El Fantasma de la Ópera, la música de 10.000 noches
Con 26 años desde su estreno, la obra de Andrew Lloyd Webber se ha convertido en el show con más tiempo en escena
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NUEVA YORK.- ¿Existe un axioma menos cierto que el que nos dice que la ausencia hace que el corazón se vuelva más afectuoso?
Según mi experiencia, este cliché sentimental muy a menudo es falso, ya sea que se aplique a personas, lugares o cosas. Pensemos en los musicales de Broadway. Hace más de 15 años que vi por primera vez, y no quedé particularmente embelesado, El Fantasma de la Ópera, el musical de Andrew Lloyd Webber que ha sido representado durante más de 26 años en Nueva York (el show con más tiempo en escena de la historia de Broadway) y que sumó US$ 6000 millones en todo el mundo (más que cualquier otro musical o película).
¿Cómo explicar entonces el inesperado cosquilleo previo que me atravesó cuando entré en el Majestic Theater, donde El Fantasma...fue instado desde que abrió por primera vez? En parte fue por la rara suerte de visitar este teatro con un nombre tan acertado y monopolizado por un único show durante tantos años. Y El Fantasma... ahora se jacta de tener a dos consumados artistas de Broadway en sus papeles principales: Norm Lewis, nominado para el Tony en 2012 por su papel en la obra de Gershwin Porgy and Bess, y Sierra Boggess, que interpreta el papel protagónico de la obra de Disney La Sirenita.
En este momento, las multitudes que acuden masivamente a ver El Fantasma... hacen la peregrinación a un santuario pop más que a ver un musical de Broadway, ni que hablar de los artistas particulares en él. El Fantasma... se ha convertido en una atracción permanente en este patio de juegos turísticos al que cada vez más se parece Nueva York, mientras tanto sus habitantes se quejan por tener que abrirse paso a los codazos a través de los múltiples Elmos para vadear el Times Square.
Yo, por supuesto, iba a juzgar el show con una mirada dura. Pero pronto, en cuanto la orquesta hizo sonar las estruendosas y ominosas cuerdas del órgano, encontré que mis expectativas cambiaron y mi armadura se derritió. Con una distancia de más de una década y un par de cientos de musicales nuevos desde mi última visita, me encontré con una nueva apreciación de esta amada teatralidad gótica del show; el movimiento del vals con la dirección de Harold Prince; las solemnes escaladas de las melodías de sus más celebradas canciones, y la sorprendente vivacidad y chispa que los nuevos líderes y hasta los actores secundarios dan a este cuento de amor, obsesión y crimen, en las entrañas de la ópera francesa, en el siglo XIX.
Lewis es, sorprendentemente (¿desalentadoramente?), el primer actor negro que representa el papel protagónico en la producción de Broadway, a pesar de que es el actor número 14 que lo realiza. Su tono sonoro de barítono ha estado entre las voces más impactantes de Broadway en muchos años, hasta ahora. En su gran solo de "La música de la noche", el fraseo dúctil de Lewis y su fuerza se combinan para brindar un hermoso efecto.
El Fantasma no es realmente el papel más gratificante para un hombre destacado. Pasa su tiempo en el escenario con su cara cubierta o con una espantosa cicatriz que distrae de cualquier sentimiento auténtico que un actor puede manejar para exprimir la línea histriónica del papel. También está mucho fuera de escena, corriendo por los techos, creando problemas cuando siente que su adorada, la soprano Christine Daaé Boggess, no es tratada con la debida deferencia, o cuando no le llega a tiempo su pago mensual de 10.000 francos. (Los fantasmas de las óperas del siglo XIX deben de haber tenido un buen sindicato.)
Sin embargo, Lewis hace un refinado trabajo con su papel. Su fantasma se impone con su voluntad, mientras que su voz brillante llega resonando desde los cielos emocionando con su amor enérgico, aunque no correspondido por Christine. El momento de angustia cuando ella lo rechaza instintivamente por el disgusto que le causa su desfiguración da una nota de agudo patetismo.
La clara y brillante voz de Boggess se adecua a los desafíos de la música con facilidad, volando a través de los pasajes de seudocoloratura de la música de Lloyd Webber que parodia a la ópera. Quizá podría mejorar su desmayo, pero esto es sólo una nimiedad en lo que es una actuación ardiente y con estilo dentro de una parte incolora de la obra. Como Raúl, el buen mozo y aristocrático rival del Fantasma, Jeremy Hays se ve y actúa bien, bien plantado y aristocrático, despliega talentos vocales en el gran dueto amoroso, "Todo lo que te pido".
Entre otros muchos detalles placenteros que he olvidado: lo genuinamente graciosas que pueden ser algunas de las puestas de escena de Prince y la música de Webber.
La parodia de la gran ópera francesa en el primer acto con Michele McConnell como la engreída diva italiana y Christian Sebek como el tenor que es su perrito faldero (con el cómico nombre de Ubaldo Piangi) juega ingeniosamente con las estresantes convenciones de las obras de Halévy-Meyerbeer. Y como la Sra. Danvers, Madame Giry, la rígida directora del ballet que parece estar en comunicación con el Fantasma, Cristin J. Hubbard, acecha el escenario autoritariamente, golpeando el piso con su bastón como si el escenario fuera césped que necesita ser aireado (a pesar de que me temo que, desde entonces, dejó la producción).
La producción física se ha mantenido en el mejor nivel. Todo el dorado en la instalación de María Bjornson se ve frescamente pulido. No pude observar una sola luz apagada de los candelabros que tan pintorescamente iluminan el camino a través del lago donde el Fantasma lleva a Christine en un siniestro raid en una romántica góndola. (La mitad de los 10.000 francos al mes deben de haber sido gastados en velas.) Los kilómetros de cortinas festoneadas y con borlas que adornan la escena son como el departamento de Joan Rivers allá arriba. No muestran evidencias de agujeros hechos por las polillas. Las extravagantes vestimentas brillan como si se las examinara para que no les falte ninguna lentejuela luego de cada actuación.
Puede ser un gran musical o no, depende del gusto de cada uno o incluso puede ser sólo bueno, pero El Fantasma de la Ópera de Broadway, seguramente, sigue siendo ahora y quizá será por siempre un show grandioso, profusamente engalanado, que arranca en el siglo XXI mostrando pocos signos de decadencia.
Charles Isherwood The New York Times,
Traducción María Elena Rey






