
El sabor de la fama
Un recorrido por los reductos cuyos dueños provienen del deporte, el teatro, la música
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y otras disciplinas menos terrenales que la comida o el buen beber Cómo es que una persona que logró el privilegio de vivir de una pasión -llámese teatro, publicidad, música, deportes, magia- termina, un día, abriendo un local al que la gente se acerca para comer y beber? Un virtual sondeo entre dueños "célebres" de bares y restaurantes porteños deparó una única respuesta: el sueño del rincón propio, con el beneficio extra del éxito ya consumado, es motivo suficiente.
"En la obra «Gepetto», de Roberto Cossa, uno de los personajes decía que la mitad de los argentinos sueña con escribir poesía; la otra mitad, con tener un restaurante. Yo pertenezco a ambas mitades", dijo a ViaLibre Jorge Schusheim, publicista y humorista que desde hace dos años regentea un local de comidas, Big Mamma, y acaba de inaugurar una sucursal en Barrio Norte.
A la hora de graficar las precisiones estadísticas no faltan ejemplos de recién llegados a la gastronomía. Adrián Guerra tiene 27 años, desde los nueve se dedica a la magia y, conoció la consagración en Japón al recibir el premio mundial en 1994. "Por razones de fuerzas mágicas dejé cuarto año de medicina", recuerda mientras cuenta que ahora reparte su tiempo entre shows empresariales, el club de magos que ha formado, su propia escuela de magia y Mandrake Bar Mágico, el negocio que abrió junto con un amigo, el último septiembre.
"Siempre soñé con tener mi propio espacio, un lugar mágico donde la diversión empiece apenas se entra", apunta. La fuente inspiradora del local, decorado con fotos y afiches de Houdini y otras celebridades del ilusionismo, fue el Magic Castle de Hollywood. París también tiene el suyo y España ostenta el Houdini Bar y la Cripta Mágica, pero, destaca Guerra, "éste es el único en su género en América latina". Un espejo en el hall de entrada de la antigua casa sorprende al visitante desprevenido; basta acercarse un poco para que devuelva el reflejo de un rostro monstruoso. Una cabina telefónica con efectos, una boutique con artículos para profesionales y aficionados, mesas frente al escenario enmarcado por un telón de terciopelo rojo completan la escenografía del lugar donde, cada fin de semana, la magia es reina. Mientras se espera el comienzo del show, se puede tomar y "picar" algo; los magos pasan por las mesas y hasta los mozos sorprenden con algunos trucos sencillos. "El ilusionismo es un arte que desafía la lógica. El artista debe lograr que el público se ilusione y baje los brazos", define Guerra. Ahora debe combinarlo con el arte de regatear al elegir y comprar fiambres, pizzetas y bebidas.
"Tener un restaurante es divertido; permite hacer relaciones públicas, y como uno es aficionado a comer cree que puede dar de comer. Después comprende que el negocio es una actividad con cama adentro y es muy fácil fracasar." Así rememora Schusheim su primera experiencia gastronómica. Nada menos que el restaurante Lola, que fundó en 1985 "con un grupo de aficionados, pero lo tuvimos que vender porque no podíamos ni triunfar, ni atenderlo. Hoy siento orgullo ajeno por el actual propietario".
Su pasión por los sándwiches de pastrami o corn beef "que son tan habituales en Nueva York y acá prácticamente desconocidos fuera de la colectividad judía", sumados a las ganas de un amigo que soñaba con "una fiambrería y quesería súper" fue la ecuación que culminó en Big Mamma. Y no les fue mal, ya tienen dos locales y aspiran a continuar creciendo. "Hasta dos más -arriesga- no perderemos el manejo personal del negocio, manteniendo el concepto de calidad que defino como «no vender gato por liebre»." Fuera del restaurante se dedica a la publicidad "las 24 horas"; también al teatro, y está terminando un libro que define como "ecléctico, de recuerdos falsos y verdaderos, cuentos, historias, reflexiones y recetas" que editará Ediciones de la Flor. "En Big Mamma -puntualiza- realizo mis fantasías erótico-gastronómicas. Mi oficio frustrado es el de mozo, me encanta ser buen anfitrión."
El funk en la cocina
Otra es la historia de Fabián Quintiero, más conocido como "El Zorrito", que se hiciera célebre como guitarrista de Charly García. Celular en mano, regatea, discute, negocia con los proveedores de su cantina funk, el ya popular Soul Café, pionero de Las Cañitas. Abrió sus puertas hacia fines de 1995 con la firme idea de crear un lugar diferente. Junto con su socio, amigo y chef del lugar, Luis Morandi -"un músico activo, toca en la orquesta del Colón"-, decidieron mezclar la música con la gastronomía, otra de sus debilidades.
"Elegimos el look funky porque era el más divertido y el más lindo que podíamos conseguir; el funk tiene ritmo y alegría, es una música de negros que resurgió en los años noventa", cuenta en un alto. Al instante, otra llamada telefónica lo interrumpe, arregla un horario para ensayar -tocará en el próximo concierto de Los Ratones Paranoicos-y vuelve al terrenal mundo de la comida. Explica cómo lo que comenzó como cantina donde era posible saborear ravioles hechos a mano con tuco y salchichas o milanesas con tallarines con manteca, "platos que se comían hace veinte años", poco a poco devino un "booggie restaurante", como prefiere llamarlo hoy. Aprovechó el verano para remodelar el local, ampliarlo y cambiar la entrada, "como hacemos todos los años". Su barra de sushi deleitó a los habitués de Planeta Urbano en Punta del Este, y estará nuevamente en estas orillas el próximo mayo. Y siguen los proyectos. A metros del Soul (Báez 199), los últimos retoques a paredes y luces conviven con los jamones que ya cuelgan de los techos de Santino, la trattoria y grill que abrirá el 20 de este mes. Ya es todo un empresario, aunque no deja de tocar, si bien reconoce que en estos últimos dos años concentró la energía en lograr que "esto se convirtiera en algo grande, en una marca".
Atrás quedó su programa en la MTV. Hoy lo ilusionan otros proyectos, siempre relacionados con la gastronomía. Este año, también pondrá su sello a otro local, junto con dos futbolistas reconocidos que regentean el bar Habana en Villa Devoto. Se trata de Christian Basedas y Damián Manusovich, sus amigos y flamantes socios en un nuevo emprendimiento sobre el que prefiere reservarse el privilegio del misterio. Al parecer será un café con comidas rápidas que combinará el mundo del fútbol con la buena música. ¿La ubicación? Sin precisiones, pero seguro en la zona que ya es de su influencia. Hacia el final, Quintiero reflexiona: "Si no te gustan la comida y la cocina no podés hacer esto; es mucho más fácil salir a tocar que manejar a más de 20 personas y lidiar con los proveedores".
Un refugio, un lugar donde recibir a los amigos, un espacio donde relajarse sin ser molestado ni observado, un negocio alternativo. Una vez más, la misma respuesta a la pregunta del millón. Esta vez los interlocutores son actores jóvenes que obtuvieron celebridad como ladrones y policías en la serie televisiva producida y protagonizada por Adrián Suar. Alejandro Fiore, Federico D´Elía, Diego Peretti y Martín Seffel aprovecharon la amistad y los gustos afines que sembraron durante su labor en "Poliladron" para inventarse un reducto que les permitiera "salir adelante si en algún momento no tenemos trabajo como actores".
Así nació, hace dos años, el bar Los Sospechosos, lugar de encuentro obligado para no pocos integrantes de la farándula y para jóvenes noctámbulos que los fines de semana optan por Vicente López. La parte delantera de un auto incrustado en el frente del bar, techos de zinc, mesas de metal y sillas de madera y paja, un par de barras al fondo; el marco remite a parador de playa, huele a ambiente joven y luce informal. Fórmula coherente con el espíritu de sus dueños que se involucran en cada detalle del negocio. "Un bar que no tiene distinción de raza; no es elitista, ni exige un determinado look, y todos lo pasan bien. Acá te podés encontrar a Suar o al empleado de una fábrica", remata Seffel.
En este caso, la propuesta gastronómica no admite sofisticaciones. Pizzas, hamburguesas, cafetería y tragos son las opciones. Aun así, según Seffel que alguna vez tuvo una pizzería, "requiere dedicación; es una obligación, pero lo hacemos con mucho placer, con mucha onda". Si bien cada uno atiende sus compromisos laborales -Fiore, en "Gasoleros"; Seffel, en "Alas"; Peretti, en "RRDT"; D´Elía, en la filmación de "El desvío"-, los viernes y sábados sus noches culminan en el local, al otro lado de la barra, atendiendo las mesas o pasando música. Y también se dan tiempo para pensar nuevos proyectos. Como botón de muestra, Fiore y Seffel ensayan una obra de teatro con Andrea Pietra, virtual socia del clan -excepto D´Elía- en un restaurante-bar-disco aún sin fecha de apertura.
Cambiar no significa haber fracasado es la consigna de Horacio "El Negro" Fontova, mentor del restaurante El Goce Pagano. Con mismo nombre y socio -Hernán Roibon- de un negocio que entre 1983 y 1987 alegró las noches de Palermo Viejo, el local que abrió el año último en la calle Piedras distaba bastante del original. Entonces sus dueños no dudaron en decidir un cambio que aparenta ser más que acertado.
"Necesito a la vieja barra que está por ahí y necesita pagar menos para vernos", dice al referirse al público que sigue a su grupo Fontova y los Tíos -sus sobrinos, sólo que un poco crecidos-. Era fácil imaginar que el local de decoración algo ecléctica, con imponentes sillas y mesas demasiado bien puestas congregaría a un tipo de concurrencia distinta de la que Fontova convoca desde sus comienzos, como músico, y no "como cara de la tele".
"Nos complicamos un poco la vida con la cuestión gastronómica. Yo pertenezco a otro rubro, más populachero", explica Fontova al anunciar que, desde este fin de semana, otro será el panorama en el reducto de Monserrat. Lomitos, choripanes, fajitas mexicanas, empanadas, cerveza suelta y buen vino, también tirado, podrán adquirirse en la barra para devorar en cualquier rincón del local. Todo por un precio mucho más bajo que el ofrecido por la carta anterior. "Más Fontova", resume el músico. Algunos retoques en la decoración; el folklore de Raúl Carnota, los miércoles, y un ciclo de jazz, los jueves, además de los habituales shows de "El Negro" y los Tíos, viernes y sábados, harán el resto. Después de todo, de eso se trataba su sueño: repetir el éxito logrado en su especie de café concert y parrilla palermitano de los años ochenta.
A Martín Jaite no le costó poco decidirse a colgar la raqueta después de haber dedicado doce años al tenis. Eso fue en septiembre de 1993 y por entonces el cambio de rubro vio nacer al comentarista deportivo que hoy aparece en la pantalla de TyC Sports. Pero él también quiso ver realizada una de sus fantasías más antiguas. "Cuando era chico mi sueño era tener un quiosco. A los 15 años, cuando vivía en Barcelona, aproveché que mis padres viajaron y debí quedarme para jugar un torneo para hacer un restaurante en mi casa donde venían a comer mis compañeros de tenis; un amigo cocinaba y yo era el mozo". Todo terminó cuando los Jaite regresaron y hallaron su cocina y comedor virtualmente tomados por adolescentes hambrientos. Pero la aventura quedó grabada para siempre en su memoria. Años más tarde, más exactamente el 15 de junio de 1996, y "de pura fantasía", abrió junto con un amigo la casa de té Nucha.
Reconoce que sus obligaciones no le permiten tener la participación activa de un principio, pero aún disfruta "atendiendo las mesas" de vez en cuando. Se enorgullece al destacar que todo lo que allí se consume "es absolutamente casero" -la fábrica de tortas de su socio funciona en el mismo local-, y que cuenta con una clientela fiel, señoras que alternan tardes de té y naipes, familias con chicos, jóvenes que salen de los cines cercanos, y los amigos que lo eligen como sitio de encuentro. Para Jaite, abandonar el tenis significó, por primera vez, "vivir en un lugar, hacer viajes de placer, ver a mis amigos, generar proyectos. La casa de té fue un sueño que pude cumplir, un lugar donde me gusta estar".
Un espacio propio, un sitio para estar con otros, una fantasía que sólo algunos pueden concretar. De eso se trata. Después de todo, por ahí se escucha que no hay fama capaz de colmar un corazón.






