
Southfest, Puerto Madero Sábado 9 de abril | Estadio Luna Park Miércoles 13 de abril
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Una banda contagiosa y la electrónica sonando en vivo
Digamos que se podian esperar muchas cosas: la prepotencia festivalera de una banda con fama de floorfiller (o, mejor, de "agitadores de masas"), la contundencia de sus hits, el magnetismo de dos polos de atracción escénica como el cantante negro Maxi Jazz y la tecladista rubia Sister Bliss… Y todo eso se cumplió. En la primera de las jornadas, ellos, los Faithless fueron el número central de Southfest, un festival que los excedió: su sonido corporal, físico, quedó encerrado por la ansiedad clubber que arrancó con el set de Hernán Cattaneo (algo temprano para un disc jockey tan masivo y asociado a trasnoches) y siguió con una demostración más que efectiva de algo del mejor presente de la música bailable, en una pista con más de 20 mil dancers, y la combinación de un Sasha volcado a la computadora y un Digweed disparando cds: ¡nada de bandejas! Es decir, Faithless tuvo que bailar con la más fea: con bajo, guitarra y batería, con toques de reggae y hasta de pop, debieron conjurar la vocación de baile progresivo de la multitud. Lo hicieron, a su modo, especialmente cuando levantaron temperatura con algunos de sus tantos dance anthems (himnos dance), sostenidos por las memorables y contagiosas líneas de teclado de Bliss ("God Is a dj", "We Come One").
Distinta fue la apuesta tres noches después, en su show exclusivo en el Luna Park. Ahí pudo comprobarse que, como banda en vivo, son más que una ligera adaptación de Massive Attack. De hecho, esa presentación puede ser comparada con la de la banda de Bristol en el Festival bue o, más lejos en el tiempo, con aquel debut de Chemical Brothers tocando en vivo en Museum o, más reciente, a lcd Soundystem el año pasado: una puesta solvente, firme, de una banda con fama de "electrónica". Allí, de cerca, se vio al baterista apurando un pulso ajustadísimo con la dificultad de llegar a la precisión de una máquina, a un segundo vocalista aportando timbres y especialmente a un cantante jamaiquino que maneja la tradición negra y a una tecladista (sí, otra vez Bliss) que, además de carisma, aporta esos colchones de sonido que son la plataforma que define a Faithless. Después de su festejado show, queda para el debate musicológico cuánto vale comprobar que una banda bailable sabe y puede tocar en vivo pero… difícil debatir mientras todos están bailando, ¿no?
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