El perdurable estilo de Julio Sosa
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En la década del cincuenta, cuando la fama y la gloria de lo que fue la catedral tanguera de los años veinte se escurría entre los dedos, frecuentábamos la Richmond de Suipacha, a pasos de la avenida Corrientes. La recordamos con sus paredes tapizadas con una boiserie de madera clara y labrada, adquirida años después en una subasta por Juan Carlos Goyeneche para su casona de Pueyrredón y Arenales.
Tenía también una barra amplia, de la que emergían cocteleras, una caja registradora y un cisne de bronce perlado de gotas heladas; junto a la misma emergían mozos con bandejas en alto pletóricas de "triolets" y aperitivos.
Para salvar a la casa de la inexorable piqueta, los propietarios de la Richmond habían contratado números musicales muy fuertes, que se alternaban por secciones (té, vermouth y noche) y eran promocionados a través de afiches en la entrada del local y en revistas de la época.
Uno de ellos era Armando Pontier, bandoneonista, director de orquesta y autor de "Anoche" y de "Milongueando en el 40", que se distinguía sobre todo por su cantor estrella, un uruguayo de recia contextura llamado Julio Sosa.
El comentarista radial Osvaldo Martín, por entonces anunciador de la orquesta, glosaba la introducción alargando adrede las frases para vocear el nombre y el apellido del vocalista. Así, Pontier (vestido de azul y con medias blancas) podía dar los tacazos de rigor.
Agil y corpulento, Sosa trepaba al tablado detrás de los músicos como si se tratara de un ring de boxeo. Cada vez que ocurría esto, la sala estallaba en una ovación.
Cierta velada ocurrió un episodio insólito. Llovía intensamente en la ciudad, y el diariero de la esquina (conocido por todos como "Sampayito") había abandonado el quiosco y se había guarecido en la confitería con sus periódicos empapados, mientras se acomodaba en una silla torneada.
Arrancó en ese momento Pontier con "Brindis de sangre", tema que requería una vehemencia especial. Julio miraba al público con los ojos bien abiertos, extendiendo la mano izquierda, en la que refulgía su enorme anillo labrado, y enfatizaba la frase: "Soy el novio de María".
De pronto, cuando el silencio era total, se escuchó el vozarrón de Sampayo, que contestaba:"¡Y a mí qué me importa...!" Sosa dejó de cantar, saltó del escenario y corrió hasta el baño, lugar en el que se había protegido el "canilla", para hacer justicia por mano propia. "Sampayito" se salvó gracias a la providencial intervención del cajero.
Por entonces, el anecdotario del cantor ya era nutrido. Nacido en Las Piedras, departamento de Canelones, el 2 de febrero de 1926, en un hogar de humilde origen, Sosa se tuteó desde chico con la necesidad: lustró zapatos, repartió colagogos en una botica y fue diariero.
Su gola privilegiada lo habilitó para entreverarse en un concurso de nuevas voces organizado por un recreo montevideano, que ganó. De allí en más se le abrieron las puertas de la fama en su país, pero Buenos Aires significaba para él la gran conquista.
Con una valijita de cartón cruzó el charco en el vapor de la carrera, alojándose en humildes pensiones, hasta que el letrista Raúl Hormaza, también uruguayo, obtuvo una prueba para el cantante con Enrique Mario Francini y Pontier.
Años después, Francini nos relató esas vivencias. Julio debutó en la boite Picadilly, sin ensayo previo, con una tonalidad más alta y el tango "Lloró como una mujer", de Celedonio Flores.
Posteriormente, con la orquesta de Francisco Rotundo, Sosa accedió a su primer gran contrato; luego, Pontier (ya separado de Francini) lo asoció artística y empresarialmente, y por último Leopoldo Federico, su director en la última etapa, lo acompañó en su éxito como solista y en la bonanza económica.
Con Federico obtuvo éxitos perdurables, como la irrepetible versión recitada de "La cumparsita", con versos de "Por qué canto así", del "Negro" Celedonio Flores, sostenidos por el fueye de Federico.
Muchas cosas significó Sosa en circunstancias particularmente adversas para el tango. Las compañías discográficas promovían entonces el repertorio pasatista de los nuevaoleros, y él revalidó un modo de decir no reñido con la danza, aglutinando a los más jóvenes con un gran repertorio en el que convivían temas románticos y otros de recia factura.
Falleció en un tremendo accidente automovilístico, en 1964, y su féretro fue cargado a pulso, igual que los de Gardel e Yrigoyen, hasta su última morada. Hoy, 2 de febrero, hubiera celebrado un nuevo cumpleaños.





