Esa extraña costumbre gallega, el minifundio
Como si nada, propiedades de unos subsisten en tierras de otros
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ORENSE (Especial).– "Miña terra, miña terra/ Terra donde m’eu criey/ Ortiña que quero tanto,/ Figueiriñas que prantey./ Prados, rios, arboledas,/ Pinares que move ó vento,/ Paxariños piadores,/ Casiña dó meu contento…" Los versos pertenecen a Cantares gallegos y su autora es Rosalía de Castro, acaso el máximo referente de Galicia en poesía ligada a la tierra. Porque, además de haber sido el pueblo gallego el emigrante por excelencia de toda España, o quién sabe si por esa misma razón, la raigambre a su tierra de origen es extraordinariamente fuerte. Y si de tierra se trata, la tierra que Rosalía siente tan suya... ¿sería realmente de ella? ¿Sería suya, por ejemplo, la tierra en la que plantó su tan querida figueiriña o higuera? ¿O sería en realidad propiedad de algún vecino? ¿Y su ortiña o huerta? Porque el catastro gallego es algo así como una caja de Pandora. Créase o no, la mismísima Rosalía podría haber sido propietaria de una higuera en tierras ajenas. O de un pino, de una viña o hasta de una construcción. Y viceversa: en su territorio podría existir alguna mínima propiedad de algún vecino.
Así es el caso de Xosé Manuel Domínguez Alvarez, de Figueiredo, pueblo perteneciente al municipio de Coles, en Orense: en sus tierras, una persona tiene una viña y una vecina medio hórreo, esa especie de depósito de granos con forma de chalecito (con techo de tejas y todo) típico de Galicia, hoy entre monumento histórico y decorativo. Claro que este hombre tampoco se queda atrás: él es el dueño del roble que está frente a su casa..., pero fuera de su propiedad, nada más que "por el placer de verlo; porque es el más grande y el más alto". El roble se ve muy bien desde las ventanas del frente de la casa. "¡Qué más da!"
Al límite con lo irreal
El caso de Domínguez Alvarez se multiplica hasta el hartazgo, o hasta el límite con lo irreal, gracias a una modalidad tan característicamente gallega como el hórreo o tan representativa de esta geografía como la poeta Rosalía de Castro y sus versos: el minifundio.
También en Figueiredo, a pocos metros de la finca de Domínguez Alvarez, Paco sí que está en problemas, porque el frente de su casa está irreparablemente afeado. Justo delante de su vivienda, hay otra que parece más bien un montón de piedras arrumbadas. Pero, por supuesto, esta ruina no se puede tocar porque es propiedad de otro vecino, que la heredó de sus suegros y ni la vende ni la repara.
Muy parecido es el caso de Andrés Balado. Su finca está entre las más prolijas del pueblo, tanto por sus rosales como por sus viñas, pero justamente delante de sus uvas relucientes yace un cementerio de hórreo: más piedras arrumbadas y en un trozo de tierra tan minúsculo que su dueño no podría construir nada allí aunque quisiera, porque la ley lo prohíbe.
Opina el ex alcalde
"Hay un dicho que sentencia: Si metes una vaca en una parcela hace sus necesidades fuera", bromea Eladio Pérez Moure, alcalde de Coles durante 24 años y un experto en un tema con el que le tocó lidiar como político y como propietario. Pero, más allá de que el tema dé para bromas, lo cierto es que toda Galicia se rige por un minifundio que es consecuencia del reparto en las herencias, según explica Pérez Moure.
Y sigue: "Esto procede de las herencias porque, al morir los padres y hacer la partición, todos los hijos reciben un trozo, por más chico que sea, y entonces quedan trozos de tierra realmente minúsculos. En Cataluña, por ejemplo, esto no pasaba porque la herencia era para el hermano mayor, que se quedaba con la tierra y les pagaba los estudios o el pasaje a América a los otros hermanos. Pero en Galicia se dividía y se divide por partes iguales".
Más complicaciones
Como si esto no complicara ya demasiado las cosas a los vecinos de Coles en particular y de Galicia en general, es frecuente que el supuesto propietario del trozo de tierra no coincida con quien lo explota. "Muchas veces se acerca al municipio un vecino para preguntar de quién es, por ejemplo, la viña que está dentro de su finca, y suele pasar que cuando se le informa el nombre del propietario no coincide con la persona que la está trabajando, porque seguramente también la heredó y la herencia aún no está asentada en el catastro", explica Pérez Moure.
Para resolver la situación, empezaron a realizar la concentración parcelaria, que consiste en reagrupar estratégicamente parcelas de tierras, para que cada vecino pueda por fin tener su patrimonio unido, y no tenga trozos desperdigados por doquier. "Entre 1957 y 1958 comenzó la concentración parcelaria en San Juan de Coles… y hoy las tierras que fueron reubicadas están nuevamente divididas, y en más trozos que antes", detalla el ex alcalde del Partido Popular, pero enseguida agrega que este objetivo se logró en La Coruña, el único sitio de Galicia donde el minifundio está casi extinguido.
Así las cosas, quién sabe, en Figueiredo, Domínguez Alvarez podrá hacerse en lo inmediato con la viña y el medio hórreo ajenos que están dentro de su finca. Porque, además, cuesta menudo presupuesto comprar los trozos ajenos para completar la propiedad. Es que, por ser tan buscados, aunque sean minúsculos, son cotizados como un tesoro. Se suele decir por estos lados que un metro cuadrado en medio de una finca de Figueiredo puede costar tan caro como un metro cuadrado en el parque de San Lázaro, un área de las más acomodadas de Orense. Y esto en el extraño caso de que quieran ser vendidos. Porque, según reconoce Pérez Moure en alusión a la tan popular retranca del gallego, en estas tierras "si necesitas algo lo tienes que pagar a precio de oro".





