
Fantasmas en San Telmo
Con actores que encarnan espectros, un tour de historias toma el barrio
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"¡En San Telmo no hay fantasmas!", grita enfervorizado un viejo habitante del barrio, en medio de un grupo de gente que sigue el relato del origen del palo borracho de la plaza Dorrego. Lo escuchan, lo miran, pero nadie le hace caso. Los más chicos tienen la mirada fija en un hombre vestido de época, y todos escuchan a una mujer de traje largo de terciopelo negro, que atrapa con una historia de fantasmas que pululan por el barrio buscando resolver antiguas cuitas de amor, desencanto y poder.
Así, una noche de jueves de 2010, la imaginación de los que se acercaron a la plaza de Humberto I y Defensa retrocede años y años siguiendo historias de lo que fue Buenos Aires.
"¡En San Telmo no hay fantasmas!", vuelve a vociferar el hombre, hasta que un joven lo hace callar: "¿Acaso, usted, nunca vio un fantasma?" La gente ríe mientras los actores respiran un aire enrarecido de apariciones y piden al público silencio para poder escuchar.
Silencio, entonces.
En medio de la noche y bajo las luces de la plaza se escucha un llanto de mujer que, según cuenta la leyenda, se transformó en palo borracho cuando supo que su amado –en batalla contra los españoles– jamás volvería. Así, sus brazos se transformaron en ramas y sus lágrimas, en flores.
A pocos metros, una vela encendida devela el embrujo del aljibe tapiado. Entre historias de antiguas rutas construidas por los jesuitas y tesoros escondidos hay una que asegura que un joven en busca de oro se deslizó a lo profundo del aljibe. Fue el único que lo intentó y murió apenas volvió. Según dicen, el oro que traía se esfumó como por arte de magia.
Más que imaginación
Suena un violín en la esquina de Anselmo Aieta y Bethlem. Sentado contra una ventana aparece Esteban Echeverría, o más bien el fantasma del que fue uno de los grandes enemigos de Rosas y el fundador del romanticismo por estas tierras. En medio de un silencio ejemplar, recita una larga poesía en honor a una chica de 15 años a la que jamás se animó a dirigirle la palabra, pero de la que está enamorado.
Se sabe que los fantasmas no habitanen las cercanías del lugar dondemurieron, sino que vuelven adondefueron más felices, buscan condesesperación aquellos recuerdospara encarnarlos y permitir a losmortales contar sus historias. Esa es la idea del tour Los fantasmas, organizado por el Ente de Turismode Buenos Aires, con idea, producción y guión de Marisé Monteiro,mujer de teatro.
Sigue la caminata por San Telmo y de repente se intuye un mal presagio.Una música de tambores en vivoacelera el ritmo frenéticamente. Lapeste amarilla se disemina como reguero de pólvora durante el verano de 1871: desde mulatos hasta blancos, desde acomodados hasta pobres,los muertos, unos 40 por día, van enaumento progresivo y Buenos Aires queda despoblada.
En la reconstrucción 2010, los actoresbailan, se desmoronan y gritanpidiendo auxilio: "No hay ataúdes,hasta los carpinteros han muerto", se escucha.
De amor eterno
Los participantes caminan sin sacarle la vista a los actores que deambulan por las calles empedradas reconstruyendo el pasado. Elfantasma de un soldado inglés corre borracho por la calle Humberto I llorando penas de amor mientras la audiencia escucha atentamente su desgraciada historia.
Igual de atrapantes son los hechos protagonizados por Margarita Oliden, hija de un vasco armador de barcos enviado por la corona de España, y Juan Cuello, payador aventurero, mujeriego y de mala reputación. El grupo se detiene frente a lo que fue la morada de los Oliden, hoy uno de los restaurantes más reconocidos del barrio, La Tasca de los Cuchilleros. La historia cuenta que, perseguido por la policía rosista, Juan Cuello decide fugarse con Margarita, que le salva la vida y muere. Desde entonces su padre no vuelve a abrir las ventanas de la casa. Se dice que los rosales del jardín dejaron de florecer desdeentonces y que, atención, los pétalos de rosa atraen al fantasma de Margarita.




