El grand guignol que no pudo ser

Alberto Catena
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23 de marzo de 2015  

Los Lugones / Autor: Cristian Palacios / Dirección: Guillermo Heras / Intérpretes: Fernando Santiago, Fabio Prado, Mariana Ortiz Losada, Cristian Palacios y Gastón Santos / Dirección artística: Natalia Alayón Bustamante / Dirección técnica: Lucas Pertini / Producción general: Compañía Nacional de Fósforos / Teatro: Payró, San Martín 766 / Funciones: viernes, a las 21 / Duración: 60 minutos / Nuestra Opinión: regular.

Hay señales en un espectáculo que, desde el comienzo, hablan con claridad de una elección estética. En Los Lugones, al arrancar la obra, se ve un telón de fondo en el que están dibujadas varias figuras con sus cabezas en blanco y una leyenda que dice: grand guignol. Es difícil no entender entonces que se llevará al espectador por un itinerario que, al menos en algún aspecto, tendrá relación con esa corriente teatral creada en París en 1897, por el autor y director Oscar Méténier, y que funcionó en una iglesia gótica del barrio de Pigalle hasta 1962.

Siguiendo las huellas del naturalismo, el grand guignol pretendía generar sobre el público vivencias de escalofriante terror mediante el desarrollo continuo de escenas de naturaleza macabra. Se trataba, como decía Méténier, de "sacudir los corazones" de los espectadores. En su sustancia más profunda, ese ideario artístico compartía la idea, en armonía con la sociología y la biología de su época, de que el hombre era un verdadero títere de los designios maléficos de la historia, una marioneta de su dinámica criminal.

Aplicado ese enfoque al caso argentino, la familia Lugones podría funcionar como un paradigma de ese destino trágico y de horror de nuestro pasado político, una metáfora fantasmal de todas nuestras pesadillas, que incluyen tanto desencuentros como violencias. Cuesta poco coincidir con este pensamiento del autor, sobre todo si uno se detiene en episodios puntuales de la existencia de los Lugones. Pero Cristian Palacios desea traspasar el perímetro de los hechos más conocidos de los integrantes de la familia y se proyecta hacia una historia más abarcativa. Y entonces comienza un largo carrusel de secuencias de nuestro pretérito político que van desde la guerra del Paraguay hasta el presente.

Y en ese esfuerzo fracasa, porque la narración se vuelve tediosa y por momentos arbitraria. ¿Por qué la guerra del Paraguay, más allá de su significado político? ¿Por aquel soldado Baldomero Lugones, posible pariente del poeta y escritor argentino, que participó en ella? ¿Por qué Vicky Walsh en el relato, más allá de que su fin tenga parecido con el de Piri Lugones? La multiplicidad de personajes coloca a los actores frente a desafíos que, en la mayor parte de los casos, exceden sus posibilidades interpretativas. Y ante un texto que es puro relato y es complicado convertirlo en materia viva teatral.

Guillermo Heras, del que hemos visto estupendas puestas, no apeló acá al grand guignol en su versión extrema. No usó sangre ni mutilaciones. Sólo se acercó en algunos maquillajes a ciertas apariencias de ese teatro. Confió en que el relato y las interpretaciones lograrían "sacudir los corazones". Pero eso no ocurrió. Tal vez sea, además, por algo que adelantó Charles Nonon antes de cerrar la sala de Pigalle por la baja de espectadores: "No podíamos competir con los horrores de los campos de Buchenwald". Acá tampoco la versión pudo hacerlo.

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