Erotismo vacío y sin emociones

"Sin límites" ("Bound", EE.UU./1996). Producción en colores, hablada en inglés, presentada por Líder Films. Música: Don Davis. Fotografía: Bill Pope. Intérpretes: Jennifer Tilly, Gina Gershon, Joe Pantoliano, John P. Ryan y otros. Guión y dirección: Larry y Andy Wachowski. Duración: 108 minutos.
"Sin límites" ("Bound", EE.UU./1996). Producción en colores, hablada en inglés, presentada por Líder Films. Música: Don Davis. Fotografía: Bill Pope. Intérpretes: Jennifer Tilly, Gina Gershon, Joe Pantoliano, John P. Ryan y otros. Guión y dirección: Larry y Andy Wachowski. Duración: 108 minutos.
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3 de septiembre de 1998  

"Sin límites" está muy bien filmada, pero no es una buena película.

¿Cómo se explican estas dos contundentes y contradictorias afirmaciones? Basta con analizar el brillo formal, la deslumbrante artillería técnica que ofrece y, simultáneamente, sentir (sufrir) la falta absoluta de sensibilidad, de ingenio dramático que demuestran los realizadores. Estamos en presencia de un hermoso envoltorio, pero al abrirlo descubrimos un problema (y qué problema): adentro no hay nada.

Todo en "Sin límites" resulta artificial, empezando por los elementos que ni siquiera tienen que ver con el contenido estricto de la película: se promocionó como el primer thriller erótico en el que las heroínas son claramente lesbianas y, gracias a esta consciente jugada de marketing, el film provocó cierto revuelo a la hora de su estreno norteamericano. Los directores Larry y Andy Wachowsky también apelaron a una movida estratégica: se autodenominaron "The Wachowsky Brothers", para que se los asociara a otros talentosos dúos, cuyos nombres constituyen una suerte de marca de fábrica: los hermanos Hughes o los hermanos Coen.

Este intento por identificarse con los realizadores de "Fargo" no es para nada casual: "Sin límites" tiene muchos (demasiados) puntos de contacto con "Simplemente sangre", la ópera prima de Joel y Ethan Coen. Es más, en este debut de los hermanos Wachowsky no hay un solo atisbo de originalidad y sí, en cambio, constantes apelaciones ya no sólo al cine de los Coen, sino también a "Bajos instintos" (aquí el elemento que reaparece no es un picahielo sino una pinza que se utiliza para cortar dedos), al cine de John Dahl y al director más copiado de la década: Quentin Tarantino.

La trama del film puede resumirse en una sentencia (dos lesbianas engañan a la mafia para quedarse con un botín de dos millones de dólares) porque los Wachowsky -también responsables del guión- sólo parecen interesados en demostrar cuán talentosos son a la hora de plantear una puesta de cámara, de encontrar el encuadre más complejo o de apelar al último truco de montaje. Sufren de un mal que, con mucha razón, ha sido definido como "el síndrome escuela de cine". Están tan preocupados por demostrar todo lo que saben que se olvidan de lo esencial: contar una historia, delinear un personaje. Entretener. Emocionar.

Las protagonistas son Jennifer Tilly (la gran intérprete de "Disparos sobre Broadway) y la bella Gina Gershon ("Showgirls"). Que sus actuaciones resulten exageradas, estereotipadas, poco convincentes, no es por falta de capacidad, sino porque los personajes en ningún momento salen de la maquieta. Corky (Gershon) trabaja como plomero, es ruda, calza una ajustada musculosa debidamente engrasada y siempre tiene una cerveza en la mano. Violet (Tilly) es una mujer dulce y conflictuada, delicada y sensual, que vive sometida por un típico mafioso de poca monta, tan torpe como celoso e irascible (Joe Pantoliano).

Así planteadas las cosas, sólo queda espacio para el lucimiento de ese gran director de fotografía que es Bill Pope. Claro que su descomunal trabajo con la luz, los colores y las texturas se pierde por los amanerados artificios de los realizadores. Por eso, hasta una toma de casi 90 segundos, excelentemente iluminada y con un atinado movimiento de cámara envolvente, en la que Gershon y Tilly juegan una (supuestamente) fogosa escena de sexo, termina en la nada porque los directores la recargan con gotas de sudor, exagerados jadeos y fingidos rostros de placer.

Entre tanto exhibicionismo formal mal entendido y la evidente incapacidad para trascender las fórmulas temáticas ya probadas por sus contemporáneos, habrá que esperar de los hermanos Wachowski un atributo nada fácil de encontrar en muchos de los cineastas surgidos en los años 90: un poco de humildad.

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