Con Cristina Banegas, María Abadi, Lucas Escariz.
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Una mirada trágica sobre la prohibición del incesto
La cámara de Albertina Carri se volvió sedosa, prolija, ampulosa. Extensos travellings y sesudos reencuadres analizan como entomólogo afiebrado los vericuetos emocionales de una "familia bien" en la que casi todo está mal. En el camino, la realizadora de No quiero volver a casa (2001) y Los rubios (2003) abandona dos cualidades: una mirada cruda, casi rabiosa, y cierto grado de experimentación, marcas registradas de sus dos primeros largometrajes, para acercarse a un academicismo de la puesta en escena que trueca su originalidad y su frescura por un virtuosismo visual que parece sostenerse sobre pilares poco resistentes. Así las cosas, esta historia de celos, maledicencias e incesto que imagina ser una metáfora de la desintegración de la pequeña burguesía porteña, a mitad de camino entre el drama de cámara, el boceto psicológico y la tragedia clásica, va hundiéndose lentamente por su propio peso específico, por su solemnidad impostada.
El punto de partida argumental impone una reunión familiar (ante el inminente casamiento de uno de los hijos) como el disparador de una serie de situaciones conflictivas. Varios trapos son expuestos a la intemperie y el resquebrajado esquema familiar, detrás de desayunos hipócritas y casa de campo paqueta, es desnudado en toda su pútrida sordidez. El problema central de Géminis radica en su insistencia en esta idea única, evidente luego de diez o quince minutos de metraje. Que el conflicto entonces se traslade exclusivamente a la relación incestuosa de la hija menor y su hermano, que el sexo entre hermanos se transforme en símbolo de la caída en desgracia de una clase social, que el cierre del film gire alrededor del descubrimiento de ese "pecado" –escena sensacionalista y desaforada en la que Cristina Banegas, moderadamente contenida en los minutos previos, desata todo su histrionismo teatral, citando al paso los momentos finales de El padrino iii–; todo ello parece hablar de una película calculada en extremo, sobrecocinada, en la que todo se explicita hasta el empalago. A no confundirnos: Carri es una cineasta talentosa, lo ha demostrado con creces. Pero en esta ocasión el grotesco involuntario le ha jugado una mala pasada.





