
Entre la performance y la catarsis emocional
En el Carnegie Hall, ofreció un puñado de canciones descarnadas ligadas a su presente sentimental, a la par que se realiza una retrospectiva de su obra en el MoMA
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NUEVA YORK.- "Deseo sincronizar nuestros sentimientos" canta Björk con su inglés rústico en "Stonemilker" tema que abre Vulnicura y también dio comienzo a su presentación en el Carnegie Hall. La artista islandesa subió al escenario con un vestido de novia y una especie de velo de espinas plateadas que apenas dejaban ver su rostro. La conexión biográfica es inevitable: Vulnicura fue compuesto en torno a su reciente ruptura con Mathew Barney y el uso del tiempo presente en la palabra "deseo" no hizo más que resaltar el carácter devastador de la situación.
La primera mitad del concierto estuvo dedicada íntegramente al disco que se encuentra presentando. Sus canciones, dominadas por los arreglos de cuerdas que funcionan mejor en vivo que en estudio, se construyeron como cantatas desoladoras que tuvieron a Björk muchas veces dominada por la emoción. Con su voz quebrada y recurriendo a las proyecciones para retomar la letra, cada melodía adquirió un nivel de dramatismo difícil de imaginar en la obra de una artista que ha hecho del avant-garde pop su bandera. Sobre el escenario, no hubo más que los músicos que la acompañan e imágenes que representaban los sonidos sobre la pared de fondo. Björk desnudó su corazón y para eso necesitó alejarse de la grandilocuencia de Biophilia.
"Black Lake", una pieza en la que las percusiones de Manu Delago comenzaron a tronar como explosiones, fue el comienzo de la purgación. Un crescendo perfectamente logrado de más de diez minutos que conformaron el punto más alto del segmento. "Family" y "Notget" se sucedieron entre agradecimientos tímidos y ademanes mínimos. No hubo lugar a coreografías establecidas ni discursos extendidos y apenas una reverencia al público marcó el comienzo del receso.
"El placer es todo mío, de finalmente poder dejar ir y defenderme", fueron los versos elegidos por Björk con nuevo atuendo y nueva actitud: cara descubierta, vestido corto y ajustado ahora es una mujer soltera que quiere salir a bailar y una seguridad aplastante en cada frase. Las programaciones de Arca ganaron terreno para sonorizar la energía post liberación, la pared de fondo se cubrió de proyecciones en "Come To Me" y el público rompió en aplausos durante lo que quedaría del show. Para "I See Who You Are" y "Quicksand" (otro tema nuevo), la yuxtaposición de cuerdas, secuencias, sintetizadores y beats industriales dominaban por completo el clima mientras Björk acaparaba todo el escenario a paso firme. Capaz de mixturar con maestría el trip hop con composiciones atonales y de samplear coros renacentistas durante toda su carrera, el sábado hizo de su biografía una performance catártica en tiempo real. La otrora mujer-cisne, se encuentra actualmente mucho más cerca del Lennon más expuesto ("Everybody Has Something To Hide Except For Me And My Monkey") que del impersonalismo kraftwerkiano ("The Man Machine") en una nueva muestra de su eclecticismo infinito.
Los agradecimientos vinieron acompañados por una sonrisa sobre el final infalible con "Harm Of Will" seguida de "Wanderlust" y Björk se retiró dando pequeños saltos de alegría adolescente.
El Carnegie Hall fue testigo de un ritual del más sincero expresionismo pop consumado sobre su propio escenario. Björk catalizó sus dolores en un mediodía que partió en dos su vida y también el invierno más frío que haya vivido Nueva York desde 1950.





