Equilibrio perfecto entre la intensidad y la precisión

Stefan Vladar, en su doble función: pianista y director
Stefan Vladar, en su doble función: pianista y director Crédito: Liliana Morsia
Virginia Chacon Dorr
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15 de noviembre de 2018  

Orquesta de Cámara de Viena. Director y solista: Stefan Vladar (piano). Obras de Igor Stravinsky, W. A. Mozart, Arvo Pärt y Edvard Grieg. Mozarteum Argentino. En el Teatro Colón. Nuestra opinión: muy bueno

La Orquesta de Cámara de Viena, con Stefan Vladar como director y solista, cierra la temporada 2018 del Mozarteum Argentino con un programa tan diverso como atractivo. Solo un conjunto con una trayectoria estable y un sólido trabajo puede visitar tan variadas expresiones estéticas con uniforme calidad y atención al detalle como lo hizo esta orquesta.

El recorrido del programa discurrió en un vaivén entre el siglo XX, el clasicismo y el romanticismo. El inicio estuvo dedicado al Concierto para cuerdas en Re mayor de Igor Stravinsky. Esta obra tiene la particularidad de entrelazar una forma antigua con un nuevo lenguaje: el concerto grosso barroco con el inconfundible neoclasicismo del siglo XX. La orquesta y el director supieron comprender las demandas de la pieza e interpretarla con gran resolución técnica y precisión en las alternancias.

Como puntos de enclave en ambas partes de la noche se encontraron obras de W. A. Mozart. En la primera fue el Concierto para piano y orquesta Nº 12, con el director como solista, que cumplió ambas funciones desde el instrumento. El trabajo fue impecable; la aparente simpleza de los temas se entrelazó con naturalidad en una orquestación desafiante y bien resuelta. Vladar reforzó los tutti ante la ausencia de vientos, y las secciones solistas fueron realizadas con soltura. Las cadenzas, principalmente la del Allegro, tuvieron una impronta personal, con elaboradas manipulaciones del tempo y expresivos silencios. La primera sección del programa la completó Vladar con un encore, la Consolación Nº 3 de Franz Liszt, en el que pudo extender su concepción profundamente dramática de la interpretación al piano.

En la segunda parte de la noche, la pieza central de W. A. Mozart fue el Divertimento en Re mayor KV. 136. La ejecución fue una extrapolación sonora de una pieza de relojería suiza (o vienesa, en este caso), con especial concisión en las texturas del Presto. Antes del Divertimento, la Orquesta interpretó Silouan's song, de Arvo Pärt. La profunda belleza de esta pieza, construida a partir de una reducida paleta de elementos, fue proyectada a través de un sonido pulcro y un minucioso manejo de las dinámicas. Sin la colaboración del ruido ambiente (que obviamente excede a los músicos), el resultado fue una intensa plegaria declamada por las cuerdas, sin artificios de solemnidad.

El cierre de la noche estuvo dedicado a la Suite de los tiempos de Holberg, de Edvard Grieg, una obra que, como en el caso del concierto de Stravinsky, mira a los modelos del pasado con un lenguaje musical que apunta al futuro. La actuación se ajustó a las danzas contrastantes, con una exigencia técnica que llegó a la cumbre en el Rigaudon, en el que el concertino Wolfgang Redik se lució. Con sentido de la oportunidad y generosidad, la orquesta ofreció fuera de programa el Andante de la Casación K.63 de Mozart, a modo de -y en palabras del director- "beso de buenas noches".

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