
"El Cascanueces" de Nureyev, en una refinada versión navideña
Espectáculo coreográfico. "El Cascanueces". Música de Tchaikovsky. Versión coreográfica de Rudolf Nureyev según la obra original de Petipa/Ivanov. Reposición de Aleth Francillon. Escenografía y vestuario de Nicholas Georgiadis. Con Adriana Alventosa, Jorge Amarante, Eugenia Padilla, Lila Flores, Adriana Gancedo, Néstor Assaf, Gabriela Alberti, Alejandro Parente, Maximiliano Cuadra, Leonardo Reale, Roberto Zarza, Maricel De Mitri, Silvina Perillo, Edgardo Trabalón, solistas y cuerpo de baile de Ballet Estable. Director del Coro de Niños: Valdo Sciammarella. Director de la Orquesta Filarmónica: Gustavo Plis-Sterenberg. Teatro Colón. Nuestra opinión: Muy bueno
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La sala del Colón, repleta. Grandes y chicos fueron a disfrutar uno de los clásicos más representados, por cuanto en este mes "El Cascanueces" se monta en la mayoría de las compañías de todo el mundo. Es una tradición navideña, como el pino engalanado y Santa Claus, pero en danza. Esta versión, la de Rudolf Nureyev, tiene enorme encanto, lujo y refinamiento en decorados y vestuario del famoso Nicholas Georgiadis y detalles que lo diferencia de otras versiones.
Es realista en el sentido de que comienza en la cena de Nochebuena con personajes que bien pueden ser invitados y anfitriones de cualquier hogar en el que se festeje esa fecha; luego, la historia se transforma en un universo de ensueño. Nada mejor para estos días que dejar que la imaginación vuele y sentir que el ballet es uno de los medios para lograrlo.
Clara (Adriana Alventosa), una chiquilina de 13 años, recibe como regalo un muñeco rompenueces de su padrino, Drosselmeyer. Ese muñeco será el quid de la acción, ya que al cobrar vida transportará a Clara en un viaje mágico en el cual la niña se encontrará con sorpresas y comenzará a percibir nuevos sentimientos.
Clara se transformará al vivir una singular aventura. Como en todos los cuentos, tanto hay aquí momentos de pesadilla como de felicidad. Apenas se queda adormilada, abrazando al Cascanueces, escenas de horror la atemorizan. Rodeada por ratones, la chica se debate y cae en pánico, hasta que su muñeco enfrenta a los desagradables intrusos y gana la batalla. Hasta ese instante, jugó como un cómplice que intentaba salvar a su ama, pero cuando todo termina, curiosamente, debajo de la capa que vestía Drosselmeyer surge un apuesto y gentil joven, que la invita a un viaje por el Reino de la Fantasía.
El toque magistral
En el momento en que simulan ir hacia ese lugar, los decorados cambian y la pareja se interna en un esplendoroso paisaje nevado, situación que Nureyev aprovechó para hacer el primer pas de deux que ambos bailarán. El célebre artista deseaba que los protagonistas tuvieran mayor intervención que en las versiones comunes. Además de su talento como estrella de la danza, Nureyev probó con creces ser un magnífico coreógrafo de los ballets tradicionales, dándoles una vuelta de tuerca que siempre los diferenció.
Cuando en 1971 montó la obra para esta compañía, él la interpretó junto a Olga Ferri. Regularmente, el misterioso, tuerto y rengo Drosselmeyer era representado por un bailarín, en tanto que el papel del príncipe lo asumía otro. Aquí, uno solo, como lo hizo Nureyev, personifica a ambos. Es como el cuento del sapo que en realidad es un príncipe. Este es un buen desafío expresivo: el padrino, un hombre feo, enigmático e iracundo, se convierte en un hombre de magnífica estampa y nobles modales.
Lo siniestro
También en otras coreografías la que hará el pas de deux más importante de la obra no es Clara, sino el Hada Confite. Nureyev le da a Clara ese protagonismo y no la deja como mera espectadora de uno de los dúos más virtuosos del clasicismo.
En el cuadro de los Copos de Nieve, que antecederá a la llegada al reino fantástico, Nureyev imprimió la idea del "acto blanco" con unas cadencias, filigrana de pasos y agrupaciones que se desglosan en diagonales, se intercalan y forman poses de un encanto sin igual. Excelentes las solistas Eugenia Padilla y Lila Flores.
Así como antes acuciaron a Clara los ratones, ahora la chica tiene visiones de murciélagos que la aterrorizan, con enormes caretas con los rasgos de sus familiares y amigos. En esas escenas, en las que la chica verá a sus seres queridos distorsionados, está implícita la idea de Nureyev de que "El Cascanueces" no es un simple cuento, sino que hay facetas que extraen un sentido psicológico, fantasmas que habitan en la mente y que aquí se corporizan.
Mas luego todo se calma. Clara tiene ocasión de ver bailes de diversas partes del universo: tempestuosa es la de España; sensual y ardiente, la de Arabia; divertida y bulliciosa la de Rusia, romántica la Pastoral, y acrobática y saltarina la de China. En esta última se destacan por su homogeneidad y precisión Maximiliano Cuadra, Leonardo Reale y Roberto Zarza. Maricel De Mitri, Silvina Perillo y Edgardo Trabalón, en la Pastoral, conformaron armoniosas estampas dignas de cuadros de Watteau.
Con la suntuosidad de doce parejas bailando al compás del Vals de las Flores, la compañía se luce en sus mayores méritos. Hará marco al pas de deux final: tanto la grácil Alventosa como Amarante se acoplaron a la perfección en este tramo que Nureyev hizo extremadamente difícil. Pero al cual otorgó una belleza sin par. Expresivos y compenetrados con sus papeles, los protagonistas, desde que se remontó la pieza, en 1997, demuestran haber crecido en técnica y sentimiento. Amarante maneja su port de bras con otra emotividad, en tanto que ahora los movimientos de su cabeza y torso siguen plásticamente la línea del danseur noble .





