El violonchelo tiene voz de mujer

Sol Gabetta regresó a la Argentina para presentarse con la Orquesta de Cámara de Basilea, en el Teatro Colón
Helena Brillembourg
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6 de octubre de 2014  

Sol Gabetta vino a hablar por dos. Lo hace por ella a través de una conversación amena y entusiasta, que no delata el cansancio del largo viaje hasta Buenos Aires, y también lo hará a través de su violonchelo (considerado el instrumento más semejante a la voz humana) en los dos conciertos que ofrecerá, hoy y mañana, como solista invitada de la Orquesta de Cámara de Basilea, dirigida por Giovanni Antonini y que forma parte de la programación del Mozarteum.

Fueron muchos años alejada de su país, dedicados por completo a formarse como instrumentista y a desarrollar una carrera hoy ya consolidada. Exitosas presentaciones, numerosos premios y reconocidas grabaciones dan testimonio del esfuerzo que significó irse a los nueve años, siendo todavía una niña, a España y posteriormente a Suiza. "Después de mi visita en 2010, que marcó mi regreso luego de más de 10 años afuera, repetir en 2012 y ahora en esta oportunidad es algo que me ilusiona mucho. Lamentablemente para 2016 ya tengo la agenda muy comprometida, pero regreso en 2017, ya no volveré nunca más a dejar pasar tanto tiempo. De todos modos, no me arrepiento, era necesario vivir esa etapa", afirma la artista.

Le resulta difícil imaginar su carrera si se hubiera quedado en la Argentina. "Probablemente no sería la misma, porque el simple hecho de estar en países con tanto contraste y tanta cultura en tan poco tiempo me dio una apertura increíble: de lenguaje, de estudio musical, de compartir con otros artistas. Aquí esto no hubiese sucedido. Uno no es consciente, pero las distancias en la Argentina son enormes y para este tipo de trabajo es muy complicado si uno quiere, en diez años de vida, poner todo eso en compacto de la misma manera que yo lo hice."

Gracias a esta facilidad de intercambio, en 2006 fundó el Festival de Solsberg, en Suiza, en donde presenta conciertos de cámara junto a músicos que, como ella, constituyen nuevos talentos. "Nadie me lo ha propuesto, pero hacer algo así acá sería magnífico. Yo lo vería como un hermoso aporte, pero necesitaría colaboración. Además, habría que buscar la sala porque no me lo imagino en el Colón, tendría que ser una más pequeña", explica.

Asegura que a través del repertorio que presentará en esta oportunidad, el Concierto para violonchelo y orquesta Nº 1 en La menor, Op. 33, de Camille Saint-Saêns, y Concierto para violonchelo y orquesta en La menor, Op. 129, de Robert Schumann, seremos testigos de dos facetas completamente diferentes de su interpretación. "En el fondo ambas están en mí; si no lo estuvieran no podría abordarlas, pero requiere un gran esfuerzo: cambiar el chip entre una y otra en veinticuatro horas", expresa Gabetta. "Con Saint-Saêns soy mucho más intuitiva porque fue uno de los primeros conciertos que toqué con orquesta en Europa y ha ido evolucionando conmigo, es como una experiencia de vida. Con Schumann es otra cosa, este concierto lo comencé a los 28 años y allí me muestro completamente racional. Es una obra complicada y con esta orquesta hicimos un gran trabajo que no tiene nada que ver con los Schumann tocados en los años 60. La composición del concierto es muy minimalista, extremadamente de cámara, y ése es el enfoque que le damos. No quiere decir que no suene fuerte, pero es más transparente. Considero a Schumann el compositor más complejo. Mucha gente afirma que es repetitivo porque toma un elemento y lo repite, pero lo hace porque cada vez lo desarrolla un poquito más, y allí entra la habilidad del intérprete: qué hacer con ese poquito", añade.

Aprovecha cada rato libre que tiene, especialmente viajando, para aprender sus conciertos. "Aprendo mucho sin el violonchelo, estudio la partitura como si leyera un libro, incluso con obras que he tocado mucho. Es como si volviese a meter la parte visual en la memoria, porque el gran arte de un solista consiste en tener de dónde agarrarse en el caso de que ocurra algo. Cuando uno es chico es más instintivo, de grande hay que tener más planes", explica.

A diferencia de otros instrumentos, con el violonchelo sucede algo muy de piel, semejante al abrazo entre dos personas que se aman. "Es cierta esa sensación de percibirlo como un compañero. Cuando tocás diez años un mismo instrumento sabés exactamente cómo reacciona. Es como si tuvieras una relación con una persona y sabes bien hasta dónde llegar. Un milímetro más o menos y cambia muchísimo, es como el novio, no difiere en nada", afirma la artista.

No es la primera vez que toca junto a la Orquesta de Cámara de Basilea y, a su vez, con Giovanni Antonini trabaja frecuentemente con otras orquestas y con su ensamble barroco Il Giardino Armonico. "Me entusiasma la gente que tiene tal pasión por lo que hace. Yo soy así y no es algo tan fácil de encontrar y compartir. Muchas veces la gente se mueve más por su ego que por su pasión, con un solo ensayo te das cuenta", dice Gabetta.

De que la pasión es su motor no queda duda, lo demuestra en cada uno de los temas que aborda. "Empiezo a disfrutar todo el esfuerzo que implicó mi formación. A los 33 años me sigue moviendo el mismo entusiasmo por lo que hago. Si uno pierde esa base, vienen la banalidad y, después, el aburrimiento. Los músicos, al igual que los deportistas, no podemos bajar la guardia. No sé si en veinte años más tendré la energía para seguir con la misma intensidad, pero lo que intento es que este tiempo sea siempre de crecimiento de mi propio ser", concluye. Pura pasión.

Orquesta de Cámara de Basilea

Solista: Sol Gabetta. Dirección: Giovanni Antonini.

Hoy y mañana, a las 20.30.

Teatro Colón, Libertad 621.

Entradas, desde $ 80.

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