En un desierto exótico y descartable
"Afrodita, el jardín de los perfumes" (Argentina-Malí/1998). Fotografía: Carlos Essmann y Carlos Ferro. Sonido: Pablo Sala. Intérpretes: Issa Coulibaly, Alejandro Da Silva, Karamoko Sinayoko y Hama Maiga. Guión y dirección: Pablo César. Duración: 91 minutos. Nuestra opinión: mala.
1 minuto de lectura'
Resulta muy difícil no abordar esta película desde la irritación, la burla o el improperio fácil. Si es cierto que cualquier obra artística merece en primera instancia una mirada atenta y respetuosa, Pablo César parece haber hecho todo lo posible para que "Afrodita..." ni siquiera se gane el derecho a ser tratada como tal. Siempre dispuesto a las grandes aventuras (ya filmó en Túnez y en la India), César decidió ahora trasladar la clásica "Teogonía", de Hesíodo, al Africa Negra.
Rodada en Malí, la película se centra en las desventuras de Afrodita (la diosa del amor, aquí convenientemente transformada en hombre) y su relación con los otros dioses de la mitología griega. Esto es, por lo menos, lo que sostiene la voz en off (que explica los hechos en un idioma denominado "lengua afrodita", mezcla de griego y latín, inventado por el propio César), ya que las imágenes por sí mismas no tienen ningún valor narrativo.
Los desconcertados actores contratados en Malí miran y recitan a cámara sin saber realmente qué es lo que tienen que transmitir. Así, cada plano se convierte en un verdadero suplicio de hasta dos o tres minutos en los que el espectador debe acudir a los subtítulos para comprender qué está ocurriendo.
César apela a una ¿estética? desprolija, con una cámara permanentemente en mano que siempre se mueve de manera violenta, provocando una sensación de incomodidad. Pero si en esta decisión se esconde alguna búsqueda formal que este crítico fue incapaz de descubrir, todavía más complicado resulta poder explicar por qué en numerosas tomas César opta por encuadres en los que las cabezas de los protagonistas aparecen cortadas.
Entre primeros planos de hombres desnudos y escenas supuestamente eróticas y oníricas, César desperdicia incluso el aprovechamiento de todalabelleza que podrían haberle proporcionado las zonas desérticas de Malí.
Para colmo, el realizador pone como omnipresente fondo sonoro el ruido de una tormenta desértica, mientras no se ve ni un grano de arena y ni una sola hoja de un árbol se mueve. Está claro que si hay algo que César no pretende es la verosimilitud.
Así, entre planos que parecen interminables, compaginadoscon una rusticidad que ni siquiera esdignade un principiante, transcurre un film que, bajo el velo de una obra culta y ambiciosa, no es más que un producto tan exótico como soporífero y descartable.






