La principal influencia que tengo soy yo.
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El cantante de Catupecu expone su teoría de los extremos y revela la creación de “Magia veneno”
Es noche de San Patricio y los rugbiers peregrinan con sus Warsteiner de litro por las calles del Microncentro, en dirección a los bares irlandeses del Bajo. Fernando Ruiz Díaz, compositor, cantante y guitarrista de Catupecu Machu, disfruta de la caminata (“Hacía mucho que no caminaba por el Centro; me encanta.”), pero propone evadir el tumulto. Llegamos a una vieja cantina de la avenida Alem, que antiguamente fue un burdel. “Qué bueno que acá flote el espíritu del cabaré”, le dice Fernando al mozo antes de ordenar un tinto de las bodegas Flichman. “Sí, faltan las putas”, masculla el tipo.
El número imperfecto, el quinto álbum del grupo, lleva vendidas más de 20 mil copias en la Argentina. El efecto “Magia veneno” los llevará, el 16 de este mes, al festival Vive Latino, en México, donde harán una gira por varias ciudades. El 14 de mayo volverán a presentarse en Obras. Y, en agosto, volarán a Nueva York para participar de la Latin American Music Conference.
Te fuiste convirtiendo en una especie de hit maker. ¿Te imaginabas que "Magia veneno" llegaría tan lejos?
No sé calcular hits y fabricarlos. Para mí la música es una cosa onírica. “Magia veneno” es un tema que soñé. Había salido la noche anterior, me levanté con una escolha do samba en la cabeza y me desperté recordando el riff que había soñado. Me levanté, prendí la portaestudio y grabé todo de un tirón. El demo es prácticamente el tema que quedó. Sólo faltaba la segunda estrofa. Y, obviamente, Gabriel [Ruiz Díaz], que es una bestia produciendo, le dio todo ese tinte.
¿Te sorprendió que el Indio Solari [en una nota de Los Inrockuptibles ] elogiara el sonido de Catupecu?
Fue muy loco. Los Redondos y los Ratones son las dos bandas que más vi cuando era adolescente. Así que esa frase del Indio me emocionó. Y además se refirió a la producción, imaginate qué importante fue para Gabi. Sus bandas de muy pendejo eran los Redondos y Memphis. Para mí fue muy regocijante, porque lo admiro mucho a Gabriel, es uno de los mejores productores que conocí en mi vida.
Pasás mucho tiempo con tu hermano, incluso fuera de Catupecu...
Pensá que con Gabriel ensayamos todos los días. Y, si no, estamos de viaje. Y si no estamos de viaje, salimos juntos. Compartimos la pasión por la pista. A los dos nos fascina bailar. Nos retroalimentamos todo el tiempo. Y a veces tenemos unas peleas tremendas, y el resto de los chicos se pone mal. Porque cuando nos tratamos mal, nos tratamos muy mal. Aunque nunca haríamos la pelotudez de los Gallagher de usarlo como argumento de venta.
Suele decirse que son el día y la noche. ¿Es así?
Los dos somos medio extremistas, él con unas cosas y yo con otras. El tiene poder de concentración y yo no. El es bastante monogámico y yo no. El usa computadora, yo no. Somos álter egos el uno del otro.
¿Cómo lidiás con tus propios extremos?
Es la única manera en que concibo la vida. Como sano, tomo agua, hago ejercicios, y después cuando salgo hago unos desastres terribles. Yo solía pelearme mucho con eso. Sufrí bastante con mis relaciones amorosas por eso. Y un día, hace poco, Gabriel me lo hizo entender: “Fer, sos... así. Sos un quilombo, entendelo, pero querete así”. En esta última época me amigué con mi personalidad, porque tiene que ver con el amor a la vida que tengo. Castigar el físico, en un punto, pasa por ese amor. Soy tan contradictorio que caigo una mañana completamente roto y me como siete panchos en Pancho 46, y al otro día voy a comer la comida más sana a Osawa. La llanura… la llanura sólo está buena para cuando vas de gira en un micro que atraviesa kilómetros de espinillos. Nada más.
Decías que tu personalidad te trajo problemas amorosos. ¿Te sentís solo?
La novia eterna que tuve, Lara, me dijo un día: “Vos tenés una novia, y es Catupecu. Es la música. Y en un punto está bien que así sea”. Es verdad. Catupecu es una novia que no tiene celos, ni nada. Solamente le gusta que le dé bola. Si le hago el amor bien, está contenta. Y como me encanta hacerle el amor a la música, y que ella me lo haga a mí, funciona.
¿Cómo hacés para sostener el ritmo?
Una vez un skater me dijo que eso de “Y lo que quiero es que pises sin el suelo” era como el momento cero del skate: cuando pisás la tabla y estás por volver a caer en la rampa. Y el skater me dijo: “Es como cuando saltás, te golpeás, estás todo roto y ahí es cuando le das más fuerte, para contrarrestar el dolor”. Y yo, que nunca hice skate, pensé: “Qué loco, eso es lo que me pasó toda la vida”. En el último Obras subí con un pico de presión que asustó a todos, pensaron que me quedaba frito. No había comido en todo el día, como siempre antes de un show. Y me bajó la presión cinco veces. Pero arriba del escenario pasa algo mágico que no te puedo explicar: siento que me estoy muriendo, agarro el micrófono y me sale una fuerza... Es inexplicable.
Si pudieras elegir, ¿como quién te gustaría cantar?
Aprendí a querer a Fernando de Catupecu. Como guitarrista, por ejemplo, la principal influencia que tengo soy yo. Escuchando Catupecu nunca podrías darte cuenta de que la banda que más me gusta es Depeche Mode. Pero no voy a imitar a Dave Gahan, porque no podría. No podés ser tan lindo, tan cantor. No podés ser como [el guitarrista] Martin Gore. ¡Martin Gore no existe! Quiero uno para la mesa de luz.





