
Tenía 14 años, estaba embarazada y la mató un policía. Crónica desde el corazón de un país en el que la represión se cobra cada vez más muertes.
1 minuto de lectura'
Dice Paniagua que lo vio todo.
Todo.
Que eran las cuatro y media de la mañana cuando escuchó los disparos. Que estaba en la terraza porque en la terraza tiene la piecita y, a las cuatro y media, Paniagua dormía. Que se paró de un salto. Que fue hasta la reja del frente. Y que desde allí lo vio todo.
Todo, dice.
Que por la calle Corvalán tres hombres armados y vestidos de civil disparaban sus pistolas. Que dos las disparaban al aire. Que el tercero, dice Paniagua, el que llevaba mochila, ése no, ése no disparaba. Que una pareja venía por Corvalán hacia abajo. Que la pareja había salido de uno de los pasillos laterales de la villa. Que el hombre de la mochila les gritó: "¡Alto, policía!". Que la pareja se dio vuelta y volvió sobre sus pasos, calle arriba, hacia la esquina con Ordóñez. Que el muchacho se puso a correr. Que el muchacho le dijo a la chica: "Dale, vamos". Que la chica siguió caminando. Que el hombre que les había gritado "¡Alto, policía!" ya no les gritó más, y en cambio hizo puntería con las dos manos y les disparó. Que los disparos fueron cinco. Que uno de esos disparos atravesó el cuerpo de la chica. Que la chica cayó al suelo. Y que de allí, del pedregullo de la calle, ya no se levantó.
En la madrugada del 1° de abril de 2005, Camila Arjona, 14 años, cuatro meses de un embarazo llamémoslo accidental, fue asesinada en una calle de la Villa 20, Lugano. Un año y medio después, el cabo de la Policía Federal Adrián Bustos, miembro de la comisaría 52ª y dueño de una mochila azul, fue condenado por el Tribunal Oral Criminal Nº. 10 a la pena de prisión perpetua por haber sido encontrado culpable de homicidio calificado. Principio y fin de otra historia demencial, y en el medio, la Argentina, sus fuerzas de seguridad, el traidor desamparo de su metralla.
Cuando el cabo Adrián Bustos no era cabo, era punk.
Raro.
A los 15, Bustos, el pibe Adrián, se ponía los chupines negros, las Topper de lona, la remera HEY, HO! y salía a patear el centro de Wilde. Un papá carnicero (en el sentido de que está detrás de un mostrador vendiendo nalga o cuadril, en ese sentido), una mamá ama de casa y dos hermanas menores eran la familia del chico enojado, oscurito, darkie conurbano que juntó la plata que tenía que juntar para comprar la entrada, esa entrada, la única que podía darle verdaderamente algún sentido a su vida: era 1995 y Bustos se fue a poguear a Obras, al show de los Ramones.
Algo pasó en la naturaleza callejera de ese pibe, porque un día empezó a ser menos callejera, más disciplinada, menos bardera, más preocupada. De Wilde a Sarandí (el barrio de sus amigos), de ida o de vuelta, Bustos y sus cumpas se tomaron la costumbre de salir a correr.
Raro.
Chicos de rock y chabonaje que no cumplieron los 20, en busca de salud y estado físico. Como sea, la noche, después de haber transpirado lo suficiente, terminaba siempre de la misma manera: una Cindor en la vieja y querida estación de servicio. Ellos tomaban chocolatada, los tacheros y los de la Bonaerense tomaban cafecitos. Porque estaban allí todo el tiempo, a veces eran dos, a veces tres, pero nunca faltaba la presencia policial. Y un día, Bustos se acercó a hablarles. Y pensó que se parecían a los de la Federal que unos años antes lo habían cagado a patadas en plaza Once, pero que de estos sí se podía hacer amigo. Y se hizo. A los 19 años, el pibe ramonero estaba listo para pasarse al lado azul de las cosas.
Un cuñado bombero voluntario terminó de completar el acercamiento al mundo del uniforme y el día que pasó –como para averiguar– por el departamento de reclutamiento de la Policía Federal, ya estaba todo averiguado. Bustos salió de allí una hora más tarde, con los papeles firmados. Su mamá se enteró de que su hijo había decidido cambiar de vida cuando llegaron los del informe ambiental.
–Nene, ¿estás seguro de lo que estás haciendo?
Y el nene estaba.
Es un dia de semana, martes, jueves, el que quieran, son las tres de la tarde y la calle Barros Pazos, Villa 20, barrio de Lugano, tiene el aspecto devastado de la tierra dada vuelta. Un programa de vivienda del Gobierno de la Ciudad está llevando a cabo una reedificación y las casas que estaban (la de Camila estaba) ya no están. "Las van a hacer todas de vuelta –me explica Norma–. La nuestra también." Justo a la mitad de la cuadra, desde un terreno al que todavía le quedan los cimientos, tres albañiles con pico, pala y casquete invitan a pasar.
En el fondo, algunas paredes siguen en pie. Pocas. "Este venía a ser el cuarto de las chicas", dice Norma, paradita en el medio de lo que fue una habitación. Sobre la pintura quedaron huellas de la casa que era: pintadas de cuarto adolescente, paredes sucias de inscripciones bobas: "Te quiero Fulano", "Te quiero Mengano", "Te quiero Leo Mattioli". Los nombres escritos en crayón rosa, las letras queriendo ser simpáticas, dulces, redondas, medio borradas sobre la pared que termina en el aire.
Uno de los albañiles, el más viejo, se llama Miguel Angel, y dirige las obras. "Acá ando, Normita", dice y agrega: "Yo también anduve con contratiempos". El tipo, un tucumano de cara marcada que este año cumple 43 de albañil,
llama contratiempo a la reciente muerte de su hijo, fanático evangélico que se le murió en medio de un ayuno espiritual, según él mismo lo va contando. "Yo le dije que estaba blanco como un papel, que así el ayuno no sirve, pero no me ha querido escuchar, Normita, vea usted. Y se me terminó yendo, el hijo."
Inmediatamente después, remata: "Para agosto va a estar el techo, m’hija".La villa vive su costumbre de la muerte con aceptación y en silencio. Todo el tiempo alguien se está muriendo en la villa. Para la clase media, "contratiempo" puede ser el cierre del Pago Fácil. En la villa, "contratiempo" es eso: la muerte.
Entre los escombros, Norma me cuenta.
Era la tarde del 30 de junio de 1990 y Stojkovic no iba a errar ese penal, no él, estrella de lo que todavía se llamaba Yugoslavia. Pero el fútbol es el fútbol y una sentencia con ese brillo no puede ser falaz, así que Stojkovic erró. En la casita de la calle Barros Pazos Norma saltó de alegría, y en la panza de Norma una bebé saltó también. Después, Serrizuela y Burruchaga hicieron lo que tenían que hacer, pero Troglio y Maradona, no. En la Maternidad Sardá, mientras, una cama esperaba a la mujer de las contracciones, pero la mujer de las contracciones no se iba a mover de frente del televisor hasta saber cómo terminaba la historia. Recién cuando el Galgo Dezotti decretó con su disparo que la Argentina era uno de los semifinalistas de la Copa del Mundo Italia
90, Norma le dijo a Luis, su marido: "Ahora sí, vamos". Ya era 1° de julio cuando nació Camila Arjona.
Las cosas, sin embargo, iban a empeorar.
¿Cuánto?
Todo lo que algo es capaz de empeorar.
Norma se había enamorado de Luis a los 15 años. A los 26, con Camila recién nacida y Nadia de 2, lo que hasta entonces había sido un amor poco redituable se transformó en un viaje al fin de la noche. Luis desaparecía a gusto, alguien le comentaba a Norma que lo había visto por ahí, pero el tipo no volvía. Hasta que volvía. Entonces la cagaba un rato palos, capaz que de paso la cogía, y después volvía a partir. La perversión de la escena (entro, te pego, te garcho y me voy) se hizo habitual. Llegó el día en que la vida era, para Norma, para Nadia, para Camila, eso que sucedía entre golpiza y golpiza.
A los 42 años, con el dolor de una hija asesinada que le deformó para siempre la cara y el espíritu, caminando la villa, Norma recuerda: "Una vuelta, Camila ya había cumplido los 4, llegó Luis, agarró un Tramontina y me entró a pinchar la cabeza. Cuando Camila vio que me chorreaba sangre, le gritaba que no me hiciera así, que no me pegara. Me acuerdo que de pronto se acercó medio despacito y cuando lo tuvo a tiro le mordió las piernas. Y la Nadia se me tiró encima, me cubría".
–¿A qué había vuelto?
–Esa vez, a buscar ropa. Yo le pelié. Le dije que la ropa no se la llevaba. El me gritaba que si yo no me daba cuenta, que él nunca me había querido. Y yo sufría, porque yo lo re quería al tipo, ¿viste? Lo amaba, yo. Era el padre de mis hijas.
En una de esas vueltas, nueve meses después de una de esas idas, nació Nicolás. Y entonces los hermanos fueron tres.
La noche que se fue del todo: era domingo, Día de la Madre. Dice Norma que Camila estaba feliz. Luis, que llevaba unos días en la casa y los llevaba sin golpes, se levantó temprano y anunció: "Nos vamos a comer a lo de mi vieja" (porque Luis, así como lo ven, tenía una mamá). Se fue a comprar flores
y regresó con un ramo para la vieja y uno para Norma, su señora esposa, la madre de sus tres hijos, al menos de los tres que estaban esa tarde ahí, porque después Norma supo que había otras madres de otros hijos que también eran de Luis. "Nos vamos a lo de mi vieja", dijo Luis, y la madre los recibió con la mesa puesta. Feliz, dice Norma que estaba Camila. Comieron, pasaron el día y a la nochecita fueron a la fiesta boliviana, ahí frente a la cancha de San Lorenzo. Enfilaron todos para la parada del 150, el que va a Retiro. Arriba, Luis le dio a Norma treinta pesos y le dijo que fueran bajando, que él seguía unas paradas más hasta lo de un amigo, que después se encontraban en la fiesta. No lo volvieron a ver. Tuvieron que esperar hasta Navidad para que les llegara alguna
noticia de dónde andaba Dice Norma que, aquella noche, Camila estaba feliz.
La adolescencia de Camila empezó el día que lo encaró a su papá, que se había ido de la casa pero nunca se terminó de ir de la villa y cada tanto se pegaba una vuelta por Barros Pazos. "Viejo de mierda, qué te venís a hacer el padre", le contestó después de haber soportado el reto de ese tipo al que casi no conocía. Camila había descubierto su enojo y que ese enojo servía para cerrar la boca de los indeseables. Se sintió fuerte y entonces empezaron también los bailes, los chicos y las fugas. Tenía 13 años.
–¿Se iba?
–Se rajaba, sí. Con la hermana se rajaban las dos.
Había pasado un día y medio y Norma no sabía nada de sus hijas. No sabía, pero lo imaginaba: estarían (y de hecho estaban) en la casa de esos chicos de Villa Madero que habían conocido. Hubo que cruzar la General Paz. Varias veces hubo que cruzarla, porque Norma llegaba y las chicas se escondían. Entonces Norma se volvía. Y después volvía a ir. Y después volvía a volver. Hasta que se las encontró en la estación de Lugano. En silencio caminaron para la casa. Norma les pegó la cagada a pedos de sus vidas y remató la charla con: "No vuelven a salir del barrio". Antes de cumplir los 14, Camila, obediente, ya estaba de novia con Leonardo Ramos, que vivía a diez cuadras.
Se conocieron en el Baile de Luisito (nombre oficial en toda la Villa 20), un paraguayo que pasaba de todo, cumbia también, y que cobraba dos pesos la entrada. El noviazgo consistía en pasar a buscar a Camila por la escuela Nº 3 de Larrazábal, donde estaba terminando séptimo grado. Después ir al cíber,
el 22, frente a la farmacia Belén, de Lugano, donde Camila chateaba y Leo jugaba al Counter mucho, al GTA menos. Y finalmente, meterse en el cuarto de Leo, a esconderse de Norma que la venía a buscar, a esconderse de Nadia que la venía a buscar, a esconderse del mundo entero y quedarse ahí.
Con Norma, caminando, llegamos a la casa de Leo, que está, nos abre y nos hace pasar. Es un lugar oscurísimo, húmedo, de paredes apretadas que después de unos metros se abren para terminar en un cuarto con tele y DVD. Una puerta comunica con el patio del fondo y, al costado, la escalera que lleva a la pieza. Leo es un chico grandote, remera de la Selección Argentina versión Fila, la cara ancha, el flequillito negro cayéndole sobre la frente, un labio medio como caído, la boca todo el tiempo entreabierta. "Acá", dice, y lo vamos siguiendo. En el camino, dejamos atrás hermanos que lloran, hermanas que se hacen colitas, ropa esparcida. En el patio, Leo vuelve a hablar: "Ahí", dice, con el brazo en alto, y vemos la piecita. Subimos. El lugar es brevísimo y tiene un ventanuco que da al pasillo por donde Camila espiaba quién llegaba. Tantas veces no la encontró su madre porque tantas veces Camila la vio venir y dijo: "Ahí está mi vieja, decile que no estoy". Contra la pared, dos camas cucheta.
Leo me dice: "Acá dormíamos". Porque está la mamá de Camila aquí, porque no lo recuerda, porque no lo quiere recordar, Leo no especifica en cuál de las dos Camila quedó embarazada.
Cuando dejamos a Leo, Norma, como quien comenta el mal rato que acaba de atravesar, me dice: "Este pendejo me la cagaba a palos a la Camila".
–¿Le pegaba?
–Sí. Mi hija me lo negaba, hasta que un día me dijo. "Es que es muy celoso, ma", me dijo. Y ahí mismo me lo fui a buscar.
–¿Lo encontraste?–Yo no lo conocía, así que no sabía bien a quién agarrar. Cuando me lo marcaron, le puse una piña que lo tiré contra un auto. El creyó que yo era un pibe y entonces se me para de manos, ¿viste?, a quererme pelear. Cuando me ve que era yo se queda. "¿Vos sos Leo? Yo soy la mamá de Camila. Le ponés una mano encima y te mato, ¿’tendiste?", le dije. Salió corriendo, el pendejo este.
Todavia le quedaban unos minutos al jueves 31 de marzo de 2005 cuando los policías Adrián Bustos y Miguel Angel Almirón cayeron en lo del herrero Juan Carlos Espinosa, casa 34, manzana 19, Villa 20. Espinosa había tenido problemas con un vecino que lo había amenazado y consiguió que le pusieran custodia policial las 24 horas. Estaba feliz el tipo con los policías que entraban y salían de su casa, y algunos dejaron de ser custodios y empezaron a ser amigos. Cuando Bustos entró en el lugar, no se encontró con Espinosa, que había salido y ya no volvería, sino con el custodio al que tenía que relevar, el cabo Mariano Cisneros. Como Bustos, Cisneros se estaba divorciando y, como Bustos, había pasado a vivir mitad en la Dependencia, mitad en lo de Espinosa. Así que se quedó, Cisneros. Eran las doce y media de la noche, en casa de Espinosa no pasaba nada y los tres (Cisneros, Bustos, Almirón), de civil, salieron a caminar la villa.
Tres miembros de la Policía Federal, integrantes de la comisaría 52ª a cargo del comisario Malerva (¿se tenía que llamar así?), armados y de civil, caminando por los pasillos de la villa en la madrugada de un viernes y en busca de qué.
Es decir: en busca de qué.
A las tres de la mañana Bustos, Cisneros y Almirón golpearon la ventanita de José Paniagua, quien declaró:
"Que siendo la hora 03.00 le golpean la ventana. El dicente se hallaba durmiendo por lo que se levanta y concurre al frente a atender. Al abrir la ventana vio a tres personas del sexo masculino que le piden que le vendiera cerveza, primero le piden dos y se sientan a tomarla a un costado donde hay una ferretería. Después de un rato volvió y siguió pidiendo (sic). Cada vez que regresaban llevaban de a dos botellas así hasta que consumieron un total de ocho botellas. Estuvieron en el lugar hasta las 4 aproximadamente. Luego de esto el dicente se acostó a dormir." (Cuerpo I, foja 152.)
Con ocho botellas encima o supuestamente encima, Bustos, Cisneros y Almirón, siguen camino hasta que se encuentran a Omar Plaza, 21 años, pibe del barrio. El alcohol se había terminado. Vamos de vuelta: en busca de qué.
Omar Plaza declaró:
"Que siendo las 4.00 horas estaba sentado en una esquina de la Villa 20, solo, y tres policías estaban tomando en un kiosco cervezas junto a tres pibitos. A estas personas las conoce como policías porque estaban haciendo una custodia a la vuelta de su domicilio (…) El compareciente estaba sentado allí cerca y los policías empiezan a venir hacia el lado donde se encontraba él. Estaban vestidos de civil, sin uniforme. Ninguno de ellos llevaba nada. Dos policías venían adelante y otro venía más atrás. Este que venía más atrás estaba con un arma en la mano (…) Las dos personas que estaban adelante se acercan al compareciente y le dicen: «Levantate, somos policías». El compareciente se levanta y los policías lo empiezan a revisar. Que en eso uno de los policías, el más gordito, le dice: «Dónde se puede conseguir gilada». El compareciente refiere que «gilada» es droga. Que el compareciente le dice que no sabe dónde se vende, que en ese barrio no hay droga y que él no se drogaba. Que el policía le insistía y le decía: «Dale que vos sabés». Declara el compareciente que el policía se hacía el bueno pero le seguía preguntando dónde se podía conseguir droga. Que esto se desarrollaba en una intersección de dos calles y el policía lo lleva a tres o cuatro metros de donde estaba. El compareciente fue hasta allá confiadamente. El policía gordito en voz más baja le dice: «Dale, dónde se puede conseguir». El compareciente le dice que no sabe dónde se compra droga y allí empieza el policía más gordito a pegarle. El compareciente le dice: «Pará, no me pegués» y de allí en más le empezaron a pegar los tres. Declara el compareciente que los tres policías estaban mareados pero el que más mareado estaba era el más bajito, es decir, el que venía adelante con el gordito, declarando que el último era el más alto de todos. El primero que le pega es el gordo, como tres veces. El compareciente decía que no le pegase y el policía mientras le pegaba le decía: «Yo te estoy pegando». Que en ese momento se juntaron los dos policías que estaban allí y empezaron a pegarle junto con el policía al compareciente (…) Cuando escucharon los tiros, los policías empezaron a tirar en esa dirección. Que en ese momento el compareciente aprovecha para irse del lugar. Que eran personas buenas cuando no tomaban. Pero cuando tomaban empezaban a parar a la gente." (Cuerpo I, fojas 54, 55 y 56.)
El informe medico forense realizado sobre las lesiones de Omar Plaza dice: "El examen de las regiones pone en evidencia: edema nasal, inyección conjutival bilateral. Pérdida de incisivo central superior derecho y equimosis violácea párpado inferior izquierdo" (Cuerpo I, foja. 49). Traducido, el informe, que lleva la firma del doctor Reynaldo Ludueña, dice que a Plaza le sacaron un diente a los golpes, le hincharon los ojos, le rompieron la nariz.
Los disparos que escuchó Plaza fueron los primeros de una noche llena de disparos. Y despertaron a varios. Entre otros, a una parejita que dormía apretada en una cama cucheta, en la pieza de arriba, y que se asomó, la parejita, al ventanuco que daba al pasillo, pero como no se veía nada, nada, la parejita dijo: "Salgamos a ver".
Los policías soltaron a Plaza y fueron en busca de quien les disparó. Una hipótesis de la investigación dice que un sujeto apodado Pincho podría haber intentado bancar a Plaza cuando vio que los señores policías amablemente lo interrogaban. De inmediato se inició la persecución de nadie, porque el tal Pincho o quien sea que haya sido, desapareció en la oscuridad de los pasillos. Bustos, Cisneros y Almirón siguieron buscando, pistolas en mano, sin nadie a quien dispararle. Un bajón. Bustos, además, según comprobó después la pericia química, tenía "0,49 gramos de alcohol etílico en sangre y 0,62 gramos en orina, lo que determina un grado de alcoholemia correspondiente al período subclínico (…) Esta cantidad provoca modificaciones en el trazado del electroencefalograma que se traducen en una mayor excitabilidad de la corteza cerebral" (Cuerpo IV, foja 606) Pongámoslo así: Bustos estaba picadito.
Mientras, la parejita, inconsciente, siguiendo esa atropellada costumbre de salir a ver qué pasa cuando estamos seguros de que ahí afuera algo malo pasa, dejó la cucheta, bajó las escaleras, salió al pasillo, agarró por la calle Corvalán y, muy de la manito, entró a bajar, a ver con qué se encontraba.
El tramo de Corvalán donde todo sucedió son sesenta metros de calle inclinada, 45 grados, una loma que sube o baja, según de dónde vengas. Y Leonardo y Camila venían desde arriba. Y Bustos, Cisneros y Almirón estaban abajo, buscando cualquier cosa que se moviera en la noche de la villa.
En la exacta mitad de la cuadra, sobre el local de bailanta, mano de enfrente, asomado a la terraza de su primer piso, Alfonso Paniagua, paraguayo, 55 años, con 35 de residencia en la Argentina, vicepresidente de la Junta Vecinal de la Villa 20, hermano del vendedor de cerveza José Paniagua, se asoma para ver. Y ve.
Ve que Camila y Leonardo bajan. Que Bustos les pega el grito. Que Leo se asusta y corre. Que Camila se queda, pega la vuelta y se aleja caminando. Ve Paniagua, y se lo dice al juez, que Bustos, a quien luego reconoció en ronda de detenidos, tomó su arma con las dos manos, apuntó y disparó.
La bala que según la Justicia fue la bala de Bustos que entró por la espalda de Camila, rompió la segunda vértebra dorsal, la faringe, el paladar y el hueso de la mejilla. Camila Arjona murió de inmediato. El bebé que llevaba en la panza, un rato después.
Su padre, su novio, el Estado: Camila no tuvo suerte con los que se supone iban a cuidarla.
Dice Paniagua que, entre todo lo que vio, vio también cómo Bustos, el hombre de la mochila, avanzó, después de disparar, hasta el cuerpo breve que quedó tirado en el piso. Vio cómo le pateó la cabeza al cuerpo que, tirado en el piso, no se movía. Vio cómo siguió camino, en busca del chico que sí se había puesto a correr. Que como no lo encontró, volvió. Que otra vez se detuvo junto a la chica. Que tomó su cabeza. Que la miró. Que la soltó. Que después los vio irse. A los tres, irse, sin nuevos disparos. Que después ya no vio más.
En 1984 fueron mas que en 1983. En 1985 fueron más que en 1984. Y así…
Desde el regreso de la democracia hasta hoy, los casos de gatillo fácil han ido en aumento (ver recuadro aparte), según se desprende del trabajo estadístico realizado por la Coordinadora contra la Represión Policial e Institucional (CORREPI). En la última década, el número de víctimas anuales de la represión policial fue de 73 (en 1996) a 173 (en 2005). El 2006, aún sin cerrar, va por la confirmación de este terror estadístico.
Que desde 1983 el ascenso de casos se sostenga podría indicar que el aparato represivo de la policía argentina, Federal o provinciales, funciona independientemente de la corriente partidaria/ideológica dominante en el país. Con Alfonsín, con Menem, con De la Rúa, con Kirchner, da lo mismo. Podemos ser socialdemócratas, neoliberales, apáticos estructurales o setentistas revisionistas que en cualquier caso la yuta va y te la pone. Una teoría de mundos paralelos desvinculados entre sí. María del Carmen Verdú, abogada de CORREPI, invierte por completo esta teoría, y lo pone así: "No es que las fuerzas de seguridad vayan por un lado y el Estado por el otro, no. Es que la policía es el brazo armado del Estado. Y en la Argentina, el Estado está al servicio de las clases dominantes, por lo tanto tiene que disciplinar al resto del conjunto social. Cuando no logra disciplinarlo, lo mata".
–Pero entonces la policía, como institución, es una pura herramienta de ejecución, lo que le quita responsabilidad social…
–La policía mata porque eso es una política de Estado, gobierne quien gobierne.
–Tampoco entonces serviría intentar cambiar la conducta de la Fuerza, ni intentar formar otra policía…
–No, no serviría. De hecho, no ha servido. ¿Cuántas purgas llevamos hechas? ¿Cuántos cambios de cúpula? ¿Cuántas charlitas de Pérez Esquivel en los institutos de formación policial? Y la Bonaerense II, ¿cuántos exonerados tiene ya? No hay que pedir una policía mejor, hay que pedir un Estado al servicio de los que menos tienen. Recién ahí la policía va a ser otra.
–De todos modos, la formación policial…
–¿La formación policial qué? Estamos llenos de policías universitarios implicados en casos de gatillo fácil…
–¿Qué pasa entonces cuando el Estado llega a la villa?
–Una vez le escuché decir al comisario que tiene bajo su jurisdicción la Villa 21: “Nosotros a la villa entramos a sacar cadáveres”. Ahí lo que la policía generalmente hace es asegurar el perímetro.
Hasta acá, la Verdú. Del otro lado, la Policía Federal o el intento de comunicación con la Policía Federal.
Después de varias semanas de querer llegar hasta el comisario Néstor Valleca, jefe de la Policía Federal Argentina, otro comisario, Raúl Alvarez, jefe de la División Prensa, me termina diciendo por teléfono:“Mire, el señor comisario Valleca no da entrevistas y yo ya hice consultas a nivel de la gente que manejó el tema ese, [N. del R.: el “tema ese” es el caso Arjona] y para nosotros no es un tema cerrado, no hablamos sobre temas en donde la Justicia está trabajando”.
–Pero comisario, la Justicia ya falló. Es cierto que Adrián Bustos, integrante de la institución a la que usted pertenece, puede apelar, pero ya hay un fallo…
–La institución policial no va decir nada porque la sentencia no está cerrada.
–Está bien, entonces quisiera solicitar una entrevista con alguien que hable sobre lo que se conoce como “gatillo fácil” en general, y no sobreel caso Arjona en particular. ¿Podrá ser?
Dos semanas más tarde.
–No encontré ningún funcionario dispuesto a hablar.
–Me parece grave, comisario.
–¿Por qué le parece grave? No es grave.
–Porque alguien de la Federal debería hablar sobre un problema social que lleva años y que está muy extendido.
–Miré, usted lo que quiere es pelearse conmigo.
–¿…?
–Yo soy un hombre libre, ¿sabe? Y estoy en la policía porque amo la libertad; así que si usted no respeta lo que yo pienso, no tengo más nada que hablar.
–No es con usted, comisario, es con su institución. Le repito, podría entender si no quieren referirse al caso Arjona en particular, pero por no hablar de un caso terminan haciendo silencio sobre todos los demás.
–Está bien, me retracto de que ningún funcionario quiera hablar y voy a averiguar quién puede darle una declaración sobre el tema de la policía en las villas.
–Espero su llamado, comisario.
–Adiós.
En los dos faxes que envié a la División Prensa de la PFA, con copia y archivo que cualquiera puede comprobar, estaban claramentedetallados mis datos, teléfonos y dirección de mail. A pesar de eso, la Policía Federal eligió el silencio.
De lejos, desde el camino de ripio, el penal de Marcos Paz se ve como un barrio de construcciones prolijas. Fotógrafo, periodista, chica asistente y prensa del Servicio Penitenciario Federal vamos llegando, y la sensación persiste. En la puerta, queda del todo claro que Marcos Paz no es la cárcel que imaginamos cuando nos ponemos a imaginar una cárcel. Lejos del desastre infrahumano de Olmos y de casi todo el resto de los sistemas penitenciarios del país, acá no hay muros sino altas paredes alambradas y en la puerta el trámite es sencillo:
–Tenemos una entrevista con el interno Adrián Bustos
–Adelante, los está esperando.
Un colectivo del transporte interno nos lleva hasta el módulo 4, el pabellón de fuerzas de seguridad, donde se cruzan ex canas que gatillaron fácilmente con ex milicos que torturaron fácil más algunos presos especiales. Ahí nos quedamos, esperando. Son inevitablesdos segundos de temblor y de corazón que se estruja cuando me entero de que, en pocos metros a la redonda, camina el loquito de Belgrano, y también Miguel Etchecolatz y Emir Omar Chabán, que por ahora comparten techo y destino. Cinco minutos más tarde, sentadito en una sala de entrevistas, sin poder ocultar del todo la fiereza de su mirada, se me sienta adelante el ex cabo Adrián Bustos, asesino de Camila Arjona.
Porque es cana, porque va a ser cana toda la vida, la primera pregunta la hace él: “¿Qué se te dio por hablar conmigo?”. Bustos es pequeño,delgado pero tenso, durito, la mandíbula apretada, los ojos negros y hondos, medio muñeco, no me cuesta imaginarlo vestido de G.I. Joe. Le pone garra a ser amable, pero hay una arrogancia que está ahí, latente. Después, arrancamos.
–¿Por qué te sorprende que quiera hablar con vos?
–Porque a ningún medio le interesó ir a la causa, les interesó más decir que el policía mató a Camila, que el policía estaba borracho, estaba drogado. Si me condenaron, fue por la opinión de la prensa, no por basarse en algún tipo de pruebas.
–¿Vos le disparaste a Camila?
–Esto fue una desgracia, porque fue un enfrentamiento como cualquier otro, y bueno, desgraciadamente casi a cien metros del lugar estaba Camila en la calle y murió a causa de un disparo de arma de fuego, pero…
–¿Pero fue tuyo ese disparo?
–No te voy a decir que no fui yo. Si bien no disparé, no voy a decir que soy inocente porque me cansé de decirlo. Pero hay maneras de probarlo, que es más fácil todavía.
–Si no disparaste vos, ¿quién?
–Yo no quito la responsabilidad del personal policial. Si bien yo no disparé, yo no descarto que hayan sido mis compañeros de esa noche.
–¿Cisneros o Almirón?
–Yo lo vi a Cisneros con el arma hacia arriba. El que queda es Almirón, que nunca dijo si disparó, ni para dónde, porque no declaró. Yo creo que pudo haber sido él.
–OK, a Camila la mató Miguel Almirón.
–No lo sé, puede ser. Y si fue él, hay que ver si tuvo la intención de hacerlo.
–Hay un testigo presencial que te ve a vos tomar el arma con las dos manos, apuntar y matar a Camila.
–Sí, sí, el rubio de pelo corto mata a Camila, Paniagua lo dijo en el juicio. ¿Me ves rubio? También dijo que la persona que hizo puntería disparó cinco veces. También dijo que después de ese disparo a Camila corrí al novio a los tiros. Y si nos ubicamos en tiempo y forma, para hacer todo lo que él declara, yo tendría que haber corrido a más de cien kilómetros por hora.
–¿Por qué Paniagua no diría la verdad?
–Acá los testigos se compran fácil, desgraciadamente vos podés jugar con la necesidad de alguien. Te buscás una persona que no tenga una buena condición económica, que tenga necesidades, le ofrecés algo que le interese y la persona va a decir lo que vos le pidas.
–Paniagua también dice que el que hizo puntería llevaba una mochila. Vos llevabas una mochila esa noche.
–No, la mochila era mía, pero no la llevaba yo.
–¿Quién la llevaba?
–Almirón. Cuando terminó el juicio, a la salida de Tribunales, Almirón le dijo a mi mamá que era él quien la llevaba. Si lo tuviera acá, lo mato y me como 25 años con todo gusto. Porque yo estoy preso por una mochila, no por una muerte.
–¿A alguien le sirve que vos estés acá?
–Sí, hay gente a la que sí le sirve.
–¿Gente de la policía?
–Es gente de la fuerza. Pasa que uno ve cosas asquerosas en la fuerza pero te tenés que callar la boca porque no sos vos, es tu familia.
–¿Qué buscaban esa noche?
–A un tal Gula. Ese señor tenía un homicidio en ocasión de robo.
–¿Pero ustedes no estaban protegiendo a Espinosa?
–Sí, desde hacía meses…
–¿Y a qué salen?
–Por el tema de hacer una especie de inteligencia para encontrar al Gula.
–Otro testigo asegura haberles vendido ocho botellas de cerveza. ¿También era una cuestión de inteligencia?
–Sí. Se compraron seis cervezas, no ocho, y no las consumimos nosotros, sino unos chicos con los que nos encontramos.
–¿Qué chicos eran estos?
–Eran pibes de ahí. Compramos las cervezas porque vos sabés que una persona con una botella de cerveza te puede decir un montón de cosas. Y en la charla uno va logrando, va tocando temas y te van diciendo muchas cosas.
–¿Fue una compra estratégica la de ustedes?
–Se trabaja así.
–¿De esas cervezas vos no tomaste nada?
–Nada, mis compañeros tampoco. Por eso los test dan negativos.
–A vos te da positivo. Está en la causa. De los cinco niveles de alcoholemia, el primero te da positivo.
–Sí, porque yo tomé alcohol, pero después. Nunca lo negué, fue un acto inconsciente.
–¿Qué clase de policía sos, eras?
–A mí se me cagaban de risa en la 32, donde teníamos la villa Zabaleta, porque interrogábamos a un pibe chorro y yo le decía: “Caballero, por favor, me permite su documentación, se puede acercar…” y los canas me decían, “Qué tanta palabra, metele un cachetazo”.
–O sea…
–Y, que yo siempre creí que detrás de todo chorro hay un ser humano.
–Ah, bueno… ¡sos un cana todo corazón!
–Mismo ahí en la villa, en la casa de ese Plaza, fui y asistí a un pibe que tenía tres tiros, uno en la espalda y dos en las piernas. Le busqué las heridas y lo llevamos. Y era un pendejo que era un pedazo de hijo de puta, porque le robaba a una vieja, la cagaba a palos, pero eso no me importó, había que ayudarlo.
–¿Nunca cagaste a palos a nadie, en la villa no reventaste a nadie?
–Nunca me gustó pegar por pegar… He detenido a muchos chicos en presencia de la madre y les he metido un cachetazo porque me molesta ver a la madre llorando, un pibe que hace una semana salió de estar preso, que estuvo en juzgado de Menores, y al otro día estaba robando una bicicleta y la madre viene destruida, y cagarlo a cachetazos y decirle: “Mirá tu mamá cómo está, a ver si te das cuenta, hacelo por ella…”, ahí sí me brotaba, pero pegar por pegar…
–La noche del crimen de Camila, ¿no le desfiguraste la cara a Omar Plaza?
–No tuve contacto físico con él.
–¿No le preguntaste dónde conseguir “gilada”, es decir, cocaína?
–Yo no.
–¿Tus compañeros?
–Yo no descarto que mis compañeros le hayan pegado. Yo no pongo las manos en el fuego por nadie. No va a ser la primera vez que un policía le meta un cachetazo a alguien.
–Para arrancar un diente hay que hacer algo más que meter un cachetazo.
–Te repito, yo no lo toqué. Por Almirón y Cisneros no puedo responder.
–¿Qué aprendiste en la escuela de la Policía?
–La escuela de la Federal es una encapuchadora mental: lo que te enseñan es que hay que cagar a palos, que tenés que tirar tiros. Yo tenía un instructor que me decía: “Vos tirale, ponele punta hueca y partile el cuerpo al medio…”. Muchos se creen que esto es División Miami.
–¿Tenés conciencia de que, públicamente, sos el emblema de eso mismo, y que la Justicia, en primera instancia, determinó que vos sos eso, un represor, un asesino?
–Sí, lo sé, y me duele, me molesta. Porque nunca le di a la gente que piense eso de mí. Te repito: yo te paraba un ciruja por la calle y te lo trataba de señor.
Porque en la Argentina el Código Penal no es punitivo sino reformador, es que Adrián Bustos, en algún momento, va a salir en libertad. Pasarán veinte años, veinticinco, pero va a salir. Le pregunto qué hará ese día. En medio de un llanto mordido, después de putear porque una de sus hijas aprendió a caminar y él se la perdió, me responde: “No sé, ¿qué debería hacer? ¿Dedicarme de lleno a mis hijos o ir a buscar a Paniagua a la casa? A veces no lo puedo controlar”.
–¿Qué cosa?
–Y… a mí Paniagua me acusó de algo que no hice. Te juro que a veces lo metería debajo de un montón de escombros. Después que digan que soy un represor, un torturador, lo que quieran, pero que lo digan con razón, que lo digan porque lo hice.
Me dice norma que va a buscar ese bebé. Le digo que es una locura,que era apenas un feto que crecía en la panza de su hija, y que no debe ser posible hallarlo. Me dice que lo va a buscar como sea, y que lo va a encontrar. Llamo al doctor José Vera, abogado de la familia de Camila. Le pregunto si ese feto existe, si quedó conservado. Me dice que es muy difícil, que tal vez en la morgue haya quedado algo de aquel cuerpito en formación, como parte de la autopsia. Llamo a la morgue. No me atienden. Llamo a la morgue. Me atienden. La persona no sabe nada. Nadie sabe nada. Vuelvo a llamar a Norma, le digo que lo siento. Norma me dice que lo va encontrar. Pasan los días. Pasan las semanas. Desde la escuela 22 de la calle Tinogasta, en Devoto, donde trabaja en la cocina, Norma, hace mucho separada del Luis que la pinchaba con los Tramontina, vuelta a juntar con otro señor que está muy lejos de ser Luis, me llama. Me pregunta que cuándo sale la nota. Le digo que pronto. Le pregunto si aún sigue pensado en buscar al bebé. Norma me contesta: “Estoy embarazada”.






