Dice un proverbio chino: “Sabio es quien ve el fruto en las semillas”. Digo yo: no he sido sabio. La primera vez que escuché a El Otro Yo no supe ver –oír–
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Gustavo Santaolalla, a casi todos los periodistas de rock... En aquel momento, allá por 1993, un amigo casi adolescente me hizo escuchar un casete mal grabado que contenía canciones como "La tetona" y "Sexo en el elevador". No hubo caso. El grupo favorito de mi amigo teen se parecía demasiado a los Pixies, a Nirvana y a Sonic Youth, y sus temas me sonaron entonces a excesos de testosterona y adrenalina juvenil.
Aquellos chicos que gritaban su punk-metal-grunge urgente y sexual crecieron y evolucionaron en una dirección que era difícil de prever. Sus viejas canciones no perdieron un ápice de la energía de entonces, pero hoy suenan definitivamente mejor. Y su última producción en estudios (Abrecaminos, 1999) reveló como nunca antes la solidez compositiva del cuarteto; la incorporación de samples y sintetizadores significó para El Otro Yo la llave hacia un mundo sonoro de posibilidades infinitas.
El Otro Yo está a punto de explotar.
Pruebas. Tras batallar durante casi una década con sus producciones independientes, sus integrantes acaban de acordar con Gustavo Santaolalla –a esta altura, algo así como el Rey Midas del rock latino– la publicación de Abrecaminos en México y en los Estados Unidos, a principios del 2001, por el sello Surco.
Sin embargo, mientras el grupo se dispone a conquistar el Norte, sus fans argentinos tendrán con qué entretenerse: la agrupación edita este mes su primer álbum en vivo a través de su propio sello, Besótico Records. Se llama Contagiándose de la energía del otro. De este modo, y si los cálculos no fallan, para cuando El Otro Yo tenga listo su nuevo disco de estudio, el lanzamiento podrá ser regional y, por qué no, internacional.
Es viernes 19 de mayo. en el inhóspito camarín de Cemento, los músicos se dan ánimo, saltan abrazados, hacen una ronda. Pablo Márquez, el sonidista, ya dejó todos los canales de la consola de grabación al mismo nivel (será en la mezcla cuando se corrijan las diferencias y unos pocos detalles). Perdido entre el público, Diego Vainer camina, grabadora de dat en mano. El talentoso músico que se esconde tras el alias de Fantasías Animadas (y acompaña al piano a Daniel Melero) fue quien se encargó de la producción artística de Abrecaminos. No le resulta fácil registrar sonidos del ambiente: el lugar está repleto y no se puede andar de aquí para allá. Este galpón llamado Cemento está lleno de adolescentes con pantalones anchos, buzos deportivos y mochilas negras que lucen nombres de bandas escritos con líquido corrector. Cuando suena la intro con una voz de marciano de película de los años 60, que pide "Que venga El Otro Yo", los chicos explotan. Los cuatro músicos salen a escena vestidos con mamelucos idénticos, el uniforme que utilizaron en cada una de las presentaciones de Abrecaminos. Cristian Aldana, el cantante y guitarrista, se para frente al micrófono y dice: "Buenas noches, bien venidos al disco". Durante poco más de una hora y media, una pequeña multitud no para de saltar delante de escenario. No es un pogo violento; hay respeto y buena onda. Cristian canta, toca la guitarra y luce sobre su cabeza un vistoso cono anaranjado, de esos que usan los obreros cuando –justamente– abren caminos. Se mueve como un poseso, se ríe, grita. Su hermana María Fernanda, sexy a pesar del mameluco, se balancea con delicadeza y gracia. Toca el bajo y, de cuando en cuando, arrulla con una voz que ya dejó atrás el timbre infantil de los primeros discos. Ray Fajardo parece querer convencer a todos de que con cada golpe puede destruir los parches de su batería. Ezequiel Araujo dispara samples, trabaja con los potenciómetros de un sintetizador, baila y sonríe todo el tiempo.
Sentado a un costado del escenario, muy cerca de los músicos, soy testigo privilegiado de uno de los shows de rock más excitantes que puede ofrecer hoy la cartelera porteña. El Otro Yo ha logrado un equilibrio entre urgencia, furia desbordante y melodías vibradoras. Un equilibrio único. Un equilibrio que prenuncia el estallido.
Los miembros de el otro yo transpiran barrio y suburbio. Sin embargo, su música no podría estar más lejos del rock barrial. Por momentos, la forma de hablar de los cuatro es tan sencilla que uno se pregunta si no se equivocó de banda. No usan frases grandilocuentes ni metáforas, no se mueven ampulosamente. ¿Son los mismos que componen esas canciones sobre el microcosmos, sobre el sexo, el amor, los celos, la vida? ¿Los que incendian cada escenario que pisan? ¿Los que se inspiraron en la "Carta del vidente", del poeta maldito francés Arthur Rimbaud, para bautizar a su grupo?
Son chicos muy celosos de su intimidad; en especial los Aldana. No les gusta nada hablar de eso. Hace unos meses, por ejemplo, María Fernanda se enojó con un periodista sólo porque el cronista había revelado el nombre del padre de su –por entonces futuro– hijo. (El padre no es otro que Ezequiel, tecladista de El Otro Yo. El bebé se llama Florián, pero todos le dicen Bambú.)
Otro ejemplo: quise hacer las entrevistas en casa de los músicos. Porfié con decisión y la respuesta siempre fue que sí, pero la próxima vez. Y no pude conocer más que el estudio de grabación, un caserón lleno de habitaciones sin sol en el que El Otro Yo está instalándose de a poco. Tercer ejemplo: después de mucho insistirle, Cristian finalmente accedió a hacerme escuchar el demo de una canción nueva. Fue arduo. Mientras ponía el cd, me miraba a los ojos: "No sé por qué estoy haciendo esto", dijo.
Antes de comenzar esta serie de entrevistas, María Fernanda me advirtió que odiaba las notas que indagaban a las personas más allá de su producción musical. Probablemente, odie lo que te voy a contar.
Christian apenas tiene recuerdos anteriores a la separación de sus padres. Sabe, sí, que en su casa había una guitarra criolla, porque papá Aldana se había ganado la vida como cantor de boleros y tangos en viejas cantinas. Con esa guitarra y un órgano que les regalaron años después, los hermanitos empezaron a hacer música juntos. El cantante también recuerda el día en que su madre anunció: "Nos vamos a visitar al tío Arturo".
La visita duró tres años.
–Mi tío era cura, así que nos quedamos a vivir en una iglesia en Villa Elisa. Yo iba al jardín de infantes de la parroquia, era una situación rara. Los boy scouts de la iglesia tenían una habitación llena de cosas y un día les afané todo. Pero los chabones se avivaron de que había sido yo y me dijeron: "Che, si sabés quién nos robó, decíle que lo devuelva". Me puse remal y devolví todo.
–El viejo truco de la culpa.
–Es difícil sacarse eso de encima. Igual, hace un montón que no rezo a la noche. Cuando era chico, rezaba por miedo a que me pasara algo. De todos modos, creo en Dios.
–¿En qué Dios?
–En Dios... No me hagas dudar (risas). Me gusta pensar que hay un Dios para no sentirme solo. Para mí hay un solo Dios para todos, le pongas el nombre que le pongas.
–¿Qué pasó cuando se fueron de la iglesia?
–Fuimos los tres a vivir a casa de mis abuelos, en el barrio de Belgrano. Al poco tiempo, me fui con mi viejo a Temperley, al barrio El Triángulo. Dos realidades bien diferentes. Encima, a María Fernanda sólo la veía los fines de semana, porque ella seguía con mi mamá. Mi viejo era taxista y no estaba en todo el día, pero, no sé bien por qué, se le ocurrió que yo tenía que ir a un colegio nocturno. Estaba bueno, porque tenía todo el día para hacer lo que quería, pero todos mis compañeros eran más grandes. En la nocturna había mucho reviente, alcohol y drogas a full. Había pibas que se cagaban a piñas, tipos que tomaban Rohypnol con vino y terminaban todos vomitados.
–¿En qué momento tus padres volvieron a vivir juntos?
–Cuando María Fernanda terminó la primaria. A mi hermana y a mí lo que nos unió fue la música, a partir de que ella vino a verme tocar con Los Apáticos, mi primer grupo de punk rock. Pero ya habíamos tocado juntos, en mi colegio, con una banda que se llamaba The Friends. Hacíamos covers de Sumo, Virus y Miguel Mateos.
Abro paréntesis. María Fernanda y Ezequiel debutaron como padres a principios de este año. Ray también tiene un heredero, Facundo. Cristian es, en consecuencia, el único Otro Yo que no tiene hijos. Dice María Fernanda que no es un detalle importante.
–Es que él es muy independiente. Bah, el resto de nosotros también, pero nos han tocado otros destinos. No fue que dijimos: "Bueno, me caso y tengo hijos". Pero se dio y está bueno. A Cristian no le pasó. Tal vez no le llegó su momento; no encontró la chica adecuada. Bah, en realidad, a veces parece que tuviera un harén (se ríe).
Más tarde, el cantante afirmará que no le gusta hablar de sus (numerosas) novias. Le molestan los tipos que "se hacen los machos" narrando sus conquistas sexuales. Pero a veces, dice, se siente un privilegiado. "Me pasan cosas muy fuertes, que no creo que le sucedan a cualquiera. Entonces me miro en el espejo y me digo: «Loco, esto es increíble (se ríe)». Igual, ahora me parece que encontré algo más permanente." Cierro paréntesis.
Hace algunas semanas, maría Fernanda tipió su currículum para presentarlo ante curadores de muestras de pintura. Es que, además de hacer música, la chica pinta y expone. Los personajes de sus cuadros se parecen mucho a ella: ojos grandes, miradas profundas y cuerpos diminutos; figuras de rostros plácidos, con una amenazadora hacha de cocina pegada al lienzo. En el currículum se lee que dio clases de música y plástica en escuelas primarias, que hace cine, que escribe, que estudió danzas árabes y violín. Su maestro fue Antonio Agri, violinista de Astor Piazzolla.
–Era el rey de los duendes. No sólo te enseñaba violín: te transmitía una ética de la vida y de la música. Nos hicimos muy amigos. En la última clase fue como si se despidiera; me abrazó y me dijo que me quería mucho. Falleció a los dos días [el 17 de octubre de 1998] y hasta hoy no lo puedo creer. Pude aprender a tocar melodías, si bien mi destino no es ser violinista.
–¿Y cuál es?
–No sé, estoy en una búsqueda. En mi interior siento que es la música. Cada cosa que hice me nutrió, pero sé que no se puede hacer todo bien. En este momento sólo me dedico al grupo.
–Tu libro-disco (editado también a través de Besótico) se titula "Entresueños". ¿Soñás mucho?
–Sí. A veces son pesadillas. Entre los primeros sueños que recuerdo está uno en que venía un hombre-gato y me llevaba a su planeta, donde muchos hombres y mujeres-gato hacían unos ritos que me daban mucho miedo. La única forma de matarlos era cortarlos por la mitad con un serrucho. ¡Era un laburo, matarlos! Pero había que hacerlo. Ese sueño se me repetía seguido.
–¿Alguna vez fuiste al psicoanalista?
–Sí (se ríe). Fue en un momento en que estaba casi en estado de shock. La terapia me ayudó mucho, aunque nunca creí en los psicólogos. En un año me dio el alta.
Rewind. El Otro Yo graba su disco en vivo en Cemento. En la puerta del local, dos chicos esperan que las puertas se abran. Son las 5 de la tarde, el viento gélido amenaza congelarlos y faltan apenas ocho horas para que el marcianito diga eso de "que venga El Otro Yo". María Fernanda llega con Florián en brazos, para probar sonido. Los pibes se acercan, le cuentan que vienen desde Brandsen para ver a la banda y le confiesan que ella es el amor imposible de los dos. ¿Un sex symbol rockero? Ella dice que el papel de vedette no le sienta y habría que darle la razón: es bajita y menuda. Sin embargo, arriba del escenario genera una atracción muy especial. Y ella lo sabe.
–Supongo que es por la sensualidad que transmite la música, más que por mi apariencia física. Lo comprobé cuando estaba de ocho meses y los chicos me gritaban: "Te amo".
i un trío como sucedió hasta 1998, ni un cuarteto como ahora: la primera encarnación de El Otro Yo fue un quinteto. En 1989, Cristian cantaba, María Fernanda tocaba teclados y la guitarra estaba a cargo de Lee-Chi, por entonces músico de Los Brujos y actual manager de El Otro Yo. Después llegaron Omar Kischinovsky y un bajista a quien llamaban Pajarito, que voló al poco tiempo. Fue entonces cuando Miss Aldana se hizo cargo de las cuatro cuerdas... de una maltrecha guitarra Faim que servía de bajo. Más tarde, Cristian, que trabajaba en una fábrica, aportó el dinero para el equipamiento mínimo. El trío se afianzó y en 1993 armó un demo con dos canciones: "Los pájaros" y "Sexo en el elevador". Con otras siete composiciones, registradas en dos grabadores caseros, completaron el casete Los hijos de Alien (publicado en cd en 1996). Esa edición, que Cristian repartía en las disquerías con su mochila a cuestas, fue la primera de Besótico Records. Un sello de vida efímera llamado Random la escuchó y les propuso hacer un disco de verdad, grabado en un buen estudio y con Guillermo Piccolini (ex Pachuco Cadáver y actual Venus) como productor. El resultado fue Traka Traka (1994), con algunas canciones nuevas y versiones con mejor audio de varios temas de Los hijos... Buenas críticas, más gente en los shows. Cuando todo parecía ir viento en popa, los Aldana debieron enfrentar un ciclón. Random quebró y al poco tiempo se quedaron sin baterista.
–¿Por qué se fue Omar?
Cristian Aldana: Nosotros siempre repartimos la plata en partes iguales. Pero cuando hubo que registrar las canciones en sadaic, lo hice a mi nombre, porque las había compuesto yo. Omar se enojó porque pensaba que los derechos de autor debían ser para todos.
Maria Fernanda Aldana: Fue difícil reemplazar a Omar. Gracias a Dios, enseguida encontramos a Ray.
Como Roberto Carlos, Ray Fajardo quiere tener un millón de amigos. O al menos eso parece. Tiene una sonrisa perenne y dice que desde chico hizo un culto de la amistad. En su más tierna infancia descubrió otra cosa: supo que sería baterista o no sería nada.
–A los 5 años me la pasaba tocando con baldes y tachos en el fondo de casa. Tenía tantos que parecía la versión trucha de la batería de Nico McBrian, el de Iron Maiden. A los 14 toqué por primera vez en una banda y, de ahí en más, viví en salas de ensayo y conciertos. Mi vieja, que es profesora de teatro, me respetaba. Una vez, con una banda de thrash que se llamaba Distorsión, hicimos una gira con Lethal. El micro en el que viajábamos pasó a buscarme por la puerta de casa y salían todos peludos con tetra-bricks en la mano. "Chau, mamá, está todo bien." Imagináte la cara de mi vieja.
Los padres de Ray, como los de los Aldana, estaban separados. Mamá lo alentaba, pero con papá la cosa no era tan fácil.
–Al principio no le gustó lo de la batería. Mi viejo falleció hace un par de años, pero antes tuvimos una charla buenísima en la que él se dio cuenta de que no habían servido de nada sus intentos por orientarme hacia otro lugar. Me confesó que admiraba el hecho de que yo siempre me había cagado en la opinión de todos y había seguido con lo que quería.
La charla se interrumpe. Facundo llora y su padre va en su auxilio. Cuando regresa, el baterista se ve casi obligado a dar explicaciones.
–En lo artístico, tener un hijo me abrió un montón de puertas. A la mañana nos despertamos, lo siento en el andador y prendo el equipo de música: pongo ac/dc y le en-can-ta. Mueve la cabecita como Beavis y Butt-head. Creo que con el bebé se me potenció toda la inmadurez que siempre tuve.
–Encontraste con quién jugar.
–Totalmente. Además, él es mi primer paso para realizar mi sueño, que es que mis hijos me mantengan. ¡El proyecto está en marcha!
Luck you." lo primero que grabó Ray con El Otro Yo fue el cover del tema de Sumo incluido en el disco tributo producido por la compañía bmg. En 1995, llegó Mundo. La banda quería hacer el disco pero no tenía plata para producirlo. Una fecha "mágica" en Cemento, con más público que el esperado, aportó el dinero necesario. El estudio era la sala de ensayo en casa de los Aldana y la cabina de grabación, el destrozado Dodge Polara de la familia; el mismo auto que la banda había usado como flete hasta que, cargado de equipos, el chasis dijo basta y se partió.
Mundo fue pura catarsis. La mezcla entre perversión e inocencia que siempre caracterizó a El Otro Yo había madurado, aunque todavía faltaba cierta cohesión: los climas iban del grito pelado al vuelo suspendido, sin escalas.
Ray Fajardo: Canciones como "ad90" [por Analfabeto de los 90] tienen que ver con lo que nos estaba pasando en ese momento: no sabíamos inglés ni computación, nos sentíamos apartados de todo. Queríamos hacer un disco, teníamos un montón de canciones y tuvimos que ir a pedir una portaestudio prestada para grabarlo. En esa época trabajaba de cadete y llegaba fusilado. Fue un disco de lucha, de salir adelante con lo que teníamos.
Gracias al éxito de Mundo, El Otro Yo se transformó en un emblema de la independencia discográfica.
Ray: La independencia no es una bandera política ni un valor agregado a lo artístico. No es una cuestión ideológica; preferimos hacer las cosas por nosotros mismos, pero fue por una marca del destino.
"La ideología de El Otro Yo", dice Ray. Ideología: "Conjunto de ideas que caracterizan a una doctrina, a una escuela o a un autor". En una entrevista anterior, María Fernanda decía que el conjunto de ideas que caracteriza al cuarteto pasa por "expresarse libremente". Una frase bonita, por cierto, pero que no dice demasiado. Hay que tener algo para expresar, ¿no?
Cristian: A veces vienen chicos que me dicen: "Eh, aguante El Otro Yo, vamos a fumar un porro, vamos a tomar una cerveza". Y les contesto que no fumo ni tomo alcohol, así que me invitan a tomar una gaseosa. Los pibes podrían decirme que soy un careta, pero me aceptan. Y si nos aceptan a nosotros tal como somos, pueden aceptar a todos los demás.
–A contramano de lo que sucede con muchos grupos surgidos en los años 90, El Otro Yo no compone canciones politizadas.
Maria Fernanda: La revolución pasa por dar una propuesta distinta. Si no, es todo "Uh, está todo mal, qué lo reparió".
Ray: Para algunos artistas es necesario descargarse con una letra política o de protesta. En cambio, siento que la música es un pasaje para viajar a un lugar en el que quiero que todo esté bien. Tenemos, sí, canciones sociales. Además, para ser coherente, si tu mensaje es revolucionario, tu música también debe serlo.
–Pero, ¿les interesa la política?
Cristian: Ultimamente estoy votando en blanco.
Ezequiel Araujo: No voté jamás, porque nunca aparecí en los padrones y no hice nada por aparecer.
Maria: Siempre voto en blanco, porque me gustaría que todo fuera distinto, aunque sé que mi pensamiento es medio utópico. Por eso insisto en que es revolucionario dar otra clase de propuestas.
Ray: A mí me parece que es bueno tener una conciencia política en la intimidad, pensar las cosas en el momento de votar. Pero de ahí a hacer un discurso con eso... No me gusta que una banda se parezca a un partido político ni a un diario. En la Argentina hay un montón de clisés: la remera del Che Guevara, la hoja de marihuana, la cerveza en la esquina. Está todo bien, pero no es difícil convencer desde esos símbolos. Más complicado es hacerlo desde la solidaridad. Para mí, hoy es revolucionario y punk ser solidario.
–En todas las entrevistas ustedes se manifiestan en contra de las drogas. ¿Alguna vez las probaron?
Cristian: Yo no, nunca.
Ezequiel: Yo sí probé.
Maria: Más allá de la experiencia, que es algo personal, la idea como banda es de no dar imagen de reviente ni un mal ejemplo.
–Precisamente, la pregunta apunta a la experiencia personal.
Maria: Tuve montones de experiencias, ¿querés que empiece a contar? (Se ríe) Mirá que no tenemos todo el día... No sé, con Entresueños se pueden deducir un montón de cosas. Igualmente, me parece bueno poder alcanzar los estados de vuelo sin estímulos externos. No queremos transmitir una postura de reviente, pero hay cosas legales que hacen tan mal como las drogas. Si no lo creés, mirá un poco la televisión y después me decís.
Ray: Yo hice algunos experimentos con drogas, porque quería saber de qué se trataba. Si el día de mañana mi hijo quiere fumarse un porro, quiero que lo fume conmigo. No quiero que se meta en la villa a comprarlo, sino que me cuente qué le pareció y si realmente encontró las respuestas a sus problemas existenciales (se ríe). Pero sé que las drogas tienen un montón de cosas negativas: hacen mal a la salud y te cambian para peor, porque cada vez tenés menos cerebro.
Entonces llegó el alfajor. o el álbum triple El Otro Yo de El Otro Yo, con arte tipo alfajores Jorgito y sendos cds con los trabajos solistas de cada miembro del trío. Todo empezó cuando, en 1997, María Fernanda le dijo a Cristian: "Mirá, tengo un montón de canciones mías que no dan para El Otro Yo. Me gustaría editar un casete". Fue la chispa para que el proyecto entrara en combustión. El disco de Cristian resultó el más parecido a El Otro Yo de aquel momento: era furioso, rápido y gritón. El de María Fernanda era pura suspensión. Y el de Ray, un hallazgo: el baterista fanático del punk y el metal se mandó un disco folk y power pop. Más tarde volvió a sorprender, cuando editó su libro de poemas: El mar alado.
Cristian: El disco triple hizo que dejáramos de lado los fantasmas de tener un montón de cosas que no se pueden meter en el grupo: como nos desahogamos, nos energizamos y pudimos seguir adelante.
Adelante fue Abrecaminos: Con mejores condiciones técnicas, con la ayuda de Vainer y con Ezequiel Araujo, el nuevo integrante que llegó a ocupar el puesto de tecladista después de haber militado como bajista en Avant Press. Cuando se habla del tecladista Araujo, no hay que pensar en Keith Emerson o Rick Wakeman. Entre todo su arsenal, Ezequiel apenas tiene dos octavas con teclas blancas y negras; el resto son botones y potenciómetros. Sus primeros contactos con la música fueron curiosos: cual un Giro Sintornillos adolescente, se la pasaba desarmando los electrodomésticos viejos que encontraba en el sótano de la casa de su abuela. Cierto día halló dos Winco, se fabricó un mezclador y comenzó a pasar música.
–Una vez me anoté en un torneo de djs; el premio era un viaje a Inglaterra. Llegué a la final, en la que debía competir contra dos grupos de djs. Unos días antes, me encontré por la calle con una chica amiga del organizador, y me dijo que fuera a la final porque seguro ganaría, ya que al tipo le salía más barato pagar un solo pasaje. Entonces me indigné y no fui. Me perdí el viaje, pero no quería ganar así.
En 1989, mientras los Aldana estaban creando El Otro Yo, el dj rebelde abandonaba el colegio [Cont. en pág. 108]





