Dos siglos de ópera en la Argentina
Están reflejados en un libro de Horacio Sanguinetti, recientemente presentado
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Desde el propio título del libro que acaba de presentarse, "La ópera y la sociedad argentina", se advierte la perspectiva original de un dirigente cultural.
Horacio Sanguinetti, jurista y educador, ofrece en su reciente obra un panorama ampliado de cómo quedó insertada la actividad operística en la sociedad argentina. Sin la minuciosa prehistoria de Vicente Gesualdo en su investigación de la música del Virreinato y, antes aún, en las creaciones teatrales surgidas en las llamadas misiones jesuíticas, Sanguinetti arranca su evocación con el primer teatro porteño, De la Ranchería (1775), sin olvidar el luminoso Decreto de Honores redactado por el propio Mariano Moreno (7 de diciembre de 1810), que prohíbe asignar a los integrantes de la Primera Junta lugares de honor en las iglesias, ópera, comedias o plazas de toros... Había por entonces pasión republicana.
Desde Rossini, cantado por el tenor Rosquellas, hasta el sacerdote vasco Picasarri (tío de Esnaola) y los organizadores Rabaglio y Massoni, muchos fueron los apellidos que ocupaban la atención de los porteños cultivados.
Entre ellos descollaron los jóvenes Esteban Echeverría, guitarrista y musicólogo, aparte de pensador político tan importante como Juan Bautista Alberdi, pianista, redactor musical y futuro arquitecto de la Constitución nacional.
Pronto se incorporaría Sarmiento a las huestes de melómanos. Una lástima: en el siglo XX no se ha repetido la personalidad de músico y constructor político, vocación doble que haría mucho bien a la música y ningún perjuicio a la labor de gobierno. Esto ocurría en Buenos Aires, todavía Gran Aldea.
El interior, postergado
No se espere igual interés por la ópera en las provincias. El terreno porteño siempre fue la copia más ambiciosa posible: ser reflejo de Milán, Nápoles, París. Para la zarzuela, Madrid.
La dicotomía Buenos Aires-provincias fue una consecuencia dañosa e inevitable del centralismo portuario. Solamente Rosario y Córdoba, La Plata, luego Tucumán... ¿Hasta cuándo?Por desgracia, hasta hoy.
La exposición que muestra el libro no es inerte ni meramente cronológica. Sanguinetti avanza hasta la explicación profunda del fracaso vital de un superdotado como el catalán Hipólito Lazaro, o el elogio sabio y pleno de Victoria de los Angeles. Y ahonda en los méritos de cantantes como Mastromei, Cossutta, Luisa Bertana, Guichandut, Sassola, Aída Calamera, Cesari, Damiani, Landi, entre los muchos excelentes artistas argentinos que fueron también admirados en escenarios europeos y norteamericanos.
Quizás el amplio espacio dedicado a las llamadas "salas de flanco" -como el Onrubia, el Nacional, el San Martín, el Doria (Marconi)- será una grata y justa sorpresa para muchos que conocen el Colón y poco más.
Lo mismo vale para el pujante Roma, de Avellaneda. Muy amplio es, de tal modo, el abanico de enfoques del arte lírico que efectúa el doctor Sanguinetti, salvo por la falta de una documentada historia de la ópera argentina, deuda que esperamos pueda saldar.
El libro es intenso, erudito. Resulta humanísimo el desfile de los mayores artistas que pasaron por aquí, cuyo centro es, sin vacilar, Enrico Caruso, para siempre la voz del siglo.
Curiosamente, su presencia se destaca también por una cualidad única. Caruso era, además de cantante, un dibujante notable, dotado de agudeza psicológica y de elegante ironía para retratar a sus ilustres víctimas.
Anecdotario sabroso
Quizás este libro sea el único depositario de tal riqueza de ilustraciones, que incluyen series casi historietísticas en las que una letra (por ejemplo, la pe) se va modificando cuadro por cuadro hasta conformar el rostro caricaturizado pero aún plenamente reconocible de Puccini.
Algunas de las muchas fotografías que generosamente acompañan esta obra histórica no eran para nada conocidas. Tal es el caso de la que muestra a la desigual pareja que forman Lily Pons con el wagneriano Melchior, un hombre que tenía cuarenta y cinco centímetros más de altura que ella.
Esta "provincia" del arte que es la ópera es tratada por Horacio Sanguinetti como un amado, predilecto país. Y ese amor ilumina todos los recovecos, con el sabroso anecdotario que nutre su relación con los melómanos argentinos desde hace prácticamente dos siglos.





