
Francis Cabrel y Mercedes Sosa: la magia
Actuación de la cantante Mercedes Sosa (acompañada por la guitarra de Colacho Brizuela) y el cantautor francés Francis Cabrel (guitarra y voz) junto a su grupo: Denys Lable (guitarra) Bernard Paganotti (bajo) Gerard Bikialo (teclados) Jean Louis Roque (acordeón) Roger Secco (batería) Denis Benarrosch (batería y percusión).
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Escuchar a Francis Cabrel es -ya lo dijimos cuando su primera visita en mayo del 91- asistir al "renacimiento del folksong; no como un reblandecimiento nostálgico".
Tampoco como burda copia apuntamos hoy.
La música llega con todo el hálito de Pete Seeger Woody Guthrie Joan Báez Bob Dylan Tracy Chapman.
La poesía trae alguna ráfaga de Georges Brassens cierto relámpago de Jacques Brel un diminuto estremecimiento de Trenet.
Su propuesta musical es sencilla casi desnuda de aderezos como aquellos modelos indelebles. Quizá para que sus notas puedan cargar con el peso de la palabra y levantar con ella el empinado vuelo. Es que precisamente el valor de sus mensajes recae en su aporte a esa corriente de la poesía francesa de la que aquellos vates populares fueron sus ilustres tributarios.
Precisamente el tema que da nombre al disco editado hace dos años "Samedi soir sur la terre" -un certero retrato de un encuentro fugaz- es un ejemplo de sus hallazgos.
Y lo es también la canción con la que abre este segundo encuentro de las Francofolies:"Je t`aimais je t´aime je t´aimerai" (Te amaba te amo te amaré) que nos retrotrae a la magia de aquel primer contacto de 1991.
Un músico serio
Quienes concurrieron dispuestos a escuchar a un moderno y novedoso trovador seducidos todavía por aquella publicidad que lo presentaba como "el cantante de la juventud francesa" seguramente terminaron defraudados.
Es que si se está muy lejos de la lengua es difícil percibir la belleza de cada canción; de la simbiosis de simplicidad musical y sustancia poética.
Incluso cabe sospechar que tal consustanciación parecería reclamar que la voz de Cabrel y su ascetismo canoro y escénico permanezcan por más tiempo en la sola compañía de la guitarra.
Y así como se empinan su clásico "Je l´aime a mourir" emprenderían su revoloteo "Octobre" (un canto de amor al otoño) o la ternura de "Petit Marie".
Habrá que descartar el frugal aporte de algún solo del acordeón o sobre todo del bajo eléctrico y aprobar el trabajo grupal de "La corrida" una visión terrible de esa siniestra contrapartida de muerte y jolgorio.
Un extenso repertorio con tal propuesta y como segunda parte del recital pudo haberse recortado para evitar el tedio de una parte del público no francófilo. Cuando Mercedes Sosa abrió esta Francofolies la primera sorpresa fue escucharla cantar acompañada sólo por la guitarra de Colacho Brizuela y de su bombo.
Mercedes y un regreso
"Piedra y camino" de Yupanqui nos la devolvió espléndida con una garganta que cada día se agiganta en timbres y en emoción.
Mercedes recaló en un repertorio que arranca a mediados de los sesenta y se extiende hasta poco antes de su exilio.
"Cantor de oficio" y "Duerme negrito" prolongan la magia de su canto. Y su voz maravillosa trepa hasta las cumbres con aquella antológica "Zamba para no morir". Pero regresa a lo recóndito en la ternura de "Marrón" y "Ay este azul" dos joyas de nuestro cancionero. La unción del público es la amorosa devolución a su arte que se resume siempre en "Gracias a la vida".
Distendida simpática Mercedes alterna bromas con supremos momentos de éxtasis.
Su extraordinaria predilección por compartir le permite transmitir junto a Francis Cabrel la calidez de "Vengo a ofrecer mi corazón". Que quizá debería ser el sentido definitivo de estas Francofolies.
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