
El televiajero en busca de sosiego
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Quien sintoniza Travel Channel, en la TV por cable, termina lanzando una diatriba contra el destino. Paisajes de belleza lujoriosa, comidas exóticas, pueblos que siguen atizando el fuego de tradiciones ancestrales, inmensidades arenosas que dan ganas de poner a prueba la sentencia de Paul Bowles cuando afirmó que nadie debería morirse sin experimentar al menos una vez la soledad del desierto. Todo al alcance del control remoto en el canal de viajes y turismo que transmite durante las veinticuatro horas.
El espectador se siente víctima de un gran malentendido. Evidentemente, el mundo es ancho, hermoso e irremediablemente ajeno. El planeta es una enorme casa de estilos heterogéneos y yo he nacido en ese hogar-conjetura-. Pero alguna sentencia injusta me condena a la triste evidencia de saber que un día deberé abandonar la casa sin siquiera haber puesto los pies en todas las habitaciones. ¿Por qué los viajes son en la mayor parte de las biografías apenas un estado de excepción ? ¿Por qué si el misterio es una sensación asequible en la ciudad de Brujas y si las imágenes de la tele dan fe de la existencia de los fiordos noruegos, a mí sólo se me ofrece el incompleto placer de observarlos como una realidad virtual?
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Ante la proximidad de las vacaciones de verano que lo encontrarán otra vez al borde de la piscina del club o sudando la gota gorda en la City porteña, el telespectador sale en busca de algún consuelo. Paradojas de las letras, el alivio le viene de las páginas de "El libro del desasosiego", de Fernando Pessoa. "¿Qué es viajar, y para qué sirve viajar? -se pregunta el autor-. Cualquier ocaso es el ocaso; no es menester ir a verlo a Constantinopla. ¿La sensación de liberación que nace de los viajes? Puedo sentirla saliendo de Lisboa hacia Benfica y sentirla más intensamente que quien va de Lisboa a la China, porque si la liberación no está en mí, no está, para mí en ninguna parte. Cualquier carretera, ha dicho Carlyle, hasta la carretera de Entepfuhl, te lleva hasta el fin del mundo. Pero la carretera de Entepfuhl, si se la sigue toda, hasta el final, vuelve a Entepfuhl: de modo que el Entepfuhl, donde ya estábamos, es ese mismo fin del mundo que íbamos a buscar." "La renuncia es la liberación. No querer es poder", advierte Pessoa. Al borde del ataque de impotencia frente a los inalcanzables teleparaísos, el espectador avanza en la lectura. "¿Qué puede darme la China que mi alma no me haya dado ya? Y si mi alma no me lo puede dar, ¿cómo me lo dará la China, si es con mi alma como veré la China, si la veo?" "En realidad -consuela Pessoa al televidente-, el fin del mundo, como el principio, es nuestro concepto del mundo. Es en nosotros donde los paisajes tienen paisaje. Por eso, si los imagino, los creo; si los creo, existen; si existen, los veo como a los otros. ¿Para qué viajar? En Madrid, en Berlín, en Persia, en la China, en ambos polos, ¿dónde estaría yo sino en mí mismo y en el tipo y género de mis sensaciones? La vida es lo que hacemos de ella. Los viajes son los viajeros. Lo que vemos no es lo que vemos sino lo que somos."
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Más inclinado al festín de los sentidos que le muestra Travel Channel que a la elevación espiritual que le propone el libro, el viajero virtual vuelve sus ojos a la pantalla y se pregunta. ¿Cómo podría mi imaginación suplir decorosamente el placer de saborear un buen tinto francés y una porción de queso Camembert en el café de Flore?
Pessoa sale a socorrerlo con una anécdota: "El único viajero con alma verdadera que he conocido era un chico de la oficina que había en otra casa en la que, en tiempos, estuve empleado -le cuenta-. Este muchachito coleccionaba folletos de propaganda de ciudades, países y compañías de transportes (...). Iba a las agencias de turismo, en nombre de una oficina hipotética, y pedía folletos de viajes. No sólo era el mayor viajero, por ser el más verdadero que he conocido: era también una de las personas más felices que me ha sido dado encontrar (...). Tal vez un día, de viejo, se acuerde de que es no sólo mejor, sino más verdadero, soñar con Burdeos que desembarcar en Burdeos". El espectador se estimula pensando que, Travel Channel mediante, él ni siguiera tiene que salir de casa para buscar folletos.






