
Qué significa ser un escritor joven en la Argentina actual? Lejos de las listas de best sellers y de espaldas a los monstruos de la literatura nacional, los nuevos narradores fundan su propio territorio sin permisos ni gurúes.
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Ser jóven y escritor y argentino: un bardo. Antes (a partir de 1920 y hasta hace unas tres décadas, digamos) ser joven y escritor y argentino era tener 22 años y escribir poemas y publicarlos. Y también creer en Leopoldo Lugones. Hoy no está muy claro qué cosa es ese compuesto sustantivo. Sí sabemos que hay tiempo para seguir siendo joven hasta los 40, que para publicar hay que aprender que primero vienen algunos años de no publicar y que, si hay que creer en alguien, César Aira es una buena opción, pero hasta ahí.
Juan Terranova tiene 30 años y es egresado de la carrera de Letras de la UBA, mal que le pese: “Nunca lo digo, me da vergüenza”, jura. No se siente del todo cómodo escribiendo poesía; sin embargo, un poema suyo, “El ignorante”, produjo cierto módico temblor entre pares de generación. Quizá porque hablaba de ellos, que es como haber hablado de sí mismo. Escribió: “Yo vi a mi generación echarse ese polvo glorioso de la redención/ Con la maña y el entusiasmo de un artesano medieval/ Y después la vi llorar por los rincones de su mente la sospecha oscura del sida/ ¿Qué haría si me tocara el HIV?”
Terranova cree que la literatura sucede en la calle, que hay más literatura en todo el resto del diario que en el suplemento “de literatura”, y por ahí va su búsqueda. Publicó dos novelas, El caníbal (2002) y El bailarín de tango (2003). Está trabajando para que 2006 sea el año de la tercera.
Samantha Schweblin tenía 24 cuando ganó el Primer Premio de Cuento del concurso “Haroldo Conti. Jóvenes Escritores”, y 25 cuando El núcleo del disturbio, su primer libro, se quedó con el premio en Antología del Fondo Nacional de la Artes. Ahora, a los 28, sus textos se le vuelven cada vez más maduros.
Oliverio Coelho, de 29, también ganó premios (el Edmundo Valadés, de México; una bienal en Venezuela, otra en Puerto Rico). En su trabajo aparece un estilo algo trabajado y trabajoso, más cerca del purismo que del arrebato, del registro obsesivo que de la despreocupación. Es autor de las novelas Tierra de vigilia (2000), La víctima y los sueños (2002), Los invertebrables (2003) y Borneo (2004), y se siente a sí mismo corrido del imperativo naturalista que cruza a su generación.
Terranova, Schweblin y Coelho están incluidos en La joven guardia, una antología (compilada por Maximiliano Tomas, publicada por Norma) que reúne veinte cuentos de veinte –va de nuevo– jóvenes escritores argentinos. Ahora, en el fondo de Los 36 Billares, sobre Avenida de Mayo, los tres boludean con una vieja Olivetti y, copio textual, escriben: “eNunca voy a ser Feimann. Y entonces, empecé a escribir. Muy joven deje e escribir cu ndo fui al taller de paski. oooTengo a mi mujer pariendo, che . el niño… No hay finaluuuuu uuuuu—— !!!!!!!!!!!”. El boludeo termina rápido. La hoja queda ahí, en la Olivetti, saliendo cortita del rodillo.
–¿Ya son una generación?
Terranova, Schweblin, Coelho: Sí… no… no sé. No. Bueno… sí.
–¿Qué los une?
Terranova: Es evidente que la tecnología tiene un impacto bastante grande sobre la manera en que nos comunicamos nosotros. La primera vez que publiqué algo fue en el año 98 y la verdad es que me sentía bastante solo. Hoy, esa soledad desapareció: todos tenemos un blog. De hecho, yo a él [mira a Coelho] no lo conocía, pero leo su blog. Y en su blog, él tiene linkeado mi blog. Ahí tenés.
Schweblin: Yo también me sentía aislada…
Terranova: Mentira, conocías a Matayoshi y a Mariana Enriquez.
Schweblin: Igual me sentía sola, qué.
–¿Qué otro rasgo en común tienen?
Coelho: Hay como un tono generacional que tiene que ver con un uso más despreocupado de la lengua, una naturalidad del texto. No sé si soy el indicado para marcar esto, porque yo sigo escribiendo medio barroco, pero sí noto que pasa con otros textos.
Terranova: Sí, nos desmarcamos mejor, salimos jugando más fácilmente.
Coelho: Es que no tenemos escritores pesados como los que debieron sufrir otras generaciones. A Borges, por ejemplo, ¿cómo te lo sacás de encima?
–¿Quién sería el gurú de ustedes, su Macedonio Fernández?
Terranova: César Aira, pero no sé.
Coelho: Bueno, está Fogwill.
–¿Laiseca? Digo, buscando un viejo venerado.
Terranova: Laiseca es más personaje que escritor, yo no lo compro del todo.
Schweblin: No tenemos un referente fuerte. Estamos más sueltos.
–¿Son una generación de taller literario?
Terranova: Yo nunca hice taller literario, sí tengo muchas horas de taller mecánico. ¿Cuántos escritores hay que sepan cambiar una bujía, a ver?
Schweblin: Mi novio es mecánico.
Terranova: Ah, mirá… Yo estoy aprendiendo a soldar. ¿Sabe soldar?
Schweblin tiene una figura sobria y un poco lánguida que una sobria y lánguida polera negra rubrica convenientemente. Está bien que sea escritora, le queda. Y también que haga diseño. Así como se la ve un poco frágil, tan tenue, está de novia con un tipo que arregla Torinos por encargo. “Soy diseñadora web porque me gusta, lo disfruto y, además, porque es mi trabajo. Vivir de la literatura es un estadio posterior, si es que alguna vez llega. Y sí, voy al taller de Liliana Heker”, dice.
Oliverio Coelho sonríe con facilidad, es amable, habla sin estridencias. Dice que su generación no sufre los temas que a veces impone la historia, y desde ese punto de vista, es una generación más libre. Dice que no escribe por escribir sino que tiene un plan de carrera, que va a seguir trabajando, que ya sabe que su camino es el camino del escritor.
Terranova sabe que lo que tiene enfrente es un periodista y sabe que ese periodista está tomando nota de lo que dice. Así y todo, y no pareciera que por pura meditada incorrección, se manda: “El tema de los desaparecidos se transformó en un lugar común, la verdad es que me chupan un huevo”. Otra: “No pienso en términos políticos, para nada. Los piqueteros, la policía, me importan tres carajos”. Otra más: “Abelardo Castillo es un caradura que prologó el libro y ni siquiera leyó los cuentos. Esos carcamanes deberían correrse algún día, hacer lugar. Si no fuera por tipos como ellos hoy tendríamos un Juan José Becerra con más espacio, por ejemplo”.
El tendal de las generaciones, su cúmulo de sucesión, se vuelve una trampa pendular: una generación niega a la anterior, en esa negación encuentra los primeros componentes constitutivos de su identidad y así putea, putea, putea. Pareciera que no hay “yo generacional” sin la destrucción del yo anterior y de sus temas, aunque entre esos temas figure la historia criminal de una nación. Sigue Terranova: “Saccomano, Forn, Fresán, que se exilió de la literatura argentina… Esos tipos se volvieron ajenos, no siento que tengan que ver conmigo. Excepto Alan Pauls, que con El pasado volvió con todo, pero después uno escribe desde Barcelona y a mí qué mierda me importa Barcelona. A mí me interesa Buenos Aires, su violencia, su calle. En los 80 todos te decían: «Uh, Nueva York te parte la cabeza». Bueno, hoy Buenos Aires te parte la cabeza mil veces más”.
Leopoldo Marechal le dedico adan buenosayres a su generación martinfierrista. Los amaba y los siguió amando incluso después de volverse un peronista medular y de, por eso mismo, alejarse de viejos compañeros que se habían convertido en su exacto reverso. Terranova, Coelho y Schweblin ya tienen esa conciencia de incertidumbre frente al futuro y su acción separadora. Dice Schweblin: “Somos una generación en ciernes, te diría que somos un pregeneración y no sabemos cómo va a evolucionar esto”. Coelho agrega: “Todo grupo va decantando con el tiempo, ya veremos quién sigue siendo escritor, y quién no”.
Cero presiones temáticas. (Casi) cero mercado. Cero dictados. Cero escuelas, confrontación cero. Y, desde luego, cero gurúes y veneración. Como puede y se le da la gana, la generación cero ya escribe su historia en esta nueva hora cero de la literatura argentina.
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