El saxo explícito
"No somos superhombres; a veces también necesitamos ser reconocidos con dinero", dice el gran saxofonista argentino, que el jueves, tras una ausencia de ocho años, tocará en el Gran Rex
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NUEVA YORK (Especial para La Nación ).- El Gato está de vuelta. No sólo porque tocará en la Argentina después de muchos años, sino porque él mismo se siente de vuelta en la vida.
El living del departamento 11º F en un lujoso edificio frente al Central Park, donde vive desde hace varios años, parece un mar de juguetes. Entre los cochecitos, muñecos y un recién abandonado andador se asoma un saxofón amarillo brillante. Es el mismo saxofón que abraza Christian Barbieri en el folleto interno de "Che Corazón", el nuevo disco que su padre presentará el jueves próximo, en su primer concierto en Buenos Aires tras casi ocho años de no tocar en el país.
"Se lo compramos en Italia y lo ha disfrutado mucho", cuenta el Gato Barbieri, con una expresión que parece ablandar de a ratos la imagen del enigmático saxofonista que ha recorrido los escenarios del mundo, escondido tras un sombrero e inmensos lentes oscuros. "Le encanta la música", agrega enternecido en una fría tarde de invierno ante La Nación , en su departamento en Manhattan, mientras Christian se mece en el suelo al ritmo de la canción que le dedicó su padre.
Con una nueva familia, el Barbieri de hoy es un hombre conmovido por un chico de 10 meses, su primer hijo, que parece haberle señalado de nuevo el camino a casa, lo que el Gato llama "su nido".
"He pasado años muy duros y ahora finalmente las cosas van encontrando su sitio", afirma mientras se pasa la mano sobre su melena color ceniza, un gesto que repite con frecuencia. Mucho se ha escrito sobre los últimos cuatro años, en los que Barbieri perdió a su esposa Michelle, y sufrió un episodio cardíaco que casi le cuesta la vida, pero el Gato da señales de que las dificultades datan de mucho más atrás. "Ahora he dejado todo tipo de alcohol y llevo una vida sana. Y es que cuando se han cometido muchos excesos, el cuerpo pasa la factura. He encontrado que la clave es conocerse a sí mismo y saber dónde están los límites del cuerpo y la psiquis".
En este distanciamiento de los extremos se declara renuente a hablar de política. Incluso de los avatares padecidos en el último año por Bill Clinton, el presidente saxofonista que lo invitó personalmente a la cena ofrecida en la Casa Blanca en enero, durate la visita a Washington del presidente Menem.
Sentado bajo uno de los dos cielos que tiene colgados en su living y frente a su cama, el Gato cuenta: "Fui porque me invitó Clinton, alguien que siempre se ha acordado de mí. Incluso me mandó una carta al hospital cuando lo del corazón, que me pasó en Washington. Pero no quiero opinar. Ahora estoy playing ball (pateando las pelotas que me llegan) con la vida".
La moderación también ha llegado a su música, e incluso a su persona en escena. De los arriesgados experimentos de los años 70, cuando la banda sonora de "Ultimo tango en París", de Bernardo Bertolucci, lo convirtió en uno de los jazzistas más cotizados del momento, ha pasado a melodías más calmas, con arreglos menos inesperados. Ante el público, sus otrora aullidos primitivos, a los que las audiencias internacionales piensan que se debe el apodo de el Gato, han dejado el paso a ronroneos y su show ha cobrado elegancia y madurez.
Libre de rótulos
Pero su alma de artista sigue irreductible. "Nunca he dejado que me encasillen en un estilo", responde a la pregunta sobre el concepto del nuevo disco. "Cuando tenía 17 años, Perón dijo que teníamos que tocar música argentina, así que hice tango y música típica. He tocado con brasileños, fui a Europa y toqué con (el trompetista avant-garde) Don Cherry y luego con (la pianista compositora) Carla Bley y con (el contrabajista) Charlie Haden y la orquesta Liberation. Mi base musical es muy amplia, así que no se puede decir que soy un músico latino, aunque mi música toca todos los ritmos suramericanos. Y tampoco hago jazz puro. Se puede decir que hago un jazz latino medio rebelde".
Y a los que criticaron su disco "Qué pasa", de 1997, por ser demasiado comercial, el Gato les recuerda: "John Coltrane grabó un disco con el vocalista Johnny Hartman y la gente le preguntaba constantemente por qué lo había hecho. Nosotros no somos superhombres, a veces también necesitamos ser reconocidos con dinero". Pero asegura que la motivación para "Che Corazón" fue totalmente diferente. "Quise hacer un disco para mis amigos, para mi familia". "Cristiano", el primer tema, es para su hijo. "Sweet Glenda" lo compuso para su sobrina, que se quejaba de que nadie le había escrito nada. También hay temas para su madre y su esposa. "A veces se quiere hablar de vos mismo o de alguien que significa mucho para vos." Y si es así, el disco es además un gran tributo para Buenos Aires, cuya silueta protagoniza el folleto del CD y sirve de escenario para las fotos destacadas de su álbum familiar.
"Hace unos 37 años que me fui -más de la mitad de su vida- y no he vuelto mucho. Regresé varias veces entre el 76 y el 77, pero había esos problemas y una vez casi me matan. Luego fui cuando murió mi madre y di unos conciertos en el 91. Pero desde entonces no he ido más", dice el Gato, mientras se ajusta las medias rojas que a menudo usa. Y cuando piensa en el viaje se le mezclan las ganas de ver a su familia y amigos con la renuencia a padecer una visita agitada y llena de compromisos. "Es lindo, pero sé que va a ser mucha gente alrededor y me preocupa lo agobiante." Los agobios ya han comenzado en estos días.Uno de sus músicos, el bajista paraguayo Mario Rodríguez, tuvo problemas en el consulado argentino en Manhattan. "Eso me puso muy mal, cuando me llamaron me empezó la puntada acá, en el estómago", dice mientras se señala la úlcera que lo tiene alejado de la carne.
Un Gato activo
Pero los "achaques", como acusa a los problemas de salud, y que le provocan dolores en los brazos cuando toca, no lo detienen. Se presentó en Polonia, luego en Nueva York y el jueves próximo lo hará en el Gran Rex.
El Gato se califica de "gitano", pero bajo su ropaje de errante se asoman las raíces. "Ahora la casa está acá, en Nueva York, que es el centro del mundo. Se encuentra de todo a la vuelta de la esquina y es mucho más fácil para criar un chico con mi carrera que en Chicago", señala en referencia a la ciudad natal de su esposa Laura, la fisioterapeuta que hace 10 meses lo convirtió en padre después de los 60. Pero la lógica lo abandona ante la pregunta de qué significa la Argentina. Con los ojos cerrados, mientras Laura amamanta a Christian, dice: "Es ese sitio al que por ahí algún día iré. Es mi pequeño nido".
Siete vidas, un personaje
34 años han pasado desde la edición de su primer álbum, "Gato Barbieri and Don Cherry".
Treinta y tres será el total de sus discos editados cuando, a fines de este mes, salga a la venta "Che Corazón".
Ocho años han transcurrido desde su última presentación en Buenos Aires, en noviembre de 1991.
Más de dieciséis son las películas para las que el Gato Barbieri compuso e interpretó la música, incluidas dos de Bernardo Bertolucci: "Prima Della Revoluzione" (no estrenada en nuestro país) y "Ultimo tango en París", por la que ganó un premio Grammy.
Dos serán las presentaciones en nuestro país: el jueves 11, en el teatro Gran Rex, y el sábado 13, en el Monumento a la Bandera, de Rosario, con entrada libre y gratuita.
37 años han pasado desde que se fue del país, en 1962, a los 19 años.
En 1997 la revista Billboard lo consideró en cuarto lugar en la lista de mejores artistas de jazz contemporáneo del año. El mismo lugar le correspondió a su disco "Qué pasa".
En 1960 sus compañeros lo rebautizaron Gato, por sus característicos silencios y su incansable trajinar nocturno de bar en bar y de escenario en escenario.
En 1971 vuelve por primera vez a Buenos Aires, tras nueve años en los que vivió en Roma y Nueva York, donde sigue viviendo hasta el momento.
Un millón y medio de placas es lo que vendieron sus cinco discos para el sello A & M: "Caliente" (1976), "Ruby, Ruby" (1977), "Tropico" (1978), "Euphoria" y "Passion and Fire" (1979).
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