
El libro que abre corazones
Desde Río de Janeiro, La Nación anticipa "Livro vivo", el show que, desde el 12 del mes próximo, el gran artista brasileño presentará en Buenos Aires
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RIO DE JANEIRO.- Primero fue un libro, "Verdade tropical", con el que se aventuró en la evocación de los años del revuelo tropicalista. Después, un disco, al que bautizó "Livro" y que mantiene una secreta correspondencia con aquellas páginas. Ahora el libro ha cobrado vida y se ha vuelto música. Caetano Veloso decidió echar a volar sus páginas sonoras desde el escenario del Canecão y compartir con sus lectores-oyentes cariocas -como lo hará pronto con los porteños- memorias y ocurrencias, reflexiones y sentimientos hechos música. Y no hay quien pueda resistirse a la emoción.
Porque es pura emoción la que se filtra en la voz de Caetano entre el retumbe contagioso de la percusión callejera de Bahía y la refinada precisión del cool jazz. Y está hecha de un lenguaje que todos aquí -y seguramente muchos en Buenos Aires- fuimos aprendiendo juntos.
Pero no hay ánimo melancólico en el show. Aunque no falten los homenajes ni las evocaciones, sobra vitalidad. Este juvenil señor maduro de inalterable delgadez y aspecto juicioso, tan engominado y tan formal en su traje gris oscuro, nos tiene acostumbrados a los contrastes. Puede que en cualquier momento saque parsimoniosamente del bolsillo los anteojos doctorales para sentarse a leer un trecho de su libro; que en el momento siguiente abandone la silla y la quietud y salga a recorrer el escenario a saltitos o dando elegantes pasos de samba, y que un segundo más tarde se abrace a la guitarra para cantar con infinita emotividad la bellísima canción que Chico Buarque le dedicó a aquella Carolina que no supo ver el tiempo pasar.
Espíritu tropicalista
"Livro vivo" se llama el show. La vida es así, cambiante y abarcadora. A Caetano le gusta esa variedad, sabe sacar de ella el mayor provecho sin desdeñar nada de lo que la realidad le acerca. Y ahora mismo, si en las calles de Salvador resuenan los timbales carnavalescos de la axé music, él la atiende, la incorpora y la transfigura sin preocuparse de que algunos oídos prejuiciosos la condenen por vulgar o por comercial. Juzga -siempre lo ha hecho- que en la música de Brasil hay espacio para Tom Jobim y para Roberto Carlos, para Peninha y para Edú Lobo. Y no le preocupa ser chic, quizá porque está muy seguro de su refinamiento.
Tropicalista al fin, mantiene los oídos bien abiertos. Ahora se le ocurrió que la timbalada bahiana podía entrar en dinámica confrontación con una sección jazzística. Y ahí están: de un lado los metales -saxo, trompeta, trombón-; del otro, los cuatro expertos de la percusión bahiana y la batería; más cerca, el bajo y la guitarra eléctrica. Y en el centro, el alquimista que sabe extraer tanta belleza de la mezcolanza de sonoridades como de su aterciopelado violonchelo: Jaques Morelenbaum.
Todos estarán desde el 12 de junio en el Gran Rex con este show que antes fue aplaudido en San Pablo. La prensa carioca acaba de calificarlo como electrizante después de que un Canecão superpoblado se encendió hasta el delirio y se puso de pie para ovacionar a Caetano tras dos horas de show y para cantar a voz en cuello con él el seductor estribillo de "A luz de Tieta" o la letra entera del inagotable "Sampa".
La marca del libro
Vale la pena detenerse en algunas páginas de este libro escénico.
Escribir "Verdade tropical", que resume vivencias, opiniones y reflexiones propias, fue una experiencia que sin duda dejó una marca profunda en el espíritu de Caetano.
Todavía sorprendido por la recepción que tuvo su trabajo -ni breve ni sencillo de leer-, se confiesa ahora más seguro escribiendo que haciendo música. Una convicción que ha expresado muchas veces desde que las circunstancias -felizmente- lo empujaron a consagrarse a la canción antes que a otros modos de expresión que estaban entonces en su mira. El ejercicio al que lo obligó la elaboración del libro se refleja en el trabajo musical que lo siguió -el CD- y más todavía en este viaje musical que emprende en la escena con el sello bahiano-jazzístico que ya se ha anotado. El carácter referencial es más que visible.
La apertura es con "Minha voz, minha vida", que Caetano escribió hace años para Gal Costa y que gana nuevas resonancias sobre el retumbar marchoso de los parches. Y después de "Livro", que probablemente es la que mejor refleja el estado actual del artista bahiano, empieza la sucesión de homenajes: Jorge Benjor, Tim Maia, Peninha, Miles Davis (a través de "Prenda minha", un tema folklórico de Rio Grande do Sul que grabó el célebre trompetista).
Cuando llega la hora de cantar a Gilberto Gil, elige una bossanovesca pieza juvenil casi desconocida -"Bem devagar"- y una obra maestra -"Drão"-. Pero antes toma el libro y lee unas líneas evocativas de la adolescencia, cuando Dona Canô Veloso, a sabiendas de que su hijo estaba entusiasmado con ese músico negro de cejas dibujadas que había descubierto hacía poco, le avisaba cada vez que éste aparecía en la TV: "Sentía alegría porque Gil existía -lee Caetano-, porque era negro, porque era él y porque mi madre saludaba todo eso de una forma tan directa y tan trascendente".
Lo nuevo
Caetano no hace un show de presentación del CD, aunque alterna el recorrido por el desarrollo de su música y de la música brasileña en general con algunas referencias a "Livro".
"Manhatã" -así, mañatán, a la portuguesa- es una. Le sirve para saludar a Lulú Santos (a quien oyó nombrar por primera vez de ese modo la isla donde se levanta Nueva York) y a la memoria del recordado Cazuza, que según supo después por el propio Lulú, era quien había descubierto la resonancia tupí en el nombre de Manhattan y hasta había escrito una canción del mismo título que la de Caetano.
Otra referencia, celebradísima, es "Você é minha", un eco, o mejor una canción que se mira en el espejo de la admirable "Você é linda".
Otra más, "Na baixa do sapateiro", el clásico de Ary Barroso que reluce en el deslumbrante arreglo jazzy de Jaques Morelenbaum. Y, claro, "Não enche", ese rosario de invectivas con el que un varón cansado despide a su fastidiosa compañera y que se ha convertido en el gran hit de esta nueva cosecha.
Hay más títulos en la travesía. Algunos son desafíos que muestran, otra vez, que Caetano es siempre capaz de dar un paso más largo que los demás para ponerse en la vanguardia. Tal es el caso de la extraña "Doideca", a la que precede un texto tomado del libro y en el que se pregunta dónde y cómo se formará un oído colectivo familiarizado con la música de los post-serialistas y los posdodecafónicos y qué mundo será ese en el que una música así suene como música a los oídos de todos.
Y están los títulos que coinciden con momentos descollantes del show, como "Terra" ese bellísimo himno que nadie deja de cantar y que en el arreglo de Morelenbaum parece reproducir musicalmente la cadencia del planeta al desplazarse por el espacio. Como "Demasiadas palabras", que inyecta energía rockera en la platea y en el escenario. O como "Pra ninguem", una suerte de credo musical en la que Caetano arma su propio seleccionado de grabaciones favoritas: Bethânia cantando "A primeira manhã", Chico cantando "Exaltção a Mangueira", Gal cantando "Candeias" y Elis, "Como nossos pais", entre muchos otros nombres elegidos para concluir que "mejor que eso, sólo el silencio, y mejor que el silencio, sólo João".
Es el enésimo tributo a su ídolo máximo, João Gilberto, que también es aludido en "Saudosismo", otra vieja canción de los tiempos del auge tropicalista.
Con toda la voz
En un show de Caetano, ya se sabe, no hay sólo canciones. Están su presencia escénica, sus breves charlas con el público, su voluntad manifiesta de compartir alegrías, pensamientos y emociones con el que ocupa la platea en un diálogo hecho de palabras, de música y de gestos.
Ese clima de amistosa familiaridad autoriza a todo el mundo a cantar o a batir palmas sin que nadie tenga que dirigir el movimiento desde arriba.
Y cuando Caetano hace el gesto de adiós con la mano mientras da giros de estilizado sambista por todo el escenario, hace rato que casi todos se han puesto de pie y aplauden y cantan. Sin dejar de bailar aunque lo que suene en el final ya no sea el ritmo picante y contagioso de "Tieta" sino la melodía en la que un joven Caetano Veloso, bahiano recién desembarcado en la metrópolis sureña, supo celebrar sus bellezas encubiertas y estamparle su marca registrada: "Sampa".



