
En el paraíso de la musicalidad
El Bingert Cuarteto y la fiesta de los vientos deleitaron al variado gusto del público
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MONTEVIDEO.- Una noche interesante y variada, aunque con algunos altibajos. Igualmente, para muchos aficionados montevideanos, la velada en la sala Zitarrosa fue como estar en el paraíso. En efecto, la presentación del Bingert Cuarteto y la gran fiesta de los vientos encontraron a un público muy dispuesto a saborear estos diferentes platos. El comienzo fue para el grupo armado ad hoc por Bingert, con Nando Michelín en piano, Popo Romano en bajo eléctrico y Oscar Giunta en batería. El ensayo por la tarde sirvió para lograr un preciado equilibrio entre la cuestión melódica y el ritmo, así como también el orden en los arreglos, cosa que no ocurrió en la muestra de los vientos que tuvieron repetidos deslices en el ensamble.
Bingert mostró ser un músico expresionista con un fraseo extremadamente móvil y fluido que va entre el estilo de Coltrane, dejado en evidencia durante las baladas, y Barbieri, expuesto en los temas rápidos. Sonido penetrante, por momentos vehemente, Bingert es un verdadero animador, pues mientras no toca, baila con extremado gusto, lo cual hace que el set se convierta en un show. En "Para la vuelta", basado en una sencilla frase melódica, desarrolló una fuerte línea rítmica de candombe abierto al que sus ataques le dieron un tono explosivo, intenso y de confrontación.
En su balada "Paco", dedicada a la memoria del pianista recientemente desaparecido, Paco Mañosa, un músico que hizo una enorme contribución al género en Uruguay, Bingert tomó una forma baladística muy coltraniana. Su sonido se hizo suavemente disfónico, y junto a la morosidad del fraseo construyó una hermosa atmósfera de intimidad.
Un momento brillante fue en el candombe "Lorenzo Cuartelli 867", donde tocó la flauta travesera y mostró una líneas de bellísima sutileza. Etéreo, grácil y de una emocionalidad contagiosa, tuvo como principal socio a Oscar Giunta, que supo edificar desde los tambores una atmósfera rítmica seductora. Luego subió el trompetista Raynald Colom, con quien hicieron "Blue Rain", un posbop de Michelín, pianista que mostró ser un compositor con muchas inquietudes y que tiene un criterio para los arreglos sanamente alejado de los lugares comunes.
El cierre fue con otro candombe, "Ultima llamada", donde el grupo sonó con una fuerza imparable. Tanto la sucesión de solos como la frase tuvieron un equilibrio atrayente, en el que se lucieron tanto Colom, con un solo de preciosa factura, como Giunta, que construyó una improvisación con varios colores rítmicos que definió con el clásico patrón del candombe y puso de pie al auditorio.
Fiesta de los Vientos
Siguió la llamada Fiesta de los Vientos, con Bachicha Lencina y Colom en trompetas, Yiyo De Oliveira y Bingert en saxo tenor, Quique Crespo en trombón, Magnone en piano, Federico Righi en contrabajo y Giunta en los tambores, presentación que tuvo momentos magníficos, como la versión de "Naima", de Coltrane, con arreglos de De Oliveira. Una propuesta acertada, pues el tema se desarrolló como en dos tiempos simultáneos: por un lado, la orquestación ágil, y, por otro, la frase a medio tiempo.
No sonaron tan seguros en otros temas, como en "Blue Room" y la versión de "Chega de saudade", realizada por la sección rítmica con Crespo de solista, que fue pobre y extremadamente larga para decir tan poco.
Lo que sí tuvo mucho sentido fue la versión en dúo de "Body & Soul", del armoniquista español Antonio Serrano, con Pelo de Boni. Serrano mostró que con la armónica respira una verdad de fuerte sesgo emocional. Quizá por la corta distancia entre la boca y la salida del sonido, el sentimiento suena tan evidente. Lo cierto es que fue un verdadero oasis en la noche, que tuvo al jazz clásico nuevamente como protagonista.
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