
Entre el dark y el romanticismo
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Ballet Contemporáneo del Teatro San Martín. Con dirección de Mauricio Wainrot. Programa: Intemperie, con coreografía de Diana Thecharidis y música de Pablo Ortiz; escenografía; vestuario, Luciana Gutman. Syracusa, con coreografía de Carlos Casella y música de Diego Vainer; escenografía de Mariana Tirante y vestuario de Pablo Ramírez. Chopin, número 1, con coreografía de Mauricio Wainrot y música de Chopin; vestuario, Mini Zuccheri. Iluminación, en las tres piezas: Eli Sirlin. En el Teatro Presidente Alvear. Funciones: miércoles, a las 14; viernes y sábados, a las 21; domingos, a las 17.
Nuestra opinión: excelente
Algo debe la producción de Diana Theocharidis a Giacinto Scelsi, compositor de culto alrededor de cuya estética la coreógrafa experimentó en sus años de formación; ahora, un poema suyo le inspira la gestación de Intemperie , la pieza que abre el nuevo y exultante programa del Ballet Contemporáneo del San Martín. Viento, frecuente apelación al piso y una alternancia de marchas cotidianas con diseños corporales conforman la andadura de esta obra de neto cuño contemporáneo.
Hay seres que se insinúan y desaparecen, que se encuentran y se separan en un paisaje árido, sólo habitado por el viento, hasta que esta sucesión de individualidades o de pequeños grupos confluye en un unísono coral con los doce bailarines participantes. Cabe exaltar una auspiciosa madurez en la evolución de Theocharidis, evidenciada en una mayor flexibilidad del trazado general de su invención y en una intensificación dinámica que encuentra en la base sonora del talentoso compositor argentino Pablo Ortiz (vibráfono, chelos y base electroacústica) un ritmo sostenido y vibrante.
De otra galaxia
La obra de Carlos Casella que le sigue procede de otra galaxia; no se advierte, en apariencia, la posible afinidad entre su propuesta dark y las resonancias homéricas del texto de Baricco en el cual se inspira la pieza, pero atrapa por el desenfado para arañar lo kitsch en climas que invocan, con ferocidad irónica, a los tics del mundo de lo fashion . El despliegue coreográfico inicial desemboca en un dúo sobre un tapete rojo (que se continúa en un panel frontal, también rojo, al fondo) y que acaba en una suerte de rito satánico o acaso el final de un duelo, puñalada incluida. Una irresistible fascinación visual (sofisticada ropa oscura, anteojos negros) provoca el vestuario de Pablo Ramírez y del propio coreógrafo, que reserva -precisamente por "ausencia" de vestuario- una sorpresa tardía: el solo de Carolina Capriati, en una jugadísima performance corporal en onda Gatúbela.
El Chopin número 1 que cierra la velada retrotrae la atmósfera a un universo galante: con las siete parejas del preámbulo, Mauricio Wainrot ejercita su mejor vena neoclásica, con sutiles toques actuales, todo enfundado en un sobrio vestuario de Mini Zuccheri (negro con detalles azules). Dúos, tríos y sextetos van desgranando la prodigiosa partitura chopiniana que, si bien no fue concebida para la escena, da lugar a que la danza la transite con fluidez. El dúo de Sol Rourich y Leonardo Otárola, en el andante del segundo movimiento, alcanza el áspid del lirismo romántico que Wainrot, con ostensible musicalidad, reinterpreta en esta acabada creación. El elenco del Ballet le responde con versatilidad y rigor, en uno de sus mejores momentos.
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