El theremin en el cine
No se escucha demasiada música en "La niña santa", apenas el aria religiosa cantada al comienzo por Mia Maestro, luego "Cara de gitana", un hit de verano de Daniel Magal que sirve para evocar otra época -y volver inolvidable a Mercedes Morán moviéndose al compás-, algunas melodías de ascensor y, lo más extraordinario, el sonido y la presencia de un curioso instrumento electrónico en tres escenas decisivas.
Algún personaje se maravilla ante él, pero no se dice que se trata del thereminvox, que a casi cuatro décadas de su deslumbrante debut en la pantalla -en "Cuéntame tu vida", de Alfred Hitchcock- vuelve con su sugestión intemporal en otra gran película. Cuando lo dieron a conocer, en 1927, las ambiciones estaban muy por encima del cine, se fantaseaba que, con su capacidad teórica de producir infinidad de combinaciones tonales, iba a cambiar el rumbo de la música sinfónica. No fue así, el theremin sólo mereció alguna suite menor y, a pesar del entusiasmo de una concertista fiel llamada Clara Rockmore, se lo comercializó casi como un juguete, desplazado en las preferencias de los compositores vanguardistas por una novedad similar al comienzo, las Ondas Martenot, que tampoco pasaron de ser un efecto secundario.
El principio de esos aparatos, y de muchos otros inspirados por el pensamiento futurista, era el mismo -la manipulación de varias corrientes vibrando en distinta frecuencia- y todos aspiraban a ser herramientas puramente eléctricas, con sonido desconocido y técnica propia, con las que se habría de escribir de nuevo la historia de la música. A los creadores de esta nueva raza de instrumentos les repugnaba la posibilidad de idear herramientas para imitar pianos y violines o hacerlos sonar más potentes, justamente lo que ha terminado siendo la principal aplicación de la electricidad en la música.
A pesar de las actualizaciones en su aspecto, el invento de Leon Theremin, científico ruso con vida de novela de espionaje, sigue pareciendo muy simple: una caja que genera las ondas y dos antenas para controlar tono y volumen moviendo las manos alrededor de ellas sin rozarlas, lo que exige de sus ejecutantes un oído musical privilegiado, les impone la misma actitud de un director de orquesta muy sobrio y los hace aparecer como en un trance, bajando sonidos de la nada, igual que se lo ve a Manuel Schaller en la película de Lucrecia Martel.
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Habían pasado casi veinte años de su lanzamiento cuando finalmente el theremin despertó el interés de un gran compositor, Miklos Rosza, que demostró sus posibilidades de integrarse a una orquesta sinfónica en dos formidables músicas cinematográficas: "Cuéntame tu vida", donde complementaba pesadillas diseñadas por Salvador Dalí, y "Días sin huella", en el que funcionaba como equivalente de la angustia de un alcohólico en abstinencia.
El salto a la música popular fue inmediato, pero es suficiente leer los títulos de los tres primeros álbumes con intervención del theremin -"Música salida de la Luna", "Perfume musicalizado" y "Música para tranquilizar la mente"- para adivinar que otra vez había sido degradado a la categoría de efecto curioso, una situación que no corrigieron posteriores apariciones en importantes discos de rock de The Beach Boys, Led Zeppelin, La Oreja de Van Gogh o el "¡Viva Satana!" de Babasónicos.
Después de haber andado por toda Europa mostrando su creación, ser secuestrado por la KGB en los Estados Unidos, separado de su mujer negra, encerrado en Siberia, obligado a diagramar sistemas para espiar a Stalin, reivindicado con una cátedra en el Conservatorio de Moscú -no de música electrónica, considerada perniciosa- y morir venerado como un precursor a poco de cumplir un siglo, a Leon Theremin ya no debía sorprenderlo nada.
Pero tampoco hubiera permanecido indiferente a la noticia de que, en una tarde como la de ayer, su invención habría de verse y escucharse como el instrumento con personalidad propia que soñó en pleno Festival de Cannes, recuperado por una película argentina rodada en Rosario de la Frontera.





