo Mollo, Diego Arnedo y el baterista Federico Gil Solá tocó trece veces en el estadio Obras.
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AA lo largo de 1993, el trío que entonces componían Ricardo Mollo, Diego Arnedo y el baterista Federico Gil Solá tocó trece veces en el estadio Obras. La banda llegó entonces a un pico de popularidad y a un derroche de energía descomunales; una de las consecuencias del exceso fue el alejamiento de Gil Solá, en los primeros meses de 1994.
Los conciertos de julio de 1993 fueron el séptimo y el octavo de la serie: cuando se realizaron, Divididos ya había grabado La era de la boludez, aunque el álbum todavía no había salido a la venta. Quizá por esa circunstancia histórica, estos shows fueron una bisagra en la historia del grupo. En escena, la alquimia folklórico-rockera propuesta por la banda (o folklera-rockórica, a juzgar por el modo en que estos géneros se entrecruzaban para configurar una música nueva) quedó expuesta al público con toda su potencia y toda su vitalidad.
Aquellas noches estuvieron plagadas de alegorías. Los músicos subieron a escena con poncho y a caballo, y comenzaron y terminaron su actuación con temas en inglés: "Sisters", de cosecha propia, y "Voodoo Chile", de Jimi Hendrix. En el medio, interpretaron su inimitable versión de "El arriero", de Atahualpa Yupanqui, y "Light My Fire", de los Doors, y compartieron una zapada chamamecera –"Kilómetro 11" incluido– con el Chango Spasiuk. Un enérgico popurrí de can- ciones de Sumo, para el cual invitaron a sumarse al baterista Superman Troglio, terminó de redondear el concepto.
Divididos –valga la paradoja matemática– es la suma de todos esos elementos: el rock de los grandes maestros, el folklore de nuestros ancestros y también, por qué no decirlo, el pasado glorioso del guitarrista Ricardo Mollo y el bajista Diego Arnedo. En aquellos recitales del estadio Obras quedó claro que la fórmula del grupo era única e inconfundible. Y que, en vivo, podía resultar arrolladora.





