Evita, entre infinitas palabras

(0)
24 de octubre de 1996  

Buena. "Eva Perón" (Argentina, 1996), presentada por Líder -Aleph-, en el Ocean, Gaumont, Atlas Santa Fe, Belgrano, General Paz, Patio Bullrich, Rivera Indarte. Guión: José Pablo Feinmann. Fotografía: Juan Carlos Lenardi. Música: José Luis Castiñeira de Dios. Dirección de arte: Miguel Angel Lumaldo. Vestuario: Leonor Puga Sabaté. Maquillaje: Jorge Bruno. Montaje: Sergio Zottola. Intérpretes: Esther Goris, Víctor Laplace, Irma Córdoba, Cristina Banegas, Pepe Novoa, Horacio Roca, Enrique Liporace, Leandro Regúnaga, Danilo Devizzia. Dirección: Juan Carlos Desanzo. 110 minutos. Para todo público.

Lo más cautivante de una biografía cinematográfica es la capacidad de la imagen para invertir y tergiversar las normas del género. No es la propuesta de Juan Carlos Desanzo en este rutinario, discursivo y medroso retrato de Eva Perón. Desde el título, "Eva Perón", la propuesta es un realismo llano y poco imaginativo. Es de extrañar esta actitud en Desanzo, un director más bien acostumbrado al arrebato de los costados más riesgosos de la cámara y de la capacidad de ésta para decir mucho con pocas palabras. Pero el film abunda en verbosidad hasta convertirse en una "película-arenga". Esta cualidad en contra atenta contra la naturalidad del relato y constriñe tanto al director como a su protagonista, Esther Goris, que lucha contra los parlamentos aprendidos de memoria y la necesidad de expandirse como actriz, con espontaneidad y capacidad para representar la humanidad de otro desde la suya propia, que es mucha.

Eva sigue produciendo en la ficción tanto miedo como en su tiempo en la realidad: nadie -ni el director ni el guionista- se atreve con la mágica locura que reinaba en su trayectoria.

Se extrañan aquí biografías cinematográficas tales como la de Frida Kahlo por Paul Leduc o la de Tchaikovsky por Ken Russell o la del Mono Gatica por Leonardo Favio, y hasta la muy "tópica" (y hoy vencida) de Chopin con Cornel Wilde, con aquellos excesivos chorros de sangre tuberculosa sobre las teclas de la "Polonesa".

El realismo y el encorsetamiento en la exposición -los llaman "respeto al personaje"- envilecen al retratado y lo descienden a la deshumanización, tal como ocurre aquí, donde Eva-personaje es producto de infinitas palabras: las suyas y las que dicen los demás sobre ella.

Momentos

El carácter de la señora de Perón es tomado en la narración en los últimos años de su vida: en la Argentina hay clima de golpe de Estado (el del general Menéndez) y la protagonista es propuesta por la CGT para ocupar la vicepresidencia de la Nación. Desde esa tela menuda, la acción viaja por lo menos cuatro veces al pasado, primero para describir la muerte del padre de Eva-niña y el descubrimiento de que hay mujeres a las que la sociedad considera "mejores"; luego para sentarla a una mesa del Pedemonte con John W. Cooke, cuando éste la alecciona en materia de dictadura y revolución; pasando por el desprecio de las damas de beneficencia y la recomendación de Eva de poner a su madre, doña Juana, al frente de la asociación; el encuentro con Perón, la primera vez, en el Luna Park, los días del radioteatro, la salida de Perón al balcón, el 17 de octubre de 1945. Los momentos habituales de todas sus biografías.

El discurso verboso de la señora no ahorra vulgaridades -ya había ensayado este carácter Esther Goris, aunque de espaldas, en "Las cosas del querer II", de Jaime Chávarri-, que en la primera mitad aprovecha un sonoro y querible "¡che!", que luego olvida, y pasa del tono feminista ("En la Argentina de 1935 yo era pobre, provinciana y encima mujer") al pulso setentista: "La revolución también se hace con miserables", le suelta a Enrique Santos Discépolo, y se pregunta: "¿Qué somos, otro gobierno constitucional y nada más?", y propone armar al pueblo con los fusiles que llegaron de Holanda y se guardan en la CGT. El general, con otra sensatez, ordena llevarlos al Arsenal Esteban de Luca.

La figura de Perón emerge crítica desde el guión y desde la relación de éste con su esposa, con quien habla poco, ama casi nada, conoce apenas y aprovecha menos de lo que se dice. Víctor Laplace hace un gran esfuerzo por dar el parecido físico y lo logra, pero ante la carnadura del viejo presidente se arruga y se lo ve cuidadoso, no más allá que para dejar bien parada su condición de excelente actor.

El libro -la biografía- se deja llevar por un par de descuidos, narrativos claro, porque en materia de transcripción textual, la vida de Eva Duarte de Perón parece genuina y personal, aun en la vocación por dibujarla finalmente revolucionaria (aunque el film, por otro lado, se descuida con una melindrosa presencia de Américo Ghioldi y ni se mete con Alfredo Palacios).

Aquellos descuidos tienen que ver con el muy reiterado recurso de utilizar palabras-gozne para anudar el presente con el pasado y con la imposible creación de la guía social del peronismo, en el momento de citar a uno por uno y por el apellido a todos los interlocutores.

Cuando éramos chicos se nos ponían las carnes de gallina al ver "El grito sagrado" (Amadori) y otras, cuando los vocativos se dirigían a Blas Parera y a Vicente López y a Remedios de Escalada y los Alvear, en una contundente y escolar guía práctica de la Revolución de Mayo y adyacencias. Pasaron más de cuarenta años y no se puede superar el gastado dispositivo.

Estatismo visual

A tales deslices conduce el realismo despreocupado de que las virtudes de la imagen son para crear poesía y metáfora y para no desmerecer el entendimiento amplio y la emoción sincera del espectador. ¿Por qué los personajes viven tanto en planos sueltos y no conviven frente a una cámara que los envuelva y encierre como una sinfonía en la humana sensibilidad del plano conjunto? Desanzo prefiere el estatismo visual -cierra el film con un fotograma congelado, igual que todo, pero todo, el cine internacional de esta hora- y se aferra, a última hora, en la confianza que da el montaje de planos sueltos.

Justamente, por lo opuesto, hay dos momentos (¿los únicos?) que alcanzan vigorosa intensidad dramática: el encuentro de Eva y Perón en el Luna Park y los diálogos entre Eva y Paco Jaumandreu (excelente Horacio Roca), íntimos, gracias al desgarrado sentimiento que pone Esther Goris, en textos recreados desde la anécdota y no desde la historia, y porque el director los junta en el cuadro, al menos así lo recuerda este cronista, que esperaba esta realización de Desanzo con gran ansiedad. La promesa de una Eva Perón contradictoria no viene acompañada por una imagen ambigua y tan desproporcionada como fue el personaje.

Mientras tiene misterio y potencia ese Perón de espaldas que invoca a la multitud invisible, el 17 de octubre del 45, no ocurre lo mismo con el "desnarizado" y deselectrizado Discepolín que hace el voluntarioso Danilo Devizzia, tan diverso del retrato que tenemos del poeta de "Cambalache". Una prolijidad más digna de un periodista que de un cineasta y un decoro que bordea la intimidación y la obviedad le confieren al film un seguro éxito en una audiencia poco exigente y entre los más chicos, a quienes seguramente convencerá.

El producto tendrá un merecido éxito económico -la imagen no evidencia un gasto abultado de dinero- sostenido en la ausencia de riesgo creativo, en la música querendona de Castiñeira de Dios, en la eficaz fotografía de Juan Carlos Lenardi, en el inventariado trabajo artístico de Lumaldo y Leonor Puga Sabaté y en el muy espléndido maquillaje de Jorge Bruno. Los actores no sólo aportan parecido con sus retratos; creen en lo que hacen.

MÁS LEÍDAS DE Espectaculos

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.