En Brasil, el gobierno es hiphopero
Gilberto Gil, ministro de Cultura, asombra
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SAN PABLO (The New York Times).- En un aula de una comunidad cercana a una favela, un maestro con calle enseña a su docena de alumnos trucos para mejorar sus técnicas de graffiti. Un piso más arriba, en una sala con aislación de sonido, otro maestro enseña a un grupo de jóvenes que piensa convertirse en raperos cómo operar equipos digitales de video y grabación.
Las escenas pertenecen a Puntos de Cultura de Brasil, programa de gobierno que ayuda a difundir el hip-hop en una vasta nación de 185 millones de personas. Con pequeñas subvenciones de alrededor de 60.000 dólares para ayudar a grupos de comunidades de los suburbios de ciudades de Brasil, el Ministerio de Cultura espera canalizar lo que ve como la creatividad latente del segmento pobre del país en nuevas formas de expresión.
El programa, que fue concebido en 2003, es una iniciativa del ministro de Cultura brasileño, Gilberto Gil. Aunque hoy sea una de las estrellas de la música popular más reverenciadas, Gil, de 64 años, al inicio de su carrera a menudo se sintió aislado y por eso siente una cierta afinidad con la cultura hip-hop emergente en Brasil.
"Este fenómeno no puede ser recibido negativamente, porque comprende grupos inmensos de la población para los que ésta es la única conexión con el resto del mundo -dijo Gil en una entrevista en febrero-. Un gobierno que no puede percibir esto no tendrá la capacidad de formular políticas que sean suficientemente inclusivas para mantener a los jóvenes lejos de la criminalidad o del aislamiento social."
Como resultado de Puntos de Cultura y de programas similares, explica Gil, "ahora tenemos a los jóvenes convirtiéndose en diseñadores, trabajando en los medios y requeridos por la televisión y los espectáculos de samba, y revitalizando los barrios degradados. Es una visión diferente del papel del gobierno, un nuevo papel".
Los cuatro elementos
Según lo ve el ministro, la cultura hip-hop consiste en cuatro elementos: MC (raperos o maestros de ceremonia), DJ, bailarines y artistas graffiteros. En Projeto Casulo, centro comunitario en una calle estrecha y ventosa a los pies de una favela, estas cuatro formas de arte están siendo enseñadas a docenas de pobladores jóvenes.
"Este programa realmente ha democratizado la cultura", asegura Guiné Silva, un rapero de 32 años que dirige el centro, mientras hace un recorrido por el lugar, una simple construcción de cemento. "Nos hemos convertido en un laboratorio multimedia. Conseguimos un poco de dinero y un equipamiento para estudio de grabación que nos ha capacitado para ser una especie de fábrica de hip-hop."
Aunque las referencias a la música son fuertes y profundas en la cultura brasileña, la idea de usar dinero de los contribuyentes para impulsar el rap y el graffiti no está aceptada universalmente. Pero como el criterio musical de Gilberto Gil es ampliamente respetado, el nivel de escepticismo y resistencia es más bajo del que podría esperarse.
"Gil todavía tiene que luchar contra otros sectores del gobierno a favor de cosas que el resto piensa que son basura alienante, pero él tiene voluntad para hacerlo, se trate de rap, funk o brega (otra clase de música considerada vulgar) -detalla Hermano Vianna, escritor y antropólogo que trabaja en programas de cultura digital-. El mira todas estas cosas sin ningún prejuicio, sino más bien como una oportunidad."
Por otra parte, algunos exponentes importantes de la cultura hip-hop en Brasil, como el rapero Manu Brown y el escritor Ferréz, se mantienen escépticos y han elegido tomar distancia del programa gubernamental. Otros participan, pero se quejan de la burocracia implícita.
"La idea es buenísima, porque habla de un nivel de reconocimiento que nunca habíamos tenido -dice el rapero Aliado G, presidente de la entidad llamada Nación Hip Hop de Brasil-. Pero la gente se frustra cuando se les aprueba un proyecto y no pueden conseguir la plata porque no saben cómo llevar adelante todo ese papelerío."
El rap brasileño, al menos como se ha desarrollado en los barrios pobres de San Pablo, la mayor ciudad del país, tiende a ser altamente politizado y despreciativo con las letras que hablan de riqueza o conquistas sexuales. En contraste, el movimiento funk en Brasil, también importado de Estados Unidos y con centro en Río de Janeiro, se centra desvergonzadamente en celebrar el sexo, la ostentación y la violencia.
"Cuando los grupos de rap de Estados Unidos vienen a mostrar sus cadenas de oro o a hacerse los gangsters, los echamos del escenario -cuenta Silva-. Tenemos afinidad con Chuck D y Public Enemy -conocidos por su actitud política-, pero no sentimos ningún respeto por gente como Snoop Dogg y Puff Daddy."






