
El genio noruego que revolucionó el teatro
Fue a la vez filósofo, psicólogo y poeta
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Con veintiséis obras escritas en medio siglo de intensa concentración, Henrik Ibsen (1828-1906) provocó, no sólo en la estructura dramática sino en la significación y el destino del hombre, una revolución de tal relevancia que, a la luz de estos tiempos, puede afirmarse que renovó el teatro occidental.
Es decir que hay un antes y un después de Ibsen.
El antes es el ya exhausto romanticismo, presente en sus obras históricas, con una envoltura casi sin sustancia y un formato correcto: mecanismo de intrigas hábilmente tramadas que el noruego utilizó en su beneficio.
El después es el ibsenismo y su formidable influencia en la dramaturgia de Europa y de América hasta las primeras décadas del presente siglo. No hubo autor -de Strindberg a Shaw, de Hauptmann a Galdós, de O´Neill a Florencio Sánchez- que no sintiera ese ímpetu germinal en la obra de un vikingo pequeño y barbudo, de carácter más bien destemplado y de ánimo incurablemente melancólico.
"Fui más poeta y menos filósofo social de lo que la gente generalmente parece dispuesta a creer", declaró Ibsen en 1898, un año antes de la aparición de su último drama. La advertencia, un tanto dolorida, encierra una reivindicación y un reproche. De esta manera, el poeta reivindica sus derechos y deplora el predominio de factores sociales e ideológicos que pueden quebrar la armonía del drama. En todo caso, a Ibsen se lo puede considerar el filósofo social que dio la imagen común de un dramaturgo, fortalecida por el imperio del realismo y del naturalismo de fines del siglo XIX.
Rebelde por naturaleza
Del análisis de sus obras surge una clara delineación temática: la oposición entre la aptitud y el deseo, entre la voluntad y la posibilidad, entre la tragicomedia del individuo y la humanidad; oposiciones, por otra parte, que no se resuelven en su última pieza, "Cuando despertamos los muertos".
También se presentó Ibsen como un simbolista, más de acuerdo con la imagen del poeta. Pero "Casa de muñecas", "Espectros", "Un enemigo del pueblo", "Hedda Gabler" y alguna otra se revelan como espléndidas expresiones del genio ibseniano, refuerzan las distinciones del Ibsen psicólogo, del Ibsen feminista o del Ibsen socialista.
Las heroínas de sus dramas -Nora de "Casa de muñecas", Rebeca de "La casa de Rosmer", la protagonista de "Hedda Gabler- representaron la problemática feminista, no siempre aceptada de buen grado ni asumida por el propio Ibsen. Pero esta actitud de rechazo de la sociedad por sus declaraciones no afectaría la ideología del autor.
Ibsen es un rebelde. Pero su rebelión es tan individualista que trasciende el ámbito político. A pesar de tomar partido por los derechos de la mujer, el divorcio, la eutanasia o el tratamiento de la sífilis, siempre se mantuvo indiferente con respecto al progreso social o a las reformas políticas.
"Es ventajoso tener derechos políticos y sociales para el ciudadano, no para el individuo", expresaba. La distinción llegó a molestar bastante. Para él, el ciudadano es el hombre domesticado, el miembro de las instituciones, el que identifica sus necesidades con las de la comunidad según las determinaciones de la mayoría. Y todo este complejo y por momentos contradictorio pensamiento está presente en personajes como Torvald Helmer ("Casa de muñecas").
En la mente de Ibsen, individuo y ciudadano son como esclavo y amo, tan fundamentalmente opuestos que la victoria de uno implica indefectiblemente la derrota del otro, de modo tal que los derechos del ciudadano se ganan siempre a costa de la libertad del individuo.
El material dramático básico de Ibsen es la expresión de la rebelión, callada, disfrazada o reprimida, pero siempre presente en su obra. En su forma más pura, la rebelión de Ibsen es mesiánica, expresada en obras como "Brand", "Peer Gynt" y "Emperador y Galileo", por ejemplo.
A veces se puede adjudicar a Ibsen una actitud sumamente ambigua hacia sus héroes rebeldes, pero no hay dudas respecto de su posición personal en tal sentido: "La autorrealización constituye el valor más elevado, y si esto crea conflictos al bienestar público, entonces el bienestar público se puede ir al diablo".
En esta frase se resume la posición de Henrik Ibsen frente a la sociedad y frente a sus criaturas literarias.
En cine y en teatro
1917: EE.UU., película muda, dirigida por Joseph De Grase. Dorothy Phillips y William Stowel.
1918: EE.UU., película muda, dirigida por Maurice Tourneur. Elsie Ferguson y H. Herbert.
1922: EE.UU. película muda, dirigida por Charles Bryant. Alla Nazimova y Alan Hale.
1943: argentina, dirigida por Ernesto Arancibia y adaptada por Alejandro Casona. Delia Garcés y Jorge Rigaud.
1973: Gran Bretaña, dirigida por Patrick Garland. Claire Bloom y Anthony Hopkins.
1973: EE.UU., de Joseph Losey. Jane Fonda y David Warner.
1992: telefilm, dirigido por David Thacker. Julie Stevenson y Trevor Eve.
1899: estreno en teatro en Buenos Aires, por la compañía Clara Della Guardia.
1973: en el Sha, dirigida por Sergio Renán y adaptada por Griselda Gambaro. Cipe Lincovsky, Héctor Alterio y Walter Vidarte. Vestuario, Claudio Segovia.





