
El asalto que dio origen al western
Hay un sobresalto general en el grupo de inocentes ciudadanos sentados en la penumbra. Frente a ellos, un hombre con aire de bandido, pañuelo al cuello, el sombrero echado hacia atrás, los apunta con su revólver todavía humeante. Hay señoras que se desvanecen de la impresión, hombres que dan un respingo en su asiento, valientes que se ponen de pie y gritan, pero no pueden evitar el efecto del susto en la boca del estómago.
El truco ha vuelto a funcionar: el cine les ha hecho creer otra vez su fantasía, como cuando, algunos años atrás, vieron venírseles encima el tren de los Lumière. Pero ahora, además, acaban de asistir a un hecho histórico: ha nacido el western.
Era una semana como ésta, una noche próxima a la Navidad en un pequeño teatro de Manhattan. Ha pasado un siglo y un año desde esa primera proyección de "The Great Train Robbery", el film de 12 minutos con el que Edwin S. Porter inauguró -según concuerda la mayoría de los historiadores- el género cinematográfico norteamericano por excelencia.
Con su escueta historia de una banda de forajidos a caballo que desvalija al coche correo y a los pasajeros de un ferrocarril y es luego perseguida y derrotada en un tiroteo, "El gran asalto y robo al tren" (1903) no sólo consiguió sentar algunas bases del género que tantos maestros -de Ford a Hawks, de Walsh a Mann, de Wyler a Peckinpah- desarrollarían después. También logró un éxito tan fenomenal que estuvo al tope de las películas más taquilleras durante años; exactamente hasta que Griffith estrenó "El nacimiento de una nación" en 1915.
Para algunos, fue el momento en que el cine dejó de ser una "novedad" y empezó a cautivar con la ficción. Puede suscribirse o no esa conjetura, pero sí es cierto que algunos de los rasgos típicos del western ya estaban ahí: el ancho paisaje del Oeste, la cabalgata, el tiroteo, los bandidos, los héroes.
* * *
Nadie habría podido imaginar aquella noche de 1903, todo lo que vendría después y que hoy forma parte de la memoria de cualquier cinéfilo. La sola mención de la palabra western trae a la mente imágenes, escenas, personajes.
Vienen -como corresponde, en cabalgata- el héroe, un tipo del pueblo que está naturalmente del lado de la justicia, se muestra siempre listo para defender a los débiles y es un experto en la conquista del Oeste, con toda la sabiduría que eso implica, desde el manejo de las armas hasta el conocimiento de las costumbres indígenas; el villano, símbolo de la tiranía y la injusticia; el cowboy veterano que suele unirse al héroe y representa la tradición de los pioneros; el sheriff de múltiples caras; el atildado jugador profesional al mismo tiempo sospechoso y seductor. Y en medio de ese mundo de hombres, la mujer en sus dos versiones bien diferenciadas: la novia esposa, que incita a terminar con el vagabundeo y fundar una familia, y la artista del saloon, con un aire transgresor y una disponibilidad que promete todo tipo de aventuras...
El héroe estaba obligado muchas veces a elegir entre esas dos mujeres, así como debía decidir si prefería instalarse o seguir viaje en busca de nuevas aventuras (acaso en busca de un sentido para su vida).
Un arduo dilema que no les planteaba graves dudas a los varones de la platea, sobre todo si eran chicos: la novia podía ser más linda y más buena, pero era mejor que el muchacho se quedara con la otra. Por lo menos así no se acabarían las aventuras y la película podría seguir.
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