
Dos hermanas del humor
Lejos de las poses de grandes estrellas, las actrices dialogaron con La Nación sobre su nueva película, que se estrenará el jueves próximo en Buenos Aires
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LOSANGELES.- Todo el mundo lo sabe: Meg Ryan trae la sonrisa incorporada, dentro de la pantalla o fuera de ella. El gesto risueño le ilumina los ojos y anticipa el clima que ha de tener el encuentro. Buena onda, le dicen.
Suelen destacarlo sus colegas. Andy García, por ejemplo, jura que trabajar con Meg conduce fatalmente a enamorarse de ella, y Lawrence Kasdan subraya: "Es tan accesible que hasta los espectadores que nunca la han visto más que metida en personajes de ficción lo advierten". En vivo, no hará sino justificar esos comentarios.
Menuda, más alta de lo que parece en pantalla, pálida, el pelo rubio comprensiblemente revuelto -tiene el hábito de desordenarlo y volver a peinárselo con los dedos-, llega un poco encogida ajustándose la campera de cuero negra. "¡Qué frío en la calle!", exagera, y el termómetro apenas ha descendido hasta los 19 grados. La vocecita corresponde exactamente a la chispeante vivacidad que la define, aunque ella se rebele a veces contra esa imagen y asegure que "alguna vez me gustaría ser amargada y despreciable". En la ficción claro.
Y apenas aclara que "no todo en el rodaje de las comedias es tan divertido como la gente imagina", se pone a hablar de "No nos dejes colgadas" ("Hanging up"), el film que Columbia estrenará el jueves próximo y que, al fin y al cabo, es el motivo de su presencia en este hotel de Los Angeles al que ha sido convocada la prensa internacional.
Annie Hall, directora
"En este caso sí nos divertimos -se apresura a puntualizar-, pero eso se lo debemos a Diane Keaton, que tiene un humor formidable y nunca se pone nerviosa al dirigir porque sabe muy bien, antes de llegar al set, qué es lo que quiere. Ya sé que eso es lo que uno espera de todos los directores, pero -seamos francos- no siempre sucede."
En el film, una comedia acerca de tres hermanas cuyo padre se está muriendo, Meg es "la del medio, la de corazón generoso, la que se hizo cargo del papá cuando su mamá se fue de casa, harta de las dificultades de convivencia con ese hombre bebedor, grosero y de mal carácter". Las otras dos son Diane Keaton, la mayor, mujer de carácter, periodista emprendedora y dinámica colmada de éxitos, y Lisa Kudrow, la menor, que todavía no sabe muy bien qué hacer de su vida aunque por el momento prueba suerte como actriz de telenovelas. El padre, cuyos repentinos cambios de humor se han hecho más graves con la senilidad, es un veterano experto en el género, Walter Matthau.
Meg cuenta que en principio la película iba a ser dirigida por Nora Ephron, vieja conocida suya: escribió el guión de tres de sus películas, incluida la decisiva "Cuando Harry conoció a Sally" y también la dirigió en "Tienes un e-mail", cuya realización, precisamente, obligó a Nora a dejar "Hanging up" en otras manos.
-Que Nora dirigiera habría sido lo más natural -reflexiona Meg-, porque la novela sobre la que se basa la película es de Delia Ephron, hermana de Nora y coautora con ella del guión, y bien puede suponerse que hay en la historia bastante contenido autobiográfico. Pero Nora no podía, y sólo después de mucha insistencia logró convencer a Diane, a quien le daba pánico tener que dirigir y actuar al mismo tiempo. Yo fui la última de las tres en incorporarse al proyecto. Y cuando llegué con Lisa a la primera jornada de filmación, en febrero del año pasado, nos encontramos con que Diane ya había hecho en video un diseño de la película con actores suplentes.
-¿Un bosquejo?
-Más que eso: toda la película en borrador. Después, en el set sólo le quedaba darnos a nosotros indicaciones sobre cada escena. Hubo que acostumbrarse a ese lenguaje que ella tiene, hecho de ah, mmm, ejem; gestos, balbuceos e interjecciones que uno aprende a comprender tras un par de días de práctica. Es como Annie Hall dirigiendo una película...
Se ríe con ganas, frunciendo la cara y sin temor a esas arrugas de alegría, que son las mejores. Y enseguida añade: "Diane sabía muy bien qué se proponía en cada escena, seguramente porque ese borrador era para ella como la red de los trapecistas. La cuestión es que en el set te hace sentir libre, suelto; tiene una hilaridad contagiosa y te habilita para jugar. De modo que uno hace las escenas con esa convicción y esa ligereza con que en la infancia nos convertíamos en princesas o astronautas. Yo sentía muchas veces que era Eve, no que la representaba. Y creo que la película se beneficia con esa vitalidad".
Mujeres al teléfono
-¿Hay mucho de Eve que se parezca a Meg?
-En algún sentido, sí. El hecho de ser ama de casa, madre y profesional, es decir de estar sobrecargada y abrumada de ocupaciones y responsabilidades -y de teléfonos, tan presentes en la película-, y un poco también el cambio que ella intenta cuando toma conciencia de sus limitaciones. Recuerdo haber sentido algo parecido hace alrededor de cinco años, cuando Jack (el único hijo que ha tenido hasta ahora con su marido, Dennis Quaid) tenía tres y demandaba más atención, y yo hacía equilibrios para no descuidar el trabajo ni la casa. Tengo en mi memoria la sensación de que me tiraban pelotas desde todos los ángulos y que yo trataba alocadamente de atajarlas todas, hasta que me detuve un momento y pensé que era más saludable que reconociera mis límites y dejara de intentarlo. Creo que lo que las hermanas Ephron hicieron tan bien fue captar algunas instantáneas de cómo andan las cosas hoy en día, de cómo es la vida de las mujeres en esta época en que se les ofrecen tantas posibilidades y cómo se pueden sentir abrumadas por la cantidad de cosas que (creen) deberían estar haciendo.
-Pero Eve tiene otros problemas.
-Claro. Tiene que lidiar con la enfermedad de su padre, que se ha hecho cada vez más dependiente de ella, y además, la situación la empuja a redefinir la relación con sus hermanas. Pero es ella la que se ha puesto en la posición de que puede hacerlo todo: atender la casa, el marido y el hijo; seguir adelante con su empresa de organización de reuniones y fiestas, hacerse cargo del perrazo de su hermanita menor y todavía estar siempre lista para las repetidas llamadas de su papá, que ha perdido la memoria para todo menos para el número de su teléfono. También sus hermanas dependen de ella de alguna manera, y lo curioso es que Eve, que asume su responsabilidades con algún fastidio, también se siente, aunque no lo diga, la persona más sensible de la familia. En casi todas las casas hay alguien así. Pertenecemos a una generación a la que convencieron de que las mujeres estamos preparadas para hacer muchas cosas y que es bueno que las hagamos. Yo no estoy tan segura. El retrato de Eve puede parecer un poco exagerado, pero ella no es la única mujer obligada a luchar, como mínimo, en dos frentes al mismo tiempo.
-Manejar y hablar por teléfono, por ejemplo.
-El teléfono es otra cuestión a la que también hay que ponerle límites. Como dice un personaje de la película: a veces es bueno desconectarse. Yo odio estar en el teléfono; mis llamadas son brevísimas, las indispensables. El asunto del celular es una enfermedad preocupante: es como si con cada llamada el hombre con la oreja pegada al teléfono se trasladara a otra dimensión: camina por la calle, conduce su auto, pero ya no está allí: está ausente, como en un limbo.
-¿Aprendiste a desconectarte?
-Lo intento. Es saludable saber hasta dónde llegan las propias fuerzas. Trato de no asumir responsabilidades que me superan. Y cuando puedo, me voy con Dennis y Jack a Montana, donde tenemos una casa de campo.
-¿Cómo se las arregla Jack con la celebridad de sus padres?
-No le presta mucha atención. Sólo últimamente, por la curiosidad de sus compañeros de escuela, y de los padres de sus compañeros, ha empezado a hacer algunas preguntas sobre nuestro trabajo. Pero en general, parece despreocupado del asunto, lo que nos tranquiliza, porque ni Dennis ni yo querríamos que nuestra condición lo convirtiera en un chico especial. Por suerte para él, somos papá y mamá, no estrellas de Hollywood.
Exigencias
-¿Tuviste alguna dificultad especial con Eve?
-No más que con otros personajes, salvo el cansancio que me dejó. No me di cuenta cuando estábamos filmando, pero cuando el rodaje terminó me sentí exhausta. Eve casi no para, hace un gran desgaste físico y las tomas largas de Diane no me daban tregua. Hay una escena que ahora me encanta pero que nunca creí que podría hacer: son cuatro páginas de guión, con mucho texto y mucha acción física. Por más que le aseguré a Diane que no tenía (ni tengo) la preparación técnica para resolver tantas cosas al mismo tiempo, ella insistió en hacerla con steadycam, sin cortes. Es una escena en la que Eve, en un corredor del hospital y al borde del ataque de nervios, intenta vanamente comunicarse por teléfono, pelea con una máquina de café que se retoba, la golpea con furia, se encuentra con el médico iraní con quien está en deuda porque le ha chocado el auto en una de sus alocadas salidas del estacionamiento, y estalla... Al fin, la hice, pero no sé si lograré repetir una experiencia similar.
-Debe de haber habido mucho gimnasio para afrontar tanto desgaste físico.
-Ninguno. Hago yoga tres veces por semana todo el año. No soy muy amiga de los gimnasios. Prefiero el yoga. Yoga y agua (en la piscina). Como receta, ya ves, no es muy glamorosa.
-¿Hay algún secreto para la comedia?
-Supongo que está en el ritmo, pero no podría definirlo muy claramente. Creo que es un don natural. Hay gente que lo tiene -como Diane, como Lisa, como Walter- y es capaz, con el tono, con las pausas, de inyectarle gracia a cualquier diálogo. Nora dice que no hay nada más triste que ver cómo un chiste se vuela de la pantalla, sin encontrar eco, y viaja rumbo a la superpoblada tierra de los chistes no festejados. Los buenos comediantes son los que saben retenerlos.
Angelito con carácter
Con ese aire travieso, Meg Ryan está lejos de haber sido la rubiecita mimada que muchos creen salida de un cuento de hadas. Al contrario: no tuvo una niñez fácil. Nacida en 1961 como Margaret Mary Hyra en Fairfield, Connecticut, sus padres se separaron cuando ella tenía 14 años tras una convivencia colmada de dificultades. Pero Meg supo sobrellevarlas y mostró su determinación desde muy jovencita: a los 18, abandonó la casa de su padre -era él quien había quedado al cuidado de los cuatro hijos- y se las arregló para ganarse el sustento haciendo comerciales de TV y alguna esporádica aparición en telenovelas mientras estudiaba periodismo en la Universidad de Nueva York.
Y aunque a los veinte ya obtuvo su primer papel en cine -como la hija de Candice Bergen en "Ricas y famosas", de George Cukor-, todavía estaba lejos de la estabilidad: ésta sólo pareció llegar en 1991, cuando después de cinco años de conflictos y reconciliaciones se casó con Dennis Quaid, que a esa altura ya había completado un programa de rehabilitación de su adicción a la cocaína.
Pero los contratiempos no hicieron mella en el carisma de la estrella, ya reconocido por sus compañeras de secundaria: "Cuando una chica linda e inteligente aparece en tu clase -confesaba hace poco una de ellas- uno tiende a odiarla. Con Peggy (así la llamaban entonces) eso no sucedió: todos querían ser sus amigos". Ahora también.
Se ríe cuando se le menciona la palabra carisma. Parece que no le da importancia y quién sabe, esa desatención es la que la vuelve más simpática. No importa que asegure que es "poco sentimental y para nada romántica" y que prefiera destacar otros rasgos de carácter: el pragmatismo, la resolución, la entereza, la fuerza de voluntad. Sigue siendo la chica con la sonrisa a flor de labios, aun cuando se le endulza la mirada hablando del hijo: "No debe de haber mamá más feliz que yo", arriesga.
De su sentido del humor, no hace falta preguntarle: salta a la vista. Sin embargo, confiesa: -He hecho muchas comedias, pero no creo que haya alguna que lo refleje. Mi humor es bastante más oscuro. Y tampoco hay humor negro en "No nos dejes colgadas", aunque toda la acción gire en torno de un padre al borde de la muerte. Lo que sí hay es un constante vaivén entre la comicidad y el drama, entre la risa y la emoción. Así es la vida de todos los días, y ésa es una de las razones por las que este film me gusta tanto.
Papá Walter Matthau
"Si hubieras conocido a papá -aseguran las hermanas Ephron-, sabrías que no había nadie tan apropiado para personificarlo como Walter Matthau."
Meg tomó como un regalo personal este reencuentro con el veterano intérprete de "Extraña pareja", "Hello Dolly" y decenas de otras comedias, incluida "Fórmula para amar", que filmó con ella y con Tim Robbins en 1994.
"Apenas irrumpía en el set -cuenta la actriz- se convertía en el centro de todo: nos quedábamos mudos, mirándolo y oyéndolo como a un verdadero maestro. Nadie como él, con sus 79 años y su fogueo ante las cámaras, sabe mejor dónde está la gracia de cada situación. Y cuando se ríe, es como si saliera el sol. Es imposible no quererlo."






