Problemas en el ingreso, dos líderes amigos pero muy distintos y casi cinco horas de música en Vélez
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"Menos mal que ésta es la última noche de la gira, porque si fuera la primera todas las demás parecerían silenciosas". Fiel a su estilo, Dave Grohl se preocupó por dejar en claro en el estadio de Vélez que el público argentino le parece de los más demostrativos del mundo. "Ustedes, hijos de puta, están locos", repitió unas diez veces a lo largo de sus tres horas de concierto. Vale aclararlo, el líder de Foo Fighters se ganó el favor de la audiencia con creces: a la altura de "Learn to Fly", tercer tema de la noche, ya estaba completamente empapado de transpiración.
Un rato antes, un mucho más medido Josh Homme (¡hasta se peinó en el escenario!) también había celebrado ésta, la última escala del tour conjunto de Queens of the Stone Age y la banda de su amigo Dave (ellos siguen solos hacia Colombia). "Hagan lo que tengan que hacer para pasarla bien, mucho feliz", le dijo a los que habían podido entrar a verlo. El show comenzó a las 19:30, las puertas se abrieron más tarde de lo anunciado, el día laborable hizo que muchos llegaran sobre la hora y todo eso generó colas de varias cuadras. Como resultado, buena parte del público recién pudo entrar a Vélez cuando ya había pasado una parte sustancial del set de QOTSA (y nadie estuvo mucho feliz con ello).

Los que pudieron ingresar a tiempo se encontraron con una lista que ignoró el debut homónimo del 98 y Rated R (2000) y se concentró en Songs for the Deaf (2002) y Villains (2017). En vivo, las canciones del último disco ("Domesticated Animals", "The Way You Used To Do", "Feet Don't Fail Me", "The Evil Has Landed") se despojan de la pátina pop que le aportaba la producción de Mark Ronson y se adaptan al sonido grave y áspero que caracteriza al grupo, para así ensamblarse sin dobleces con clásicos como "Little Sister" o "In My Head". Hasta en sus momentos más pesados Homme apuesta a la voluptuosidad, y ni que hablar en "Make It Wit Chu", el tema en el que su actitud de Elvis diabólico manda sus mejores misiles boca-cadera.

Foo Fighters, en tanto, jugó a ser todo. Fue vértigo, extroversión, riff, melodía y arenga casi siempre, pero también fue un repaso por la historia del rock (en una zapada a la altura de "The Pretender" evocaron al rock n' roll original, con sus temas más viejos y con una mini recreación de "Blitzkrieg Bop" se movieron al punk, en "The Sky is a Neighbourhood" le hicieron un guiño al rock sureño, en "Rope" se animaron a imitar a Santana), fue emoción y puños al cielo ("My Hero", "These Days") y fue dulzura ("Big Me" sonó en versión balada pop). Hubo covers de Queen y Alice Cooper (también hubo un chiste en ese sentido: "Jump" de Van Halen sobre la solemne progresión de acordes de "Imagine" de John Lennon) y -sobre todo- hubo dos factores que contribuyeron a que la lista de 22 temas se prolongara hasta pasada la medianoche: mucho histrionismo y diálogo con el público (desde hacer silencio para escuchar el "olé olé" hasta salir por video desde el backstage preguntando si querían uno, dos o tres bises) y muchas, muchísimas zapadas que estiraban las canciones -en algunos casos- más allá de los diez minutos.
Quedaron para el final "Dirty Water" de Concrete and Gold (2017) con teclados y coristas femeninas y dos hits de esos que si no tocaban, el campo (desbordado, a diferencia de algunas plateas) se amotinaba: "This Is a Call" y "Everlong". Ahí Grohl insistió: "El show más loco de la historia de Foo Fighters".
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