
El jíbaro de las pampas
Oscar Silvestre León reduce cabezas de animales con un método secreto
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Curiosa coincidencia: su apellido es León, vive en la ciudad bonaerense de Lobos y los animales son la materia prima de su trabajo. A modo de presentación, extiende una tarjeta personal en la que se lee Oscar Silvestre León, y más abajo, El Jíbaro de las Pampas, que es como lo llamó en una nota el periodista Enrique Sdrech. Le gustó la denominación y la adoptó agregando, por último, el rótulo con el que identifica su oficio: reductor. Porque eso es lo que hace: reduce cabezas de animales, aunque también momifica cuerpos enteros, dejándolos como estaban en vida.
Sin embargo, pone buena distancia con jíbaros, taxidermistas y momificadores, incluidos los del Antiguo Egipto. En todos esos casos, comenta, se extraía o se extrae material interno. "Descartaban el interior de la cabeza, los órganos, las vísceras y hasta los huesos. Se hace así todavía, por ejemplo, entre los taxidermistas, pero yo dejo todo intacto. Soy la única persona en el mundo que puede hacer esto", dice, mientras ejemplifica sus palabras sosteniendo en una mano la cabeza de un perro de mediano porte y, en la otra, un huevo de gallina. Resulta notoria la escasa diferencia de tamaño.
Semejante maestría y el nivel superlativo con el León se califica parecen justificados por las múltiples entrevistas gráficas, radiales y televisivas que le hicieron en Estados Unidos, Europa, Africa y Asia. O por la evaluación de estudiosos del tema que recibe, extranjeros o locales, cuya atención, obviamente, se centra en algunos ejemplares de los muchos que León redujo hasta en un 90% de su tamaño original. Los momificados, en su mayoría, ahora son propiedad de vecinos o compradores de otros lugares que quisieron perpetuar la presencia de sus mascotas.
Pero, sin excepción, quienes llegan a su casa movidos por un propósito más profesional deben conformarse con observar y hacer una pocas preguntas. Porque la consulta tiene un punto infranqueable: la metodología para realizar este quehacer que roza lo prodigioso. "Conservo el secreto, porque lo mío no es ciencia, sino arte. Con el tiempo, y puesto que no completé la escuela primaria -soy un autodidacta-, se convirtió en mi modus vivendi. Pudo serlo gracias a no haber hecho pública la técnica. La proliferación de reductores generaría una competencia que nunca tuve. Pero si con eso pudiese curar cualquier enfermedad, por supuesto que lo difundiría."
La despedida
Respecto de momificar cuerpos, evoca el caso famoso de Eva Perón. "Fue un mamarracho -no duda en afirmar-. La disecaron y la llenaron de parafina, lo que le dio la textura de algo rellenado. Yo hubiera logrado un resultado muy distinto. Parecería viva, como ocurre con las únicas momificaciones verdaderas que se conocen, las de cadáveres congelados, conservados intactos a través de los siglos, no por ninguna técnica, sino por un factor climático: el frío."
Pone especial acento en cómo se provee de animales. "Se dijeron muchos disparates -comenta-, como que yo los sacrificaba y cosas así. Me los traen sus dueños o amigos que los recogen en los caminos, muertos. O los que encuentro yo mismo, en mis recorridos. Jamás mataría un animal, por ningún motivo. Es más: denuncié muchas veces a cazadores furtivos."
-No se casó ni tuvo hijos ¿Por qué puso tanto de su vida en esto?
-Me lo he preguntado muchas veces. Creo que me impresionaron los bonsáis cuando era chico. No se aprecia mucho la belleza de la cosas pequeñas. Mi primer intento fue a los 14 años, con un tero que se había muerto en casa. Quise embalsamarlo y salió mal. Necesité tres años para perfeccionarlo. Pero todo tiene un fin. Ahora tengo 64 y estoy cansado. Mi despedida formal será una exposición, este viernes, en la disco Niceto, de Palermo. Habrá una docena de ejemplares, entre ellos, antílopes, gatos, caballos, liebres, zorros y vizcachas. Y estaré presente para contestar las preguntas que me hagan. Menos una.






