
Eva Franco, actriz con mayúsculas
Allá por 1937 (año más, año menos) un gran éxito de la temporada porteña fue "Joven, viuda y estanciera", de Claudio Martínez Payva, en una sala de la calle Corrientes que pudo haber sido el Astral, quizá. Mis padres, espectadores infatigables, me llevaron a verla a una función matinée. Quedé muy impresionado. Menos por la obra, bastante previsible aunque entretenida, que por su protagonista. Era Eva Franco.
Hasta ese momento yo casi no había visto otra cosa que sainetes, o bien esos espectáculos cómicos todavía linderos con el circo, con personajes caracterizados hasta la deformidad, con narices monstruosas, pelucas improbables, maquillajes exagerados que la cruda luz blanca resaltaba aun más, ropas carnavalescas. Las obras "serias" no se consideraban aptas, supongo, para chicos.
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Mi padre me había advertido: "Nadie en el teatro argentino despliega la riqueza de tonos, de matices, de Eva Franco". Tenía razón. No sólo me entretuvo la previsible historia de la estanciera víctima de unos sinvergüenzas y rescatada por la devoción silenciosa de un capataz enamorado, sino que comprobé la verdad del aserto paterno. La actriz manejaba su voz con la flexibilidad de un instrumento musical, le arrancaba los acentos justos y, sin poder precisarlo todavía, a mi temprana edad, percibí también un exacto manejo del tiempo, de los tiempos, otro don musical.
Hay una escena, cuando por fin el capataz (era Fernando Ochoa, el famoso recitador gauchesco) confiesa su amor secreto por su patrona y ésta comienza a recordar episodios de infancia donde aquél pudo estar presente. La gracia está en que sistemáticamente los recuerdos no coinciden. Por el estilo de (estoy imaginando, no es el diálogo auténtico, pues no tengo el libreto a mano):"¡Ah!, usted era aquel que me salvó cuando el coche se volcó en el arroyo...". "No -le contesta él- yo era el que la ayudaba a atravesar los alambrados cuando usted iba a buscar al ternero extraviado". Y así un buen rato, hasta que todo se aclara y el amor triunfa, claro.
Y bien, de esa escena, acaso trivial, la Franco -bien acompañada por Ochoa, justo es decirlo- hacía una filigrana de sutiles gradaciones, de la certeza a la duda, del asombro al temor de la revelación, de la autoridad de patrona al consentimiento de la mujer también enamorada. Han pasado tantos años y no lo he olvidado.
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Mucho después conocí personalmente a Eva Franco, cuando Oscar Barney Finn filmó un cuento de Mujica Laínez, "El salón dorado". Le conté mi recuerdo de "Joven, viuda y estanciera", y le gustó. Solía contarme anécdotas de una vida consagrada, desde los cinco años, al escenario. Su padre era también actor, José Franco, a quien conocí cuando él ya estaba obligado a hacer característicos. Me impresionó esta historia: su padre poseía la colección completa de dos revistas de teatro que en los primeros decenios del siglo publicaban, en Buenos Aires, los libretos de las piezas estrenadas en cada temporada. Un verdadero tesoro. Cuando don José murió, su otra hija, también actriz, Herminia, quemó el contenido de esas bibliotecas. "Por qué lo hizo mi hermana, no lo sé -comentaba Eva-; tal vez uno lo hace, cuando muere alguien, por desesperación."







