
Eladia Blázquez, única e inhallable
En todos los corazones orientados hacia donde corresponde, la congoja por la pérdida de Eladia Blázquez va a demorar mucho en aplacarse, más tiempo todavía que la eternidad que llevará ocupar el enorme espacio dejado vacío en la música popular argentina. Fue la personalidad femenina más importante en toda su historia, por las seis décadas de inspiradora actividad, la diversidad de géneros en que sobresalió, sus condiciones de intérprete, la calidad de su obra como compositora -ella sola salvó al tango cantado de la extinción- y la discreción de su coraje.
Esos méritos fueron unánimemente señalados al día siguiente de su muerte y no quedó sin mencionar ni uno de sus títulos esenciales: "Sueño de barrilete", "Sin piel", "Mi ciudad y mi gente", "Somos como somos", "El corazón al Sur", "Porque amo a Buenos Aires", "Contame una historia", "Si Buenos Aires no fuera así" y "El miedo de vivir". La mala noticia es que no es posible escuchar esos temas en las insuperables versiones originales de su creadora, porque los long plays en que aparecieron son inhallables y nunca han sido reeditados en disco compacto.
Para alguien que comenzó a actuar en público a los 8 años y nunca dejó de hacerlo, la discografía de Eladia Blázquez es increíblemente corta: un puñado de simples con canciones españolas, algún EP en la etapa folklórica y después nada más que ocho álbumes, empezando con "Humo y alcohol", una curiosidad de 1957 que ella no mencionaba, probablemente porque -fuera de un borrador de "Retazos"- contenía muchos de los ritmos internacionales que luego abandonó.
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Su revelación como autora de lo que eran auténticos tangos, pero llamaba "canciones ciudadanas", ocurrió en la última parte de la década del 60, cuando varios cantores consagrados le grabaron "Sueño de barrilete", "Contame una historia" y "Qué buena fe", pero la evidencia de que nadie podía transmitir esas piezas mejor que ella llegó recién en 1970 con el disco "Buenos Aires y yo", donde aplicó el recurso de interpretarlas con el abandono y libertad típicos de las cantantes de jazz.
Esa maravilla de álbum, avalado en la contratapa por Homero Expósito, Cátulo Castillo y Julián Centeya, magníficamente orquestado por Federico, Garello y Berlingieri, y repleto de futuros clásicos de la música porteña, fue producido por RCA Victor y descatalogado al poco tiempo para no reaparecer jamás.
La segunda entrega, todavía más difícil de conseguir, llegó en 1973 publicada por Azur, una etiqueta independiente de corta vida para la que Virgilio Expósito -el primero en advertir el talento de Eladia cuando era una adolescente- reunió el conjunto increíble que la secundó en "Yo la escribo y yo la vendo", donde aparecieron "El miedo de vivir", "Si Buenos Aires no fuera así" y la significativa "El precio de vencer", además de "Te llaman fueye", un dúo con Leopoldo Federico que debería ser de audición obligatoria, si es que alguna vez encuentran las cintas originales.
"¿Somos o no somos?", grabado en 1975 para Trova en la etapa final de ese gran sello, corrió el mismo destino de álbum maldito, no obstante la jerarquía de los arreglos y que "El corazón al sur" y "A un semejante" figuraban en el programa. Pasaron cinco años antes de que Eladia Blázquez volviera a un estudio para "Si te viera Garay", el primero de sus dos discos en EMI Odeón, que no la conservó en su elenco, pero al menos ha mantenido en circulación "Viejo Tortoni", "El miedo de vivir", "Honrar la vida", "Gracias, a pesar de todo" y sus versiones cantadas de "Invierno porteño" y "Adiós, Nonino".
Mucho tiempo después, en los compactos "Con las alas del alma" y "La mirada", Eladia Blázquez accedió a lo que se había negado sistemáticamente: repetir algunos de los temas que, por permanecer escondidas las versiones originales de la autora, se habían vuelto famosos en otras voces, pero su canto ya no tenía la urgencia que treinta años atrás la habían consagrado como una intérprete insustituible de su propia obra en aquellos álbumes iniciales que ahora más que nunca urge recuperar, porque -como ella decía- nos representan, son algo nuestro.





