El modo enfático de Teresa Parodi
"El canto que no cesa", recitales de la cantautora Teresa Parodi. En La Trastienda. Nuestra opinión: bueno
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Con su corte de pelo a la garçon, de largo y sobrio vestido negro, más espléndida y hermosa que nunca con sus bellísimos ojos claros y su sonrisa de niña está Teresa Parodi ya sentadita en su taburete y cantando "La negra Eulogia", un chamamé envuelto en rítmica negritud.
En esta primera incursión por el canto, Teresa desliza algún esporádico matiz, pero su voz profunda y de cálido vibrato ya está lanzando las primeras vocales abiertas y poderosas, tan afines a su estilo.
Es ya mismo, a partir de la segunda canción, "Señales de vida" -un tema testimonial-, que Teresa Parodi abre su garganta para asumir con verdadera fruición un canto enfático de vociferaciones, un canto alborotado de estrépito.
En adelante no habrá casi tregua. Puede tratarse del tema que compuso sobre versos de Francisco Madariaga ("El bayo ruano"), puede ser su otro chamamé, "Esa musiquita". No importa. El canto de Teresa es un desafío que se instala al borde del grito; es un clamor urgente de su garganta; un gozo arrebatado que se parece al tumulto; una desmesura del corazón.
Llega, por cierto, el instante en el que el ser humano necesita de un poco de silencio, de reposo, de reconditez. Uno cree encontrarlo en la canción dedicada a sus hijos: "Recuérdenme", o tal vez en "Tejedoras del recuerdo", o en "La vieja casa". En alguno de ellos, Teresa parece aplacar sus ímpetus y arrebatos canoros; sus exaltaciones y su canto hiperbólico.
Sin duda son los mejores momentos. Los más eufónicos. Son los tramos en que la emoción no queda atrapada en sí misma, arriba del escenario, sino que baja y se va depositando en las almas de quienes la escuchan. Es precisamente cuando Teresa domeña los estampidos de sus cuerdas vocales, sus excesos expresivos por vía de la pura potencia, que su voz se vuelve más eufónica y pastosa; cuando sus apasionamientos, que a veces rozan el paroxismo, se encuentran más cercanos y profundos.
Es curioso. Al verla cantar así, impetuosa y desmesurada, Teresa no recurre a gestos imperiosos de su rostro, no frunce el seño, no practica mímicas desmedidas ni muecas furibundas, sino que sonríe y parece que se siente feliz.
Viéndola, no transmite histeria. Y su gozo, que es como la exaltación de la alegría, es recibido con ovaciones por la numerosa platea que es testigo de esta grabación en vivo.
El trío de acordeón, guitarra y batería, sigue al pie de la letra los pasos frontales del canto de la Mesopotamia. Y parece airearse con otros ritmos, como el aire de guajira de "Ahí viene alumbrando el farolero", de su hijo Camilo; como la cueca "Glosa del zafrero", con versos del gran poeta Jorge Calvetti.
Teresa Parodi ha dado un nuevo paso creativo en canciones del entorno familiar y en otros testimonios de la realidad acuciante. Los textos sencillos, donde no asoman las metáforas, van de la mano de un melodismo sincero. En un día de desconcierto nacional, cobra singular elocuencia el tema "San Cayetano", con letra de ella y música de Carabajal. La canción es un cuasi recitativo donde los lugares comunes de la música le vienen bien al mensaje. En este contexto, en lugar de un canto de devoción, por el contexto y por la voz de la cantante resuena como un canto de guerra.
El canto de Teresa Parodi va en camino de aquietarse, no en aguas anodinas, sino en ese medio tono que su espléndida voz podría transformar en magia. Allí su palabra encendida podrá llegar a ser revelación de belleza y armonía. Teresa tiene todos los recursos para lograrlo; sobre todo la inteligencia, la inspiración, la garganta y la auténtica emoción.






