
Dos pícaros sinverguenzas
Libro y música: Jeffrey Lane y David Yazbek. Intérpretes: Guillermo Francella, Adrián Suar, Gimena Accardi, Pablo Codevilla, Eliseo Barrionuevo, Natalia Cociuffo, Diego Hodara, Melania Lenoir, Rodrigo Cecere y Belén Pasqualini. Escenografía: Alberto Negrín. Luces: Gonzalo Córdova. Vestuario: Mónica Toschi. Dirección musical: Gerardo Gardelín. Coreografía: Elizabeth de Chapeaurouge. Producción: Pablo Kompel, G. Francella y A. Suar. Teatro: Metropolitan. Duración: 90 minutos.
Nuestra opinión: Buena.
Guillermo Francella y Adrián Suar ya demostraron lo que pueden provocar sobre un escenario con La cena de los tontos, donde formaban un contrapunto ideal, capaz de hacer desternillar de la risa al público durante casi dos horas. Aquello habría seguido de no ser por los múltiples compromisos de ambos actores, pero se continúa ahora, luego de varios años, en esta obra que pasó al olimpo de las comedias célebres, gracias a sus dos brillantes versiones cinematográficas. La película original, Dos seductores, con Marlon Brando, David Niven y Shirley Jones, es una comedia liviana, aunque sofisticada a la vez, hecha por grandes actores. La segunda versión, desopilante, ocupa el período ochentoso norteamericano, con decenas de comedias de culto. Con el título Dos pícaros sinvergüenzas, Steve Martin, Michael Caine y Glenne Headly lograron que hasta el día de hoy el público recuerde escenas propias del mejor gag como la de los azotes en las piernas del supuesto lisiado o las locuras del también supuesto retardado Ruppert.
Con tanta marca, tanto recuerdo y tanto gag a cuestas, se perfilaba como el título ideal para el retorno de la taquillera dupla. Como compañeros de escena, Francella y Suar regresan con la potencia esperada. Ambos se conocen demasiado, se nutren mutuamente y, a decir verdad, son el motor, el corazón y el alma de esta comedia sencilla, aunque ornamentada. El primero encarna al dandy pillo que ha logrado ser millonario a costa de incrédulas damas ricas; su compañero es el embaucador atorrante que pretende llegar a la cima aprendiendo del otro.
Dos pícaros sinvergüenzas es la adaptación teatral musical de la película mencionada, pero en la puesta argentina se le han quitado las canciones. Tal vez eso le haya hecho ganar agilidad, pero le dejó una estructura dramática segmentada. La puesta en escena es fastuosa, con decorados imponentes (diseño de Alberto Negrín), aunque en estas primeras funciones aún falta ritmo, tempo de comedia. El acierto está dado cuando están juntos en escena Francella y Suar. Es en esos instantes cuando uno siente cosquillas. Pero la mano de Marcos Carnevale, en la dirección, no logra dar en general con el punto justo.
De todos modos, Guillermo Francella es un orfebre de la comedia, sabe qué ornamentos son necesarios para su criatura, repuja con refinación cada escena y la dota de una filigrana final que lo convierte en un maestro del género. Sin dudas, además de ser un gran actor, ya entró en la historia de nuestros grandes capocómicos. A su vez, a Suar la comedia le sienta de maravillas; encontró una gran madurez actoral en este género. Pero no es de esos actores que se fagocitan a sí mismos en el afán de hacer reír, sigue la línea medida y justa de su compañero; consigue momentos brillantes y de gran complicidad con el espectador.
El mayor tropiezo de la pieza es la elección de la protagonista femenina, un papel clave e importante en la trama. Gimena Accardi hace de una chica frágil y pícara, hace que hace comedia y hace que actúa. Tal vez en la televisión sea más efectivo fingir, en teatro es como un jarabe amargo. Del resto del efectivo elenco cabe mencionar la buena composición de Eliseo Barrionuevo y la simpatía de Natalia Cociuffo en sus damiselas engañadas.
Dos pícaros sinvergüenzas es una gran producción que cumple con su cometido de hacer reír un rato. Pero eso, un rato.







