
Fantasmas en el Hotel de Inmigrantes
¿Lo imprimo?" La chica -veinteañera, becaria de la Untref, amabilísima- cumple su parte del ritual. Por supuesto, cumplo la mía: "Sí, por favor."
Tardé en visitar el Museo Hotel de Inmigrantes. Vaya a saber por qué -o quizás sabiéndolo demasiado bien-, me demoré en acercarme a la mole centenaria que se yergue en las inmediaciones de Retiro. Y más tardé en llegar al punto en que me encuentro ahora: parada en la recepción, frente a una joven empleada, aguardando por mi souvenir de argentina descendiente de extranjeros: un prolijo cartón con los datos del familiar llegado hace tantos años, su procedencia, barco, fecha de arribo. En mi caso, hay varios nombres por los que preguntar. Y mientras miro a la chica afanarse en la base de datos, me pregunto qué quiero, después de todo, confirmar. Como si no me supiera el resultado de un entresijo de destinos similares a los de quienes -presencias invisibles- habitan este museo; portadores de maletas parecidas a las que se exhiben en estas salas, los mismos gestos de alma que se agazapa en el puño, seres encaramados sobre un océano que en su tiempo se erigió en candado, borrón y cuenta nueva, adiós definitivo.
Los datos van apareciendo, la impresora traquetea, los cartones se imprimen. Aparecen papá, alguna tía. Dos nombres, sin embargo, se resisten. Uno es el de mamá. ¿Algún error en el momento de su inscripción? ¿O el efecto de una llegada más bien tardía, parte del último goteo de lo que en su momento fue una marea humana interminable? Inmersa en los fantasmas de la vieja zona portuaria, me parece verla: ojos claros, pelo muy corto, joven como nunca y aferrada a la baranda del barco; verificando lo que ya sabía -Buenos Aires, la ciudad de llanura, las planicies pampeanas-, pero descubriendo, con una certeza de vértigo, que en una topografía podía cifrarse toda la amargura del mundo.
Mi madre lloró mientras el barco ingresaba en la ciudad plana. Lloró y sus lágrimas musitaban Pagasarri, Artxanda, Arraiz, Kobetas: montes vascos a los que temía no volver a ver nunca más y -lo intolerable de la planicie se lo refrendaba- a los que nada de la orgullosa urbe donde iba a pasar el resto de su vida podría siquiera evocar.
El otro nombre que no aparece es el de mi abuelo, la línea asturiana de la memoria. Al que me cuesta imaginar llorando. Y mucho más me cuesta suponerlo perdido entre las espaciosas salas del Hotel y su asepsia más propia de hospital que de albergue. Pero sí lo veo solo, en una habitación remota -la imagino de hotel-, durante las tenebrosas jornadas que siguieron a la caída de la República: ex niño minero, cuadro del ejército republicano, hombre de veintipocos que empuñaba un arma destinada a reventarle la sien. Y de repente, la duda. ¿Correspondía suicidarse vestido de civil? ¿O debía hacerlo vistiendo el uniforme militar? El interrogante se resolvió a lo Gordiano: ningún suicidio, arma al saco y cuerpo al monte. A resistir. El niño minero -y el ávido autodidacta y el joven combatiente- volvía a cambiar de piel. La nueva muda se llamaba guerrilla antifranquista y en ella estaría cerca de diez años, inmerso en cólera, obstinación y fuego.
A un abismo de todo aquello, pretendo invocarlo en una base de datos. Su posible ficha se escabulle como también lo hace la de mamá. Como -empiezo a entender- se me escabulleron siempre, necesariamente, todos ellos.
Desde lo alto, casi flotando del techo de la recepción, me miran los ojos de Entre nosotros, una de las instalaciones con las que la artista Graciela Sacco ha intervenido el edificio (en el Hotel funcionan tanto el Museo de la Inmigración como el Museo de Arte Contemporáneo de la Untref). La obra es eso: ojos sin rostro, puras miradas que interrogan, acucian, rasgan el aire. Un enigma punzante, que alude al tránsito, quizás a la anomia. Pero en la enormidad de este edificio sólo parece hablar del legado inaprensible que dejan aquellos que ya no están.
Con mis cartones a cuestas, me dejo hipnotizar por los ojos de Sacco. Quizás, me digo, el único souvenir posible sea el que anuncian esas miradas: la sospecha de que el lazo con el origen -esa certeza de las vísceras, el sinuoso entramado de pasiones, voluntades duras como el hierro, renuncias y desgarros, decisiones, alegrías y rencores- no sea más que una inevitable, amorosa, imperfecta, sucesión de desencuentros. Un puñado de relatos que ayudan a nombrar el mundo. Y preparar la posta, para poderla pasar.





