
El imaginario de Carlos Guastavino
Muy pocas personas saben que el creador de "Se equivocó la paloma", la canción que, sobre versos de Rafael Alberti, popularizó Serrat y cantan los coros del mundo entero, es el santafecino Carlos Guastavino, eminente creador de música argentina clásica y popular.
Guastavino cumplió 87 años el 5 de este mes en su retiro de Santo Tomé, en Santa Fe, su provincia natal. Silenciosamente. Como le gustó vivir.
Su lenguaje sonoro es paradigma de ese fantástico folklore imaginario del que hablaba Bela Bartok, donde confluyen en magistral simbiosis (no lograda por ningún otro compositor argentino) los rasgos profundos de nuestra memoria cultural -giros, acentuaciones, esencias telúricas- engarzados en un refinado, exquisito, insuperable tratamiento de música erudita.
Amén de los galardones institucionales recibidos aquí, existen reconocimientos todavía más trascendentes y tangibles: la edición de partituras y el registro de obras populares tan memorables como esa conmovedora miniatura de música universal: La rosa y el sauce , sobre versos de Francisco Silva, poeta que lo acercó a la música popular con la antológica Pueblito, mi pueblo; aquella zamba, La tempranera , con poesía de León Benarós, que cantaron Los Quilla Huasi y Los Indianos; el inaugural, inolvidable, Arroyito serrano , que se cantaba en las escuelas; la Canción de cuna del Chacho , que grabó Jorge Cafrune (y él firmó, pudoroso, como Carlos Vincent) y la canción pampeana El sampedrino , otra de entre las 60 que escribió sobre versos de León Benarós. Y entre las instrumentales, la bellísima Jeromita Linares , que grabaron Roberto Lara con cuarteto, y Eduardo Falú con la Camerata Bariloche.
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Guastavino se sumió en un forzoso ostracismo hacia fines de los 80. Y fue el director de coro Carlos Vilo quien lo arrancó de su habitual encierro de anacoreta, al retomar con su coro el entrañable cancionero. Tal actitud encendió de nuevo la fantasía del maestro. Entre 1987 y 1992 escribe o transcribe 29 obras suyas. En l996 compone y reescribe dieciséis temas para piano y voz en menos de un mes. Y enriquece el escaso repertorio de música para coro masculino, que nutrieron Williams, Aguirre, López Buchardo...
Sus poetas preferidos dan testimonio de sus empatías estéticas y artísticas: el español Rafael Alberti, sobre cuyos versos escribió un ciclo de "Siete canciones"; Borges, con quien nos dejó la "Milonga de los dos hermanos"; Atahualpa Yupanqui, para pergeñar "Adiós, quebrachito blanco", "En la mañana rubia" y "El forastero"; José Pedroni, para el ciclo "Los ríos de la mano"; Hamlet Lima Quintana, para desgranar los nueve números del bellísimo ciclo "La edad del asombro"; Quevedo, para cuatro sonetos; Gabriela Mistral, Guiche Aizenberg, Alma García, Arturo Vázquez (varios de ellos reunidos en las 12 Canciones populares y, sobre todo, León Benarós, junto a quien trabajó en los ciclos "Pájaros" (argentinos), "Flores argentinas", "15 Canciones escolares", "Canciones del alba"...
Si en el cancionero de este "Schumann argentino" se descubre el paisaje del país, también sus obras orquestales, corales o de cámara reflejan -a veces subrepticiamente- el espíritu de la tierra. Todo forma parte de su credo: inventar un arte argentino de trascendencia universal.






