
El Payró se viste de murga estudiantil
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Leo Dyzen, el juglar de "Chivos y Bichos" y "Cuentopos para la merienda", sintió la imperiosa necesidad de ampliar la identidad del narrador de sus puestas en escena y decidió ceder ese rol a una murga para la versión teatral de "Historia de un amor exagerado", basada en un cuento de Graciela Montes, que se estrena hoy para el público infantil en el teatro Payró.
"Di con la murga como una forma colectiva y rioplatense para narrar una historia en un momento escandaloso de la realidad argentina, en el que es muy necesario poder contarnos nosotros mismos una historia vital, no una historia de fracasos", afirma Dyzen con convicción que parece emerger del relato representado.
El texto de Graciela Montes, ambientado en el barrio de Florida como espacio en el que la vida cotidiana puede adquirir dimensiones épicas, narra los avatares del amor entre dos chicos de quinto grado, separados porque los padres de ella, inmigrantes coreanos, deciden mudarse para cultivar flores en Zelaya.
Los envíos de flores y las cartas de los enamorados se convierten en puentes apasionados para mantener vivo ese amor. Los vecinos comienzan a tomar partido en favor o en contra y la historia de la pequeña pareja se convierte en la de todos, en "algo tan exagerado que rompe los límites de lo real", según lo define la autora, que destaca su preferencia por relatar "cosas extraordinarias que suceden en los días menores, esos días de mondorondanga".
Para Dyzen, se trata de un juego "entre lo individual y lo social". Dos años de trabajo le insumió la elaboración del concepto de la puesta en escena, que compartió con Valentina Bari, ex asistente de Renata Schussheim y responsable también de la escenografía y el vestuario de "Historia de un amor exagerado". El tiempo necesario, afirma, para un proyecto en el que siente que se expresa algo que "vale la pena ser dicho hoy en día: seamos apasionados, no tengamos miedo de los arrebatos exagerados donde hacemos cosas extraordinarias".
La murga, dirigida musicalmente por Omar Giammarco -colaborador asiduo de Alberto Muñoz-, representa esa intervención de un sujeto colectivo en la historia, "con la profundidad de la fiesta", según define Dyzen, a la vez que aclara que no es un espectáculo puramente musical, sino una puesta teatral que incorpora la dinámica murguera: "El teatro para mí es un juego sofisticado y placentero".
Siete actores -"que van más allá del estereotipo afectado de los intérpretes amoldados a la moda de la comedia musical importada"- integran el elenco para esta historia de final abierto. "Ese final abierto refleja tal vez la incógnita sobre nuestra capacidad de crear una historia colectiva, de rearmar una mitología, y también desde lo teatral, si podemos rearmar una estética rioplatense y no estar condenados a importar y repetir modelos de otras culturas".
A la vez, subraya Dyzen, se trata de una cuestión de humildad narrativa. "El que cuenta una historia nunca puede saber todo, el narrador parte de lo conocido y devela lo hasta entonces desconocido, pero queda siempre algo sin conocer, lo que es también el deseo de que la historia continúe mas allá de su final en la obra." El cierre a ritmo de murga invita "a salir de la sala con ganas de hacer algo".
Los chicos, que comparten con el teatro la pasión por lo lúdico y lo artesanal, se convierten en interlocutores de Dyzen en esta búsqueda de la pasión perdida de los argentinos por el canto colectivo porque "lo nuestro son los chicos". "En la medida en que no los cuidamos, no estamos haciendo otra cosa que suicidarnos lentamente, son nuestro futuro, son por extensión todos hijos nuestros, en la medida en que uno no puede evitar todo lo que a uno le pasa cuando tiene hijos."



