
El tesoro de Tintagel
El sensacional descubrimiento arqueológico que se acaba de registrar en las ruinas del castillo inglés de Tintagel, en la costa norte de Cornualles, difundido hace pocos días por la revista English Heritage, toca a fondo la imaginación y la sensibilidad de los aficionados a la música. Porque el hallazgo de una piedra del siglo VI en la que aparece escrito el nombre de Arturo parecería convertir, de un solo golpe de timón, al mítico monarca tantas veces convocado por los músicos en una realidad histórica. Se supone que este caudillo britano encabezó la resistencia céltica contra los invasores sajones, en una fantástica epopeya que ha perdurado a través de siglos en la memoria de los pueblos, especialmente de los celtas de Gales y de la Bretaña francesa.
El creador del mito artúrico fue Geoffrey de Monmouth, un clérigo inglés que hacia 1130 se propuso exaltarlo para glorificar el pasado de los britanos. Pero el rey no estaba solo en su mundo legendario: ya lo rodeaban Ginebra, su esposa; el mago Merlin, que le resolvía todos los entuertos; el castillo de Tintagel (centro desde ahora de la atención mundial, y seguramente de futuros peregrinajes), y su espada Excalibur. Escritores posteriores añadieron elementos como la "Mesa redonda", con sus míticos personajes:Lancelot del Lago, enamorado de la esposa de Arturo; Tristán, vástago del rey de Leonis, e Isolda, hija del soberano de Irlanda.
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Lo cierto es que las leyendas artúricas han sido una inagotable fuente de inspiración musical, para no hablar de la literaria y de la iconográfica. Del rey Arturo ha quedado una deliciosa "semiópera" de Henry Purcell, "King Arthur or The British Worthy"("El valeroso británico"), con texto de John Dryden. El mago Merlin, por su parte, recorre con sus golpes de astucia buena parte de la tradición operística, en la que brilla la "opéra-comique" francesa de Gluck "L´Isle de Merlin", estrenada en 1758 en el castillo vienés de Schunbrunn.
Pero si el ciclo artúrico, con todas sus derivaciones, alimentó la imaginación de los compositores durante siglos, una sola de sus leyendas hechizó a generaciones enteras. Y es la de Tristán e Isolda, a la que Wagner terminó por consagrar para la eternidad. Se trata de una concepción del amor, nacida del alma de los celtas, de una potencia inimaginable para entonces en ningún otro pueblo: el de un amor ilícito, más fuerte que el honor, más impetuoso que la sangre, más invencible que la muerte. Su lugar geográfico: las costas de Irlanda, luego el castillo de Tintagel y por último las costas de la Finisterra francesa.
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Si el hallazgo del 4 de julio último en Tintagel, según la comunicación científica de la universidad escocesa de Glasgow, permite concebir la existencia real de Arturo, ¿no llegará el día en que Tristán e Isolda nos manden señales de una realidad que ahora se escuda en la leyenda? Sería emocionante, pues serviría para probar que ningún descubrimiento arqueológico -o de lo que fuere- es capaz de reducir a tamaño natural el mágico mundo de proezas, lances de caballería, intervenciones sobrenaturales y poéticas metáforas, como la del filtro de amor. Un indicio de que siglos de fantasía no se pierden fácilmente y de que, en el terreno del arte y del espíritu, la ciencia y la verdad no aparecen necesariamente como enemigos naturales.
Y hablando de verdades, misterios y fantasías, es preciso aclarar a algunos lectores desconcertados que en el título de la columna del viernes pasado, el cambio de una sola letra rebajó el "colosalismo" del Imperio de Bismarck, en el producto de vaya a saber qué "colonialismo sinfónico". Convengamos en que la magia del idioma es tan infinita como prodigiosa.
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