
Groupies y ansiolíticos a los 18. Cómo cuatro embriones de los suburbios ricos de Chicago saltaron al estrellato punk pop.
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Todavía brillando con el sudor posterior al show, Pete Wentz –bajista, letrista y cara linda de Fall Out Boy– camina por el lúgubre pasillo del backstage. “Mejor me despido ahora”, advierte, dirigiéndose a la salida del edificio de ladrillos que alberga la presentación de esta noche, un club en Manchester, Inglaterra. “Va a estar agitado con todas las fans ahí afuera.” Se ajusta una bufanda rosada y brillante alrededor del cuello, empuja una puerta pesada y se entrega a una ovación en masa. Afuera, se ve la clase de noche de Manchester que llevó a Morrissey a escribir canciones sobre chicas gordas: la lluvia cae en gotas heladas desde una sola, interminable nube gris.
No hay más de tres chicos en la puerta del Manchester Academy, y ninguno de ellos siquiera mira de reojo a Wentz. Al principio se sorprende, pero luego estalla en una sonrisa de rey que regresa al hogar. “Mirá esto”, dice, señalando a una multitud inexistente. “¡Parece la beatlemanía!”
Wentz no está alucinando, sólo está en el país equivocado. Ocho días antes y tres mil millas más lejos, un coro de voces agudas grita: “¡Pete!”, mientras Wentz, de 26 años, se dirige a la entrada lateral de los estudios de mtv en Times Square y se detiene para mirar a su público: un grupito sonriente de colegialas con ortodoncia y camperas de North Face. “¡Le voy a dar un abrazo a cada una de las personas aquí presentes!”, anuncia. Las chicas lo rodean, sacudiendo sus colas de caballo, mientras con sus celulares le sacan fotos destinadas a sitios de MySpace con marco fucsia.
Hace un año, Wentz y su banda –un cuarteto pop emo-punk de los barrios ricos de Chicago que tomó su nombre del compinche del superhéroe favorito de Bart Simpson, el Hombre Radioactivo– eran un grupo indie que sólo conocían los skaters del Warped Tour. No parecían estar hechos para el éxito masivo: su cantante, Patrick Stump, era un nerd de la música que odiaba ser centro de escena, y Wentz era casi un suicida que lidiaba con los antidepresivos mientras grababan su primer álbum bajo un sello importante.
Pero luego llegaron “Sugar, We’re Going Down”, tal vez el tema más pegadizo del rock y sin duda el más ininteligible, el video “Dance, Dance”, inspirado en Sixteen Candles, y una estrategia de marketing que toma las ideas del hip hop (Wentz tiene su propia línea de indumentaria, su propio sello y grupos a los que apadrina). Ahora, los Fall Out Boy son estrellas pop, con un álbum de doble platino (From Under the Cork Tree, que será relanzado el 14 de marzo con cinco tracks extra), una próxima gira y casi 800 mil amigos en MySpace.
Wentz está hoy en TRL para recibir una placa en conmemoración del “retiro” del video de “Dance, Dance” después de 50 días en el ranking del programa. El público libera chillidos hormonales cuando Wentz entra en el set con un buzo canguro rojo de su marca. En el backstage, el adusto equipo de gira de los otros invitados, los rockeros progresivos Coheed y Cambria, no se sorprende. “Oh, lo adoro”, murmura un técnico. “¡Es el mejor!”
En un apretado micro de gira que está estacionado afuera de Manchester Academy unas horas antes del show, Patrick Stump tironea una remera polo y se descubre la panza. “Me resulta terriblemente incómodo ser el frontman”, dice Stump, terriblemente incómodo al sentarse con las piernas cruzadas sobre un sillón de cuero. Su entrañable look combina patillas de pelo estilo cordero, anteojos gruesos, un sombrero inamovible y una incipiente barriga. “Con Pete al lado, yo soy como el anti frontman”, dice. “No me prestan atención a mí, solamente canto. A Pete le encanta que le saquen fotos, y yo lo detesto. De todas las cosas de las que tengo que preocuparme, la apariencia es lo que menos me importa.”
Aunque es improbable que le ofrezcan un contrato como modelo, Stump, de 21 años, es el motor musical de la banda. Wentz le manda por mail miles de archivos con letras a las que Stump les pone música, tocando el bajo, la batería y la guitarra en demos hechos con GarageBand de Apple. “Supongo que Patrick es una especie de genio: es como un científico loco”, dice el primer guitarrista de la banda, Joe Trohman, de 21 años y pelo desgreñado. Trohman conoció a Stump en una librería Borders cuando los dos estaban en la secundaria, en 2001. Tras buscar las canciones que Stump había posteado en mp3.com, Trohman y Wentz decidieron que su voz pura de tenor era perfecta para el grupo pop que estaban formando.
Stump escribió “Sugar, We’re Going Down” en sólo diez minutos. Admite haber modificado un poco la letra de Wentz para “hacerla sonar mejor”. (Una parodia que circuló mucho por internet transcribe una enrevesada frase como “lonely dark cock that’s going and pulling” [pija oscura y solitaria que va y tira]. La verdadera letra, para que quede claro, es: “A loaded God complex/ Cock it and pull it” [un cargado complejo de Dios/ levantalo y sacalo). “Traté de hacer una simple canción punk para divertirme”, recuerda Stump. “Y vi esa letra y directamente la podé. Pero tenía algo en el ritmo que me hacía pensar que era demasiado bueno para una cancioncita punk de mierda.” Después de grabar su voz para el tema, Stump se lo mostró a Andy Hurley, de 25 años, el intenso, anteojudo y vegano baterista de la banda. “El estaba onda «Bien, ya sé de dónde vamos a sacar la plata para pagarle la universidad a tus hijos»”, cuenta Hurley.
Hijo de un cantante folk convertido en zángano de una corporación, Stump es el único miembro de la banda sin tatuajes y el único sin lazos con la escena hardcore local. En lugar de tocar en sótanos, él pasó la mayor parte de la escuela secundaria en su dormitorio, obsesionado con la música. “Hice eso en vez de estar transando con chicas”, cuenta. “No tenía novias ni nada.” El recuerdo más fuerte del divorcio de sus padres es de cuando su padre se llevó los discos de la casa. El había aprendido muchas canciones de su padre, lo cual tuvo sus pro y sus contras. “Es un poco grotesco ver cantar a tu papá, con voz gutural y apasionada”, dice Stump. “Es casi como verlo coger.”
Los demás integrantes de la banda nombran a los Smiths, Pantera, Slayer y bandas hardcore de las que nunca oí, pero Stump destaca al virtuoso guitarrista de jazz Joe Pass y a John Prine, Tom Waits, Small Faces, Prince, Jackie Wilson, Christina Aguilera, Ornette Coleman, Taj Mahal, Abba y Earth, Wind & Fire, entre otros, en el término de una hora. Baja su voz un octavo para hacer una acertada imitación de Elvis Costello cantando “New Lace Sleeves”. “Mi imitación de Costello me sirvió mucho en Fall Out Boy, porque él tiene esa cosa: «Oh, sí, estoy cantando esta canción pop realmente pegadiza, pero la letra es bastante negativa»”, dice.
Stump se retrae a medida que avanza la conversación, agradecido de poder escapar al foco de atención. En contraste, es difícil hacer que Wentz pare de hablar. Va a terapia desde hace un tiempo, y no pareciera que su analista tenga problemas para que se abra. Con su bufanda rosada y un sombrero negro que le cubre el cabello rayado rojo y negro, Wentz se acomoda en un sofá gastado del húmedo camarín del club. En una pared hay una pizarra cubierta por los grafitti que dejaron bandas como Sepultura. El enorme dibujo hecho con marcador de un pene peludo cubre la otra pared. El lugar huele levemente a sudor antiguo.
Wentz ignora el ambiente y parece entrar en estado de trance, contestando las preguntas con honestidad compulsiva en el transcurso de tres horas y media. Con 26 años, hijo de un profesor de leyes y una jefa de admisiones en una escuela privada, Wentz era un as del fútbol que se sumergió en el hardcore siendo adolescente, convirtiéndose en una celebridad local de la escena. Se hizo el primer tatuaje durante un día de clase a los 14 años, clavándose en el tobillo un alfiler bañado en tinta china. La x negra sigue allí (parece haber dolido). Cuando Wentz habla de su línea de indumentaria, Clandestine Industries, y su sello discográfico, Decaydance, suena más como un rapero que como una estrella de rock, y no es casualidad. “Los rockeros tienen la actitud de «Mierda, no quiero hacer esa clase de cosas». Pero miren el estado de la música rock”, dice. “Las bandas no pueden vender un puto disco. Los nuevos rockeros son tipos como Jay-Z.” El quiere que Fall Out Boy sea “una cultura”. “Vas a poder comerla, dormirla, respirarla. Quiero que sea una manera de pensar el mundo.” Y es franco en cuanto a lo que lo motiva a contratar para su sello a bandas como Panic! At the Disco, que suenan como fob. “La gente quiere más bandas como nosotros”, dice. “Alguien tiene que generar eso, ¿y por qué no ser yo?”
La poética de Wentz, con sus angustiosas letras sobre estar con alguien, romper y odiarse a sí mismo es de gran peso para el atractivo que sienten los adolescentes por la banda. Muchas de sus canciones son sobre una novia con la que se pelea y vuelve. Pero el año pasado una pelea terminó con él dándole una piña a la ventana de un auto, y ése fue el final de la relación. Ahora lo superó y especula con salir con algunas de las chicas famosas que le gustan. “Con Ashlee [Simpson] a veces hablamos”, dice. “Bueno, creo que ella tiene novio o algo así, pero hablamos. Ella es increíble.”
Pero a pesar de toda su verborragia, su temple de entrepreneur y sus elaborados preparativos para salir a escena –sus arreglos antes del show incluyen una plancha que necesita un transformador industrial para funcionar del otro lado del océano–, Wentz está lleno de inseguridades. “Me siento seguro, pero al mismo tiempo hay ciertas grietas en la fachada y esas pequeñas cositas por debajo que son inestables”, dice. Toma Xanax todos los días para calmar su problema de ansiedad y necesita del Ambien para dormir. En febrero de 2005 aparentemente trató de matarse. Sentado en el estacionamiento de un Best Buy de Chicago, tomó tantas pastillas Ativan que colapsó y debió ser hospitalizado por una semana.
Wentz se niega a decir que se trató de un intento de suicidios pero no sabe de qué otro modo llamarlo. “Me estaba aislando cada vez más”, dice Wentz, hablando despacio y bajo. “Y cuanto más me aislaba, más solo me sentía. No podía dormir. Quería que mi cabeza se cerrara. No quería pensar en absolutamente nada.” Mira intensamente el cielo raso y admite que siente cierta fascinación por los suicidio de Elliott Smith y Ian Curtis, el frontman de Joy Division. “Es tan difícil de pensar y de entender. No quiero argumentar que soy un genio conflictuado; era sólo un chico confundido”, dice. “Siento que para todo el mundo yo era Pete Wentz, pero no había un Pete Wentz con quien pudiera conectarme.”
Mientras Wentz se recuperaba, el resto de la banda se vio forzado a realizar una breve gira por el Reino Unido junto a un bajista sustituto, lo cual es más duro de lo que suena, porque Wentz aporta toda su presencia en el escenario y su habilidad de showman. Pero al final su ausencia estimuló la seguridad de los demás miembros. “No nos podíamos recostar en Pete, entonces tuvimos que tomar coraje y, por ejemplo, hablar nosotros en el escenario”, dice Trohman, el guitarrista, con los ojos irritados y cansado por el viaje en avión, a pesar de haber dormido una siesta de cuatro horas.
Hijo metalero de un cardiólogo, Trohman usó el dinero que le habían regalado en su Bar Mitzvah para comprar su primer instrumento. Es el único judío en la banda (el tatuaje con una frase de los Smiths viola la ley talmúdica) y el único que no es tan extremo en sus vicios. Durante un viaje a Tokio, en 2003, Trohman empezó a beber, y ahora fuma un poco de hierba. “Fumo una cantidad decente”, dice. “Esto va a sonar como la lógica de un fumón tremendo, pero me ayuda a poner algunas cosas en perspectiva.” El año pasado tuvo varios obstáculos que sortear. “Todo es: «Andá a hacer esto, andá a hacer lo otro. Andá a Fuse, andá a mtv»”, dice Trohman, quien sale con una estudiante universitaria de su ciudad de origen. “Las cosas no son: «Acá tenés. Acá tenés un millón de dólares». Todo esto es genial, pero es cansador.”
Para cuando se sube al escenario un par de horas más tarde, Trohman está finalmente despierto. Tiene la misma energía para el pogo que tiene Wentz (aparentemente no disminuida por el Xanax), salto a salto. Es una actuación breve pero furiosa, para un público de chicas de 16 que gritan cada palabra de las canciones.
Después, en el camarín, los cuatro descansan, relajados pero excitados por el espíritu del after show. Por alguna razón, Stump comienza a imitar a Christopher Walken en Annie Hall, mientras Wentz mastica feliz unas galletitas. Stump mira la comida. “Engordo con sólo comer una manzana”, dice en un suspiro. Unos minutos más tarde, en medio de una tonta charla sobre los méritos de The Fall, Pere Ubu y Mogwai, me descubro canturreando una parte de “Sugar, We’re Going Down”. Todos me miran. “Amigo, ¿qué estás cantando? ¿Es Superchunk?”, pregunta Stump. “No, sin duda estaba tarareando una parte de «Sugar»”, dice Wentz, sonriendo por el triunfo. “Ves: están las bandas que te gustan porque suenan inteligentes y las que te gustaría cogerte. Y después están las bandas que verdaderamente escuchás.”





