
El seductor rostro del mal
Christoph Waltz saltó a la fama recién a los 50 años como el nazi de Bastardos sin gloria; desde entonces ha construido su carrera (y recibido dos Oscar) con su habilidad para incomodar al público
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El de este vienés suelto en Hollywood es un caso especial por donde se lo mire. Waltz es el único actor que ha ganado dos Oscar en igual cantidad de películas de Tarantino: por Bastardos sin gloria y por Django sin cadenas (en ambos casos, como mejor actor de reparto). No sólo es el único intérprete austríaco que ha ganado dos premios de la Academia: también es uno de los poquísimos intérpretes con ciento por ciento de efectividad: dos nominaciones, dos triunfos. No es novedad que el Oscar es el premio artístico con más rating del mundo, pero siempre viene bien aclarar que más allá del efecto en el público está el efecto hacia dentro de la industria, cuya importancia es difícil de exagerar. Es casi un ritual que en los medios hollywoodenses se agregue un paréntesis que diga "ganador de dos Oscar" a cada mención de Christoph Waltz.
Waltz, nacido en 1956, se convirtió en estrella luego de los cincuenta años, con Bastardos sin gloria. Antes había filmado decenas de películas alemanas, un gran porcentaje de ellas para TV, desde fines de los 70. Y de repente, el momento clave: una película de Tarantino, un papel de nazi refinado y de una maldad extrema.
Su personaje, Hans Landa, le hizo ganar una cantidad asombrosa de premios, y se recuerda aún más que el protagónico de la película, Aldo Raine (interpretado por Brad Pitt). La historia del cine, sin embargo, ostenta muchos ejemplos de actores que luego de un éxito repentino no lograron sostener su carrera.
No es el caso de Waltz: en los cinco años que pasaron desde Bastardos sin gloria, no sólo volvió a actuar con Tarantino (y ya no como villano), sino que además actuó a las órdenes de Roman Polanski en Un dios salvaje y a las de Tim Burton en la inminente Big Eyes. Y ya se ha anunciado que será el villano de la próxima entrega de James Bond, que comienza a rodarse en diciembre en Roma (los rumores afirman que interpretará a Blofeld).
Estaba claro: Waltz es ideal para villano Bond. Puede trabajar la maldad como pocos: con una carga de sarcasmo fenomenal, con una capacidad especial para dotar a su pronunciación inglesa de un acento aterciopelado incluso en las grandes canalladas, y con facilidad para sostener un desprecio olímpico y altanero contra todo el mundo. Veremos cómo queda en Bond, pero la materia prima está ampliamente probada. El austríaco puede hacer "su personaje" a la perfección, y ese personaje no necesariamente es el de villano: también puede cargar de malignidad y sarcasmo a un personaje que sea justiciero y que luche por causas nobles, como su doctor King Schultz en Django sin cadenas.
Waltz necesita disfrutar de las palabras, necesita tener el control, ésa es la clave, y quizá no tanto la maldad o la bondad de sus personajes. Un violento con poco control como el de Agua para elefantes (una actuación casi caricaturesca) no es lo suyo. Tampoco lo era el atribulado y abombado hacker del fracaso modelo 2013 de Terry Gilliam, Un mundo conectado.
Waltz necesita el poder, saborearlo, disfrutarlo, sin prisas, sin presiones ni opresiones, con espacio y tiempo para imponer su lenguaje y su forma de hablar. Necesita poder imponer su singular autoridad. Y así como está bastante claro que puede ser un villano ideal para una película de 007, también era una apuesta lógica su inclusión en una comedia como Quiero matar a mi jefe 2, estreno de mañana en las salas locales.
Si en la primera, Kevin Spacey –justamente otro de los pocos que cuentan con dos triunfos en dos nominaciones en el Oscar– cumplía el rol de malvado económico sofisticado, lustroso y cruel, aquí se le suma Waltz, que en un papel de pocos minutos en pantalla exhibe su especial dominio y manejo del mal, especialmente en el primer segmento del film, toda una descripción crítica, incisiva y tremendamente veloz de la economía productiva de los Estados Unidos.
Uno de los puntales fundamentales de los logros de esta película (superior a la primera, más libre en términos de narrativa y de autoconciencia) es el personaje de Waltz, Bert Hanson, que maneja el poder con esa confianza que exhiben quienes no deben demostrarlo porque simplemente lo tienen y lo usan. Waltz no necesitó de un papel extenso para ser un villano estrella de esta secuela y para que su presencia estuviera destacada –al nivel de los protagonistas y de Jennifer Aniston– en cada cartel gigante de los que por estos días pueblan buena parte de las marquesinas del mundo con el anuncio de Quiero matar a mi jefe 2.






